domingo, 9 de octubre de 2016

Orgasmo vs. Sumisión

Orgasmo vs. Sumisión
Aportación para el blog de C.O.
El hombre sumiso vive en constante e irresoluble tensión.

Como sumiso, su tendencia sexual lo impulsa a prolongar indefinidamente el estar en la cima de su sentimiento de sumisión y, si es posible, acrecentarlo. Eso implica descartar (o ir posponiendo) el alivio sexual del orgasmo.

Pero el sumiso es un hombre y, como tal, el mecanismo psicofisiológico que la evolución le ha deparado tiende irremisiblemente a obtener ese alivio.

Cuánto menos orgasmos más sumiso y cuánto más sumiso más desea el orgasmo y seguir, al tiempo, en el clímax de la sumisión.

Nadie que se encuentre ante una tensión dialéctica de esta envergadura puede llegar a gestionar adecuadamente el conflicto. En sí mismo el sistema no tiene recursos para mantener el equilibrio y la solución. Hay que incardinar ese “sistema” en uno de superior que lo abarque y lo supere. Solo se puede decidir eficientemente la tensión poniendo sus polos al servicio de otra causa.

El hombre sumiso la necesita a ella. La sexualidad de la mujer es ese sistema superior, integrador, superador. Ella es esa otra causa sublimadora. Ningún hombre como el hombre sumiso depende tanto de la mujer, ya no solo como sujeto sexual y relacional, sino para resolver el dilema crónico de su propia vida.

La esposa de un marido sumiso ha de saber que sin que ella asuma la gestión de la estructura sexual de su marido, éste, de forma irremediable, errará persistentemente, torpemente, en la resolución de su conflicto vital. Y, por consiguiente, no acertará en su participación en la vida sexual y convivencial de la pareja.

O la esposa asume el control o el fracaso será total.

Poner los polos al servicio de otra causa, incardinar el sistema en uno superior, no es otra cosa que decantarlos decididamente al servicio de la sexualidad y el placer sexual de la esposa, sustituyendo ésta totalmente a su esposo como instancia gestora y decisoria de su propia sexualidad.

La esposa sí puede resolver el conflicto. Siendo ella, precisamente ella misma, el norte de a confluencia de la tensión. La esposa será, por tanto, guía (marca el camino) y norte (es la finalidad).

Decíamos que cuánto menos orgasmos más sumiso y cuánto más sumiso más desea el orgasmo y seguir, al tiempo, en el clímax de la sumisión. El criterio es romper el círculo en ese punto: cuando ella impera y procura para sí misma el desarrollo de la sumisión, sustrayendo al marido toda capacidad de decidir sobre su orgasmo, que él acepta gustoso como la excelencia de la expresión de su sumisión, el conflicto se ha solucionado y la tensión se resuelve en la forma más eficiente. La esposa obtiene la máxima dedicación y solicitud de su marido, y éste consagra su tendencia sumisa liberado de las decisiones masculinas evolutivas que lo atenazaban en contra de sí mismo.

Puede ser que una esposa no quiera asumir ese control, puede ser que la confesión de sumisión de su marido sea tardía... Puede ser que la esposa se incline a pensar que ese es un problema que tiene él y que él lo ha de solucionar. Tiene razón, pero ha de saber que él es totalmente incapaz de solucionarlo. Por mucho que quiera, nunca sabrá cómo y aunque lo supiera no podría llevarlo a cabo. Pueden ser muchas cosas... Pero la realidad es tozuda y esa es la situación. Está en juego la felicidad matrimonial.

Una mujer, una esposa, puede saber perfectamente y con toda facilidad gestionar la dosificación del orgasmo de un hombre, de su marido. Esa facilidad de ella contrasta con la imposibilidad de él. El resultado: la felicidad de ambos.

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