miércoles, 2 de noviembre de 2016

Memorias de un sumiso criada 2. Decisión y castigo

Relato enviado por colaboración. Mañana capítulo siguiente.
Me había dado tiempo a limpiar el salón, la cocina y estaba en el cuarto de baño cuando llegó Marisa. Me llamaron al salón y me quedé de pie ante ellas, Teresa me dijo:
-Mientras no se te diga lo contrario, Sophie, nunca más nos mirarás a la cara. La cabeza siempre inclinada, y cuando te llame, siempre de rodillas, con las manos atrás, esperando nuestras órdenes. Cuando tengas que esperar sin hacer nada, siempre frente a una pared, entonces sí, levantas la cabeza, cierras los ojos y con tus pechos a un milímetro de la pared, pero sin tocarla, también de rodillas, y nunca hablarás a no ser que se te pregunte directamente.
Iba a decir que sí, Señora, pero me di cuenta de que no me había preguntado nada. De lo que no me di cuenta es de que había recibido órdenes.
-Pues ¿a qué esperas?
Me puse inmediatamente de rodillas como ella me había dicho. De rodillas frente a una pared, las manos atrás, erguido contra la pared, sintiendo poderosamente en todo mi cuerpo el sujetador, la combinación y el bajo del vestido en las pantorrillas. Una sensación embriagadora se apoderaba de mí. Si yo hubiera podido elegir, habría elegido eso: de rodillas ante dos mujeres, vestido de criada, esperando sus órdenes. 
-¿Has visto que educada está? Ya tengo criada, y gratis. Mírala bien, mira al andrés que tú conocías... sophie, levántate y da unas vueltas por el salón, para que tu señora Marisa te vea bien con tu uniforme
Me levanté y paseé, y era fantástico, era humillante y fabuloso al mismo tiempo. Lo malo es que mi picha también era consciente de la situación, lo que se veía en el delantal.
-Le encanta -seguía Teresa-. Ven a inclinarte ante Marisa.
Fui allí y me incliné y, ni sé por qué, me subí un poco la falda del uniforme con las manos.
-jajajaja -rió Teresa-. Si no sabe ni hacer una reverencia. Ya aprenderá. Ponte aquí de rodillas, delante de nosotras.
-Qué fuerte, Teresa. Cuando me hablabas de tus gustos de ser dominante, nunca pensé que se pudiera llegar a esto. ¿Y viene aquí a hacerte todas las faenas de la casa?
-Todo lo que yo le diga, y eso para empezar, aunque eso ella no lo sabe, ¿verdad, Sophie?
¿Qué me estaba preguntando? ¿Para empezar? No estaba seguro, pero sí estaba seguro de querer seguir allí de rodillas, como una criada, delante de dos mujeres. La humillación más grande de mi vida, justo como yo la había soñado.
-Sí, Señora.
-De momento va a venir aquí todas las tardes, que tengo que ir enseñándola. Pero en cuanto esté mínimamente preparada, si quieres irá por tu casa a limpiar. ¿te parece bien?
-Jajaja, no sé si esto me gusta lo suficiente, pero bueno, a Andrés lo conozco, así que si quiere ir a limpiarme los cristales, pues bueno, yo creo que sí. Mi casa es pequeña y mi colada de la semana no será mucho. Lo que menos me gusta es planchar. ¿Sabe planchar?
-¿Sabes planchar, Sophie?
-Un poco, Señora.
-Ya ves, un poco. Pero no importa, va a tener todo el tiempo del mundo para aprender. Me ha dicho que desea ser mi sirvienta para siempre.
-¿Y hará las cosas en mi casa así vestido, de chacha?
-Por supuesto. La niña tiene mucha ropa en su casita, y mucha más que irá comprando, incluidos muchos uniformes. Al fin y al cabo, su vida desde ahora va a ser así. Ya verás qué divertido cuando empiece a llevar ropa de mujer al instituto donde trabaja.
La conversación empezó a preocuparme, eso era muy serio, aunque yo estuviera tranquilo pensando que en cualquier momento podía decir se acabó.
-Perdone, Señora...
Al levantar la cabeza y encontrarme con su mirada, supe que había desobedecido todas las reglas: me había movido, la estaba mirando, había adelantado una mano, había hablado sin que me preguntaran..., pero nada parecía poder obligarme a seguir un juego que no era exactamente el acordado. ¿para siempre? yo no había dicho eso. Así que insistí:
-Perdone, perdone que la interrumpa, pero yo no he dicho que para siempre...
Como si yo no estuviera allí, Teresa siguió hablando con Marisa:
-¿Has visto por qué necesitamos unos días, o unas semanas, para enseñarle sus obligaciones de criada? Mira, Sophie, tú y yo ya hemos hablado todo lo que teníamos que hablar. Hace un rato me dijiste que querías ser mi sirvienta. No dijiste que un día, o una semana, o un mes, no. Querías ser mi criada, y punto. Ya te dejé claro que yo no quiero pajilleros que vengan aquí a excitarse para ir corriendo a su casa a correrse. Y ya estás incumpliendo tus deberes. Espero que entiendas que tendré que castigarte por esa interrupción. Y si no lo entiendes, me da igual. Además, estoy segura de que lo que has oído te ha excitado más, así que no me vengas con remilgos. Para jugar como tú jugabas sola en casa, y hacerte una paja pensando tonterías no me necesitas. Esto es de verdad y es lo que tú quieres.
Mientras hablaba, yo había vuelto a inclinar la cabeza, manos atrás, sumisa, con mi uniforme de criada, y la oía y sabía que tenía razón. Eso era lo que yo quería, porque muy en el fondo de mí estaba seguro de que esas palabras, todos los días, para siempre, eran parte del juego. Lo que yo desconocía era hasta qué punto Teresa sabía lo que tenía que hacer.
-¿O prefieres que sea solo un juego, Sophie?
-No sé, Señora. Para siempre... ¿y si luego no quiere usted o...?
-¿O si no quieres tú? ¿ibas a decir eso? 
-...mmm sssí, Señora.
-Pero que impertinente eres, Sophie. Una esclava no tiene voluntad.
Me quedé en silencio, porque no sabía qué decir.
-Pero no tienes que preocuparte, mujer. La gente se casa para siempre, y luego se divorcia. ¿Y si te digo que no voy a hacer nada contigo que tú no quieras, que no estés deseando?
Eso sí era tranquilizador.
-gracias, Señora.
-Y aquí está Marisa, de testigo. Así que vamos a ver lo que tú quieres. ¿quieres que te llame de vez en cuando para que vengas a servirnos, a mi amiga o a mí?
De vez en cuando. Ya me imaginé esperando la llamada...
-A lo mejor cada semana, o cada mes, o cuando sea.
O cuando sea, decía, a lo mejor no volviendo a llamar... mi cuerpo, mi excitación me pedía a gritos otra cosa...
-Yo creo que no, que lo que tú quieres es ser mi esclava siempre. Quieres que te obligue a esperar de rodillas durante horas, con tu vestidito. Quieres que te feminice, que te depile por completo, pintarte los labios y ponerte bonitos uniformes y vestidos.
Sentía mi picha crecer hasta límites desconocidos, porque eso lo había soñado, y ahora era realidad.
-Quieres que te ate, siempre vestida de niña, y que te ponga sobre mis rodillas y te castigue con la zapatilla cuando seas mala, cuando me plazca. Ahora mismo, aquí, delante de Marisa, tendría que levantarte la falda, bajarte las braguitas y darte una buena tunda, ¿no lo estás deseando?
Y la verdad era que:
-Sí, Señora.
-Y seguro que quieres que te lleve a otra ciudad, y allí hacerte vestir siempre de mujer, en casa y en la calle. Ir a comprar con tu uniforme de chacha. ¿No te gustaría eso?
Otra fantasía de siempre.
-Sí, sí, Señora.
-Tócate tu picha por encima de la ropa.
Lo hice, y mi excitación crecía tanto que creí que me iba a correr allí mismo.
-Y eso sólo de pensarlo. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿quieres jugar de vez en cuando, o quieres ser sometida, feminizada y esclavizada? ¿Quieres ser un tipo que se masturba en casa esperando que alguien lo llame? ¿O quieres ser mi esclava?
-deseo ser su esclava, Señora.
-Permanentemente?
-sí, Señora.
-entonces, volvemos al principio. ¿deseas que te haga mi esclava?
-Sí, Señora.
-Y como la palabra Siempre parecía asustarte, digamos: ¿deseas ser mi esclava hasta que yo me canse?
-Sí, Señora.
-Dilo, dilo con todas las palabras.
-Deseo que usted me haga su esclava, y serlo hasta que usted quiera.
-¿Ves lo que te decía? Voy a hacer de ti mi esclava, y será, está claro, porque tú lo has deseado. Repite conmigo: Una esclava no tiene voluntad.
-Una esclava no tiene voluntad.
-Y obedece a su ama en todo lo que ella le ordena, sin rechistar, sin límites.
-Y obedece a su ama en todo lo que ella le ordena, sin rechistar, sin límites.
-Ves, toda esta conversación para llegar al mismo sitio. como te dije antes, no íbamos a hacer nada que tú no quisieras, pero ya me has dicho que tú deseas que yo haga lo que a mí me apetezca, así que voy a hacer contigo lo que quiera, y tú me vas a obedecer en todo, siempre.
-Sí, Señora.
-Y por hacernos perder tanto tiempo, tendrás tu castigo, pero será hoy muy leve, porque estoy convencida de que esos pequeños fallos los corregirás. Ahora nos servirás el café, luego te darás tú misma unos azotes y te irás a casa hasta mañana por la tarde. Lo que no puedes hacer esta noche ni mañana es masturbarte. No te conviene, porque si te corres, probablemente mañana no vuelvas, y yo me enfadaría y tendrías otro castigo peor, y no quiero que eso suceda. Mi sirvienta ha de serlo realmente, no sólo cuando le apetezca porque tenga ganas de pelársela. ¿Crees que podrás aguantarte?
-Desearía no correrme esta noche, Señora, pero no estoy seguro.
-Habla en femenino, Sophie, por favor.
-No estoy segura de poder conseguirlo.
-Me gusta la sinceridad. Yo puedo ayudarte con un aparato de castidad. Seguro que sabes cómo son. No hay ningún problema, pero impediremos que tu pito se empine, con lo que mañana estarás deseando venir para que te lo quite. ¿Te gustaría?
Sí, síiii, claro que sí:
-Sí, Señora, estoy deseosa de que me ponga usted el aparato de castidad.
-Bien, pues repite todo lo que vamos a hacer esta tarde en voz alta y clara, para que Marisa vea lo contenta que estás aquí, y los deseos que tienes de que se haga.
-Ahora les serviré encantada el café a las Señoras. Después, en merecido castigo por mi impertinencia anterior, me daré yo misma unos azotes, y después me iré a casa con un aparato de castidad que usted me pondrá y que yo acepto muy ilusionada, para volver mañana a servirla a usted después de comer.
-Y ahora repite que quieres ser mi sirvienta para siempre.
Creo que ni lo pensé, de excitado que estaba por lo que me estaba pasando.
-Quiero ser su sirvienta para siempre.
-Y me obedecerás absolutamente en todo lo que yo te diga.
-Le obedeceré absolutamente en todo lo que usted me diga.
-Pues hala, vete a por los cafés.
Después del café, llegaron mis primeros azotes con mi Señora. Y fueron tan excitantes como Teresa había previsto para tenerme más en sus manos.
-Súbete la falda, y bájate las bragas hasta las rodillas, Sophie.
Hice lo que me ordenaba allí delante de las dos. Mi vena exhibicionista reventaba de placer, y a la vez me sentía humillada con las bragas en las rodillas, y levantando la falda del uniforme, enseñándoles mi picha.
-Date la vuelta, que veamos tu culito de esclava.
Me di la vuelta.
-¿Has visto que blanco? Pues queremos verlo rojito. Apoya el pecho en la mesa y date veinte azotes con esta zapatilla.
Lo hice, empecé despacio, pero yo misma me esforcé por dármelos fuerte, y lo conseguí, y creí que allí mismo me corría. Luego tuve que quedarme de rodillas un buen rato, cara a la pared, con las bragas bajadas, hasta que la erección fue cediendo. Y no fue fácil, por el roce de la ropa, la situación y mis pensamientos. Pero por fin me pareció que aquello había bajado, levanté la mano y esperé hasta que me llamó. Delante de ellas dos, me levanté la falda y Teresa, rápidamente, me colocó un aparato de plástico rosa que cerró con un candado.
-Te gusta, verdad. Ya veo cómo quiere crecer otra vez tu pito, pero ya no puede. Páseate un poco con él puesto, así, con la falda levantada, para que te veamos bien.
Lo hice, y después me desnudé para volver a casa tal como había venido.
-No tengo que recordarte que una buena chica duerme con camisón, porque ya nos dijiste que sueles hacerlo, así que hala, a casita y a disfrutar por adelantado de tu tarde de mañana. Bueno, antes dinos cómo es el camisón que vas a usar esta noche.
Elegí en mi mente, casi al azar, uno que me gustaba mucho.
-Esta noche dormiré con un camisón largo, de raso, beis clarito, con tirantes y delantera de encaje, como de novia.
-Muy adecuado para la noche de bodas. Adiós, Sophie.
Mi noche de bodas!! Me sentía en el cielo.
-Adiós, Señoras.
Y me fui encantado de todo lo que me había pasado. Estaba convencido de que me había encontrado con una persona que disfrutaba conmigo como yo con ella. Y suponía que ella se masturbaría pensando en todo eso, y que llegaríamos a tener sesiones más intensas de dominación sumisión. Con tanta excitación y con mi polla aprisionada, apenas pude dormir y la mañana siguiente pasó como en sueños.
Por la tarde intenté dormir una siesta, luego me vestí como el día anterior y me presenté, feliz en casa de Teresa. Cuando abrió la puerta, incliné la cabeza y pasé.
-Levanta la cara -me dijo.
Según la levantaba, zzaasss, un sonoro bofetón me dejó pasmado.
-¿Qué horas son estas? En cuanto salgas del instituto, corriendo a comer y luego aquí. ¿entendido?
-Sí, Señora.
-Cámbiate, que tienes mucho que hacer.
Ese fue el principio de una rutina que duraría bastantes días. Iba lo más pronto posible, me ponía mi uniforme y a trabajar hasta que ella me mandara a casa. Y cada tres o cuatro días, me quitaba el aparato y me autorizaba a correrme en casa. Fui aprendiendo a obedecer sin plantearme siquiera dudarlo, y mis errores se corregían con azotainas que Teresa me propinaba con la zapatilla, o con largas horas de rodillas en un rincón. Había días de colada, días de plancha, días de cristales, días de fregar el suelo de rodillas, y siempre recoger, limpiar, ordenar. La Señora me iba indicando también cómo le gustaba que cocinara para dejarle preparada la cena. Y lo peor eran los días que me corría, porque después del desahogo me venían las dudas: ¿iba a seguir así, cuánto tiempo? se había pasado la novedad y yo me planteaba seriamente si quería seguir así: esclavizado por una mujer a cambio únicamente de servirla con un uniforme de chacha. Porque no había más sexo que las masturbaciones que mi señora me permitía.
Pero como si ella adivinara mis pensamientos, a las tres o cuatro semanas aterricé, de golpe y sin paracaídas alguno en la triste realidad en que me había metido inocentemente.
Llegué a su casa vestido como de costumbre, con ropa de chica, incluidos los pantalones, y su primera orden fue similar, pero mucho más seca:
-Desnúdate.
Me quedé en bragas y sujetador y me puse en mi posición arrodillada.
Y de repente me vi en el suelo aturdido. Sin decir ni media palabra, Teresa me había dado un tremendo bofetón.
-He dicho desnúdate, y no me hagas repetir las cosas o lo sentirás.
Me desnudé completamente, excepto mi aparato, que no podía quitármelo, y esperé de rodillas.
-Ponte esto.
Esto era una baby-doll rosa transparente que llegaba poco más abajo de la cintura. Me encantó, porque de pronto volvía a haber algo sexual en aquella historia que se estaba convirtiendo en la de un pobre imbécil que había cambiado su tiempo libre por las tareas domésticas sin gratificación alguna.
-Y esto.
Me puso un pañuelo de seda en la cabeza, doblado en triángulo y atado atrás.Lo sujetó con unas horquillas. Sentí su roce en el cuello, y sobre el babydoll, y volví a saber que aquello era lo que yo quería.
-Voy a olvidar tu desobediencia de antes y seguiré con el regalo que te tenía previsto. Estoy segura de que barrer, fregar y quitar el polvo no es todo lo que esperas. Así que de vez en cuando habrá alguna sorpresa. Te gusta esta ropita, y el pañuelo, eh. Pues más te gustará esto: chupa, con cara de placer, por todas partes, y luego te lo vas metiendo en la boca, hasta la garganta, hasta que esté todo dentro.
Me dio un consolador enorme, con forma de polla, de color natural. No tuve que disimular el placer, porque la situación me estaba poniendo a cien, a pesar mío, y sobre todo a pesar de mi pene enjaulado. Lo agarré con las dos manos y lo fui chupando por todas partes, para ir metiéndolo en mi boca, y hasta en mi garganta. No me emocionaba chupar eso. Lo que me ponía a cien era hacerlo por órdenes de mi Señora vestido únicamente con aquel baby-doll que me rozaba el culo. Seguí un rato, e intenté imaginar cómo sería una polla de verdad. Dentro de mis fantasías lo había pensado muchas veces, pero es de esas cosas que no crees que vayas a hacerlo, porque supones que en realidad no quieres hacerlo, sólo fantasear que te obligan a hacerlo. Y fantaseaba cuando me interrumpió.
-Se ve que disfrutas de verdad. Déjalo ya.
Entonces ella fue dejando caer saliva en el suelo, en distintos sitios del salón.
-¡A ver qué tal limpias! A cuatro patas y con la lengua.
Los siguientes minutos los pasé gateando por el salón, buscando su saliva y limpiándola con la lengua. ¿Excitaría eso a mi Señora como a mí? ¿lo hacía para llegar a tener algún tipo de sexo entre los dos? Limpié a conciencia el suelo, esperando que le gustara a mi Señora.
-Muy bien, Sophie. Me gusta que seas tan obediente. Mírame y dime qué es esto que tengo en la mano.
Me quedé de rodillas, mirándola a ella y lo que tenía en la mano.
-Un dildo anal, Señora.
-Pídemelo y te dejaré ponértelo, que estoy segura de que te gusta.
-Sí, Señora. Por favor, ¿me permite ponérmelo?
-Tienes que explicarte bien, Sophie. Ya sabes cuánto te excita decir las cosas.
ella tenía razón. El mero hecho de verbalizarlo ya provocaba placer. ¿Y a ella le ponía oírmelo decir?
-Señora, ¿me permite ponerme ese dildo anal en mi culo?
-¿Por qué?
-Me gusta ser penetrada, Señora.
-No sé, no sé. ¿Estás segura? No me parece que tengas tantas ganas. Ruega.
-Por favor, Señora. Estoy deseando sentir cómo se abre mi culo y cómo se llena con el dildo. Me encantaría sentirlo dentro para sentirme más como una sierva sumisa a sus pies, penetrada -en aquel momento nada deseaba más de verdad y se debía notar-, por favor, permítame ofrecerle mi culo. Me encantaría sentirme follada así.
-¿No quieres follar como un hombre?
-No, Señora. Quiero ser follada como una mujer sumisa, como su esclava sumisa. Por favor, Señora, se lo ruego.
-Claro, Sophie. Pero antes, toma esta crema y lubrícate bien con tu dedito, pero agachada en el suelo, para que yo te vea bien.
Cogí la crema y me la extendí por el esfínter, metiendo y sacando mi dedo, y disfrutando de lo que iba a venir.
Agachada como ella me dijo, me introduje luego el dildo, sintiendo oleadas de placer. Lo que no sabía era que aquellas iban a ser las últimas oleadas de placer despreocupado.
-Ven a esta silla.
Me senté en una silla de madera que había frente a la mesa y un ordenador. Inmediatamente cogió mis manos y me las esposó a un barrote del respaldo de la silla, por la parte de atrás.
-Abre las piernas.
Con unas correas de cuero me ató las piernas a las patas de la silla, por dos sitios: en los tobillos y arriba, casi en las rodillas.
Ahora, cuando debo escribir estas memorias con las rodillas bien juntas, como la señorita que soy, recuerdo aquellos momentos y me asombro de mi inocencia. El placer se estaba terminando y yo no lo sabía. Lo que yo creía que quedaba de mi libertad, mi tranquilidad, se estaban terminando.
-Abre la boca y vete metiéndote estas bragas en ella, pero muy despacio.
Ella me metió un extremo en la boca y yo fui, poco a poco, introduciéndolas. Estaban sucias, sabían a meado, y tuve que saborear cada centímetro de ellas. Cuando estuvieron dentro, me amordazó con un pañuelo.
-¿Sabes? Ya eres mía, y para siempre, si yo quiero. Y no te digo esto para que te excites más, Sophie. Te lo digo porque es así. Eres una estúpida y te me has entregado por completo. Ya no solo eres mi criada. Ahora eres mi esclava. Y como eres tonta, seguro que oír esto te pone. Y no debería. Mira el ordenador.
Encendió la pantalla y allí estaba yo, desnudándome casi frente a la cámara, hasta quedar sólo con la blusa, que luego me quitaba, quedando en bragas y sujetador. Y vistiéndome de criada, limpiando el polvo, arrodillándome con la cabeza inclinada, sirviendo el café, dándome azotes con la zapatilla, y mientras me colocaba el aparato. Y lo peor, hablando, siempre hablando, pidiéndole que me dejara azotarme, pidiéndole el aparato de castidad... Todo lo del primer día estaba allí grabado y montado de forma que solo aparecía yo, y solo era el principio. Como si fuera un videoclip, delante de mi pasaron multitud de imágenes de todos aquellos días, fregando, planchando, sirviendo la cena, castigado de rodillas, cambiándome, siempre cambiándome, poniéndome un sujetador, una combinación, el uniforme, la cofia...
No podía decir ni una palabra, no sólo por las bragas y la mordaza, sino también porque estaba acojonado de lo que estaba viendo. Una cosa era hacerlo allí, para ella, y otra dejarlo registrado.
Teresa se acercó a una vitrina de espejo que abrió con una llave. Allí había una cámara.
-En primer lugar, Sophie. Has de saber que esa película está colgada en internet y yo puedo hacerla pública cuando quiera. En segundo lugar, quiero que pienses por un momento en lo que saldrá en la película que hemos grabado hoy, que ya está también en internet, aunque eso sí, todavía sin editar. Pero piensa, piensa: con tu babydoll recorriendo a gatas el salón para limpiar con tu lengua mi saliva, o en tu cara de placer cuando chupabas el consolador, por no hablar de tu dedito en tu culo o de como disfrutabas del dildo y cómo te comías mis bragas... impresionante, eh. Lo realmente emocionante de una relación de sumisión es que sea real, que la sumisa, en este caso, tú, sea realmente una esclava, y tú lo eres. Te tengo en mi poder porque si decidieras dejar de obedecerme, todo el mundo vería eso, aquí o donde quisieras marcharte, porque no te imagino entrando en el instituto donde todos los alumnos habrían visto esa película, ni en este ni en ninguno. Piensa en qué pasaría cuando cualquiera tecleara tu nombre en google, sólo por jugar, y le salieran estos vídeos. Y en tercer lugar, no debes tener miedo, sophie. En realidad, yo no quiero que se vean esos vídeos, y no se verán mientras tú seas obediente. Pero vete metiéndote esto en la cabeza: vas a ser mi esclava para siempre, y ahora ese siempre seguro que ya no te excita: Para siempre, o hasta que yo me canse, y entonces ya veremos. La vida que tenías se ha terminado. Seguirás trabajando, claro, porque yo no voy a mantenerte, sino más bien al contrario. Y fuera del trabajo, serás mía todas las horas de todos los días. Supongo que tendrás amigos, pues se acabaron. Los verás de guindas a brevas. Ellos pensarán que te has encoñado de una mujer, que seré yo, y que no quieres tener nada que ver con nadie. Pero bueno, ya lo irás viendo. De momento, tú querías ser mi criada, y ya lo eres, pero no como tú esperabas, sino como yo quiero. Más que haberte encoñado, lo que podemos decir es que te he encoñado. Por ahora, tu horario será el siguiente: Todos los días estarás aquí a las tres y media de la tarde, ya comida, claro, para trabajar aquí hasta después de recoger mi cena y dejar la cocina inmaculada. Y los días que no tengas clase, sábados, fiestas, vacaciones..., aquí desde las nueve de la mañana. Habrá días y ratos que yo no esté aquí, claro, yo no soy esclava de nadie, tengo mi vida, y esos días te los pasarás atadita esperándome. Y cuando vea que estás bien educada, y que aquí no hagas mucha falta, pues a casa de Marisa o de otras amigas, o amigos. Verás como la sumisión no es tan divertida como creías. Para la esclava, claro. Porque para mí es tremendamente divertida y útil.
Creo que entonces no me daba ni cuenta de lo que me estaba diciendo, seguía aterrorizado, en estado de shock.
-Ahora vamos a hacer un sol con tus huevos y esperar a un amigo.
Teresa me quitó el aparato de castidad, y me fue poniendo varias pinzas en los huevos, como si fueran los rayos del sol que había anunciado, pero lo que yo veía eran las estrellas. Me levantó el babydoll y me puso otras cuantas en los pezones, y estas fueron peores, porque le leve roce de la tela hacía que dolieran más.
Las ponía despacio, apretándolas una a una, y les daba golpecitos para que dolieran más. Y mientras las ponía, seguía hablando:
-Una criada no tiene sexo con su ama. A lo mejor tú pensabas otra cosa, no sé, que podías gustarme y que esto me excitaba, y que tendríamos una relación, tú y yo, de dominación sumisión. Pues no, querida. Claro, a lo mejor tú no sabes que a mí me gustan las mujeres, y cuando digo las mujeres no me refiero a un tío travestido, sino a las mujeres. tú y yo nunca tendremos una relación de ese tipo. Yo seré tu ama y tú mi sirvienta, con tu horario. Ya, ya sé que lamentablemente ese horario no te deja mucho tiempo para ti, pero qué se le va a hacer. Ya tienes muchos años, así que ya has tenido todas las relaciones que necesitabas. Se acabó el sexo con mujeres, y con hombres... bueno, creo que con hombres seguirás teniendo sexo una temporada, pero siempre en tu papel de esclava sumisa. O sea, mamando pichas o poniendo el culo para que te follen, y cuando yo quiera, y en mi beneficio. a lo mejor ponemos un anuncio en internet ofreciéndote como puta. Alquilo sumiso feminizado como esclava sexual. Y más adelante, no debería decírtelo porque es una sorpresa... más adelante el sexo serán con... no, no te lo digo. En realidad, tu sexo ahora está a mi servicio. De momento, te correrás, claro, a menudo, pero tú solito y con el único fin de que la excitación no te distraiga de tus labores. Casi cada día, antes de empezar a trabajar, antes incluso de ponerte el uniforme, te ordeñarás aquí y te beberás tu leche. Fuera de aquí, siempre llevarás el aparato debajo de las bragas. Jejeje, imagínate que alguna colega tuya quiere algo de ti en el instituto, y te baja los pantalones y se encuentra... unas braguitas, y debajo... jajajaja. Así, cuando te vistas y hagas las labores de la casa, lo harás sólo porque eres mi esclava, no porque te gusta, porque en esos momentos no te va a gustar nada. En fin, te voy a dejar con tus pensamientos y tu película, mientras espero la visita.
Y desapareció dejándome allí viendo una y otra vez la película que había grabado.
Y sobre todo, y como ella había dicho, pensando. ¿Dónde me había metido? Ahora sabía que ella no tenía ningún interés por mí, más que como criada. Y que no tendría más sexo que ordeñándome o... o... chupándole la polla a tíos o... o...
Un rato después, llamaron a la puerta.
-Mira, aquí está Sophie.
delante de mi apareció un tipo alto con una sonrisa de oreja a oreja.
-Hola, mariquita. ¿Estás disfrutando del vídeo como yo cuando lo monté?
El tipo empezó a desatarme las piernas.
-Me han dicho que la sabes chupar muy bien.
Luego me soltó las esposas de una mano, lo justo para liberarlas de los barrotes de la silla, y volver a esposarme.
-Vamos a comprobarlo.
Me hizo levantarme y ponerme de rodillas frente al sofá.
-Las piernas abiertas, mariquita, que las pinzas den al suelo.
él se sentó frente a mí y se abrió la bragueta. Teresa había cogido la cámara del armario y grababa a mi alrededor. Las pinzas me estaban matando con el movimiento. él se sacó una enorme polla, y me soltó la mordaza mientras me sujetada entre sus piernas.
-Escupe las bragas, que yo no pienso tocarlas. Y esmérate, que eres el precio por el curro de montar las pelis.
-Es como te decía, Sophie. Pago favores contigo.
En cuanto liberé mi boca, empezó a acariciarme la cabeza -bonito pañuelo, te queda bien, procuraremos no descolocarlo mucho- y fue empujándola hacia su polla metiéndomela en la boca, y yo empecé a chupársela como había hecho antes con el consolador.Al principio era fácil, pero me empujaba más y más y en unos momentos la había tragado entera, con algunas arcadas que tuve que aguantar como pude, porque la mano que empujaba no cedía, y la punta estaba en la garganta, y chupaba su base y sus huevos, sin que Teresa dejara de grabar en primerísimos planos mi cara con su polla en mi boca.
Y ahora ya sí, ya era en realidad, y entre todo lo que me había dicho mi ama, más lo que había visto, más las pinzas que me estaban matando, no hubo ningún placer en aquel trabajo, aunque sintiera el babydoll en mi cuerpo, y aunque el pañuelo me rozara el cuello y el principio de la espalda. Además, la sensación que me producía el estar atado era todo menos agradable. Él me empujaba la cabeza, yo casi me asfixiaba, pero no podía hacer nada más que seguir. Y de pronto, veía así mi vida: aprisionado y sin posibilidad no ya de escapar, sino incluso de moverme. El estar atado y sujeto era una sensación fortísima, que podía a cualquier otra. No era como en una fantasía, no, para nada. Estaba atado físicamente, sujetado por unas manos poderosas sin que yo pudiera hacer nada más que lo que ellas quisieran. Y lo peor, también atado en mi vida. Hasta aquel día, siempre creí que no me iba porque no quería, por el placer que me producía ser humillada, feminizada, castigada por aquella mujer. Un placer que yo buscaba. Ya no era así.
No tardó en correrse dentro de mí, y todavía tuve que lamérsela hasta que no quedó ni una gota de su leche.
-Ahora tú, Sophie, cariño. te vas a ordeñar, aunque no estoy segura de que te guste. Antes ponte de pie.
Teresa se agachó delante de mi y me ató un pañuelo con todas sus fuerzas en la base de pito y huevos, tensando la piel y redoblando el dolor de las pinzas. Por si fuera poco, me golpeó las de los pezones.
-De rodillas como estabas, y procura que todo quede en tu mano.
Me soltaron las manos y me masturbé de rodillas frente a la cámara. Me costó, por el pañuelo que me ataba la base del pene, pero efectivamente eyaculé, algo muy líquido, y yo no llamaría a aquello placer. No me podía concentrar en lo que estaba sintiendo, sino en el dolor de las pinzas y en la cámara que me grababa.
-Bébete tu leche, y esas gotas que han caído por ahí, ya sabes, con la lengua, como antes.
Lamí mis manos como su fuera una perra o una gata, y después me paseé de rodillas, inclinándome sobre cada gota para lamer el suelo. Siempre muy consciente de que estaba siendo grabado, de cerca y con todo detalle.
Cuando terminé, ella le dio el dvd de la cámara al tipo, que se despidió con un beso de ella, y de mí con un:
-Me ha gustado, mariquita. Tienes que venir a casa a repetirlo.
-Quítate las pinzas, Sophie, y ponte el uniforme, pero sin cofia, te dejas el pañuelo, que hay mucho que hacer.
Por primera vez, a la que seguirían muchas más, me vestí de criada sin ningún placer, y muy cabreado conmigo mismo, y al borde de las lágrimas a veces, pasé aquella primera tarde de mi verdadera esclavitud fregando de rodillas toda la casa, con el uniforme subido y las bragas bajadas para que la Señora me pegara con una fusta cuando le parecía.
Fueron varias horas de trabajo, y sorprendentemente, o no, con el tiempo se me fue olvidando lo humillado que había sido. O quizá no se me olvidaba, y eso también me gustaba. Chupar una picha, por ejemplo, no es nada que me pusiera especialmente, pero chuparla atado, y obedeciendo órdenes, recordarlo ahora hacía que mi pene volviera a cobrar vida. Y ya no pensaba en lo que había sentido cuando lo hacía. Lo peor eran los vídeos, pero incluso eso, mientras trabajaba vestida como a mí me gustaba, adquiría otro carácter, hacía que mi sumisión fuera tan real como sólo me había atrevido a imaginarlo en fantasías. Era realmente un mar de contradicciones.
Cuando le serví la cena a mi Señora, me ordenó que le enseñara mi pene. Lo hice. Estaba erecto y todavía más al enseñarlo.
-Vaya, veo que en cuanto se te pasa la relajación, vuelves a la carga, eh.
No dije nada. Esperaba de rodillas sus órdenes.
-Muy bien, Andrés -me sorprendió que me llamara por mi nombre masculino-; pues hasta aquí hemos llegado. Ya puedes levantarte, cambiarte y seguir con tu vida.
De repende, esa posibilidad, que unas horas antes habría abrazado con todas mis fuerzas, se me antojó terrible.
-¿No lo he hecho bien, Señora?
-Oh, sí, muy bien, estupendamente, pero yo no quiero obligarte a nada que tú no quieras. Hasta hoy, pensabas que serías mi criada sin más, o a lo mejor lo temías. Ahora ya sabes que yo quiero un poquito más. Hoy has tenido una pequeña muestra de lo que yo entiendo por una esclava, lo que de verdad me divierte, lo que lo convierte en una aventura. Y como no quiero esclavizarte engañado, pues te dejo libre. Y por los vídeos no te preocupes. Los borraré, por supuesto.
-Pero Señora, ¿y si yo quiero seguir?
-¿A pesar de saber que estarás en mis manos?
-Sí, Señora.
-Y a pesar de saber que nunca tendremos ninguna relación de ningún tipo, más allá de la de ama y criada esclavizada?
-Sí, Señora.
-¿Y que no volverás a tener una relación sexual como hombre, sino solo como esclava? Ya has visto lo que te he obligado a hacer hoy, y no es más que una muestra. ¿También así quieres seguir?
-Sí, Señora.
-Has de saber que mis castigos pueden ser terribles.
-Como usted desee.
-Y que te humillaré de maneras que ni te imaginas.
-Sí, Señora.
-Simplemente por mi placer, para dar salida a mi pequeña vena sádica, para desahogarme cuando tenga ganas. ¿Así que quieres ser mi desahogo?
-Sí, Señora.
-Y que no habrá vuelta atrás. Serás mía mientras yo quiera, y cuando me canse de ti, lo más fácil es que te venda a otra ama, o amo. ¿Te acuerdas de que esta tarde, después de masturbarte, habrías deseado salir corriendo?
-Sí, Señora, pero ya no.
-Entonces, ¿te parece bien que te grabe y ponga los vídeos en internet para dominarte?
-Lo que usted desee, Señora.
-Vamos a hacer una cosa, Sophie, ¿prefieres que te llame así, verdad?
-Sí, Señora.
-Bueno, ya te cambiaré el nombre, porque ese es demasiado fino para una criada como tú, pero de momento nos vale. Mira, Sophie, te voy a dar una hoja en blanco. Será tu contrato de esclavitud. Está en blanco porque yo pondré lo que quiera, y cuando quiera. Te lo llevas, y si mañana vienes a la misma hora, con tu ropita, y lo traes firmado, serás mía para siempre. Si no quieres firmarlo, no vengas, y terminamos como amigos, sin más historias de ningún tipo.
Me dio un folio encabezado con el título "Contrato de esclavitud" y el resto en blanco, menos al final, donde ponía "firma de la esclava".
En aquel momento, todo mi cuerpo temblaba de excitación. En ninguna fantasía había llegado a tanto, y estaba a mi alcance.
-Puedo firmarlo ahora, Señora.
-No. Quiero que te lo lleves y lo pienses seriamente. Imagínate sufriendo mis azotes con una fusta, imagínate atada durante horas, o emputecida, chupando cualquier polla, trabajando de chacha todos los días del resto de tu vida, o saliendo a la calle con el uniforme que llevas puesto.
Ella lo sabía, y sus palabras no hacían más que engrandecer mi deseo.
-Ya, ya sé que te crees que estás leyendo un relato porno, y eso te pone a cien. No hay más que verte. Pero llegarás a tu casa y te masturbarás y lo verás de otra manera, seguro.
-No, no me masturbaré.
-jajajaja. Si ya ardes en deseos de tocarte. Te voy a prestar el aparato de castidad. Te lo llevas también. Sin llave, claro. Si cuando baje esa hinchazón te lo pones y lo cierras, ya no te masturbarás, de eso puedes estar segura.
-Gracias, Señora. Así lo haré.
-Bueno, pues ya sabes. Recoge todo esto, cámbiate y vete. Hasta mañana, o hasta que nos veamos por ahí.
Quizá debí haberlo pensado más, pero todo era demasiado nebuloso, y demasiado placentero.
Al llegar a mi casa, sin darle muchas vueltas, me puse el aparato, y firmé debajo de donde ponía "esclava".
Al día siguiente, volví a casa de mi Señora. Nunca podría decir que no me habían avisado.

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