domingo, 6 de noviembre de 2016

Memorias de un sumiso criada. 6. Un castigo

Relato enviado por colaboración. Mañana capítulo siguiente.

(Teresa, mi Señora, quiere que deje esto escrito: "Vicky es una sumisa y esclava muy viciosa: por eso no basta con vestirla de chacha y obligarle a limpiar y fregar casas, o a pasear por la calle con ropas femeninas. No. Puesto que ella, él, es hetero, me encanta obligarle a chupar pollas, o a poner el culo para que se lo follen. Y puesto que así ya es una putilla, hay que humillarla más convirtiéndola en una puta perra, en una putita de perros. La zoofilia no me interesa mucho, solo me interesa ver cómo Vicky se convierte en perra, por lo menos hasta que sea la puta de todos sus conocidos en el instituto.")



Pasé más de una semana castigado a llevar siempre sujetador y medias al instituto, además del pañuelo, que levantó más de un comentario y que expliqué por una apuesta. Todo ese tiempo tuve puesto también el aparato de castidad, y mi Señora aprovechó para hacer todo tipo de limpiezas especiales en casa que me tenían allí hasta las once o las doce, cuando podía volver a la mía y dormir un rato para seguir el día siguiente.
Pero lo peor de esos días era que yo sabía que solo eran la preparación del castigo especial que llegaría al final. Y llegó.
El viernes, agotado, cuando me puse de rodillas casi a la una de la noche, después de no parar en toda la tarde, esperando que ella me dijera que podía cambiarme y marcharme, ella me miró y me dijo:
-Lo has hecho muy bien, Vicky. Estoy muy contenta de tu comportamiento esta semana, y aunque los castigos nunca se perdonan, a lo mejor podemos hacer una excepción. Te he visto solícita y entregada a tu trabajo, no me has dado motivos de queja y cuando te he pegado, solo era por mi placer. Ha estado muy bien, y si sigues así, podrás ser durante mucho, mucho tiempo mi criada -nunca perdía la oportunidad de decirme lo que era, y por cuánto tiempo-. En fin, mañana es el gran día, y estoy pensando seriamente suspender el castigo y, a cambio, dejarte el fin de semana libre.
Dios, no me podía creer lo que estaba oyendo.
-Pero tendremos que esperar a mañana, porque si te perdono el castigo, tendremos que explicárselo a los invitados. No van a venir a casa para encontrársela vacía. ¿No crees, Vicky?
-Sí, Señora.
-Entonces, te parece bien esperar a mañana para saber si te perdono o no.
-Sí, Señora, como usted decida.
-Por supuesto, Vicky, por supuesto. En cualquier caso, tienes que estar preparada, así que esta noche te quedarás aquí.
Me asusté, porque nunca me había quedado en su casa. Solo había pernoctado fuera de mi casa cuando fuimos al chalet de Carlota, y entonces dormí en la caseta del perro.
-Te vas al cuarto pequeño de la cocina, que será el tuyo, y te desnudas. Y después de vaciarte bien en el servicio esperas de rodillas a que yo llegue.
Seguí sus instrucciones al pie de la letra, porque la esperanza es lo último que se pierde. De lo que yo no me daba cuenta entonces era de hasta qué punto me maltrataba psicológicamente, o a lo mejor me dejaba maltratar yo. Pero aquella noche, realmente, estaba muerto de miedo de lo que tuviera pensado hacer conmigo, y me agarraba como a un clavo ardiendo a la posibilidad de que me perdonara.
Así que a los cinco minutos estaba yo de rodillas, bien vaciado, en mitad del cuarto, que era realmente pequeño. Sólo había un par de sillas de madera plegables cerradas, de las de tijera, un sillón que se hacía cama, una mesita y el armario donde guardaba mi ropa y mis uniformes de criada.
No sé cuánto rato tuve que esperarla, pero ya me caía de sueño y del dolor de la postura cuando llegó.
-Muy bien, Vicky. Ponte este camisón, no vayas a coger frío.
Era el mismo camisón que ya había utilizado otras veces: corto, de tirantes, de raso, de los que a mí me gustaban tanto, cuando yo era simplemente un travesti en la intimidad.

Seguro que ella me habría dado el camisón de Carmen, pero ese estaba en mi casa, porque era con el que dormía cada noche. Según estaba de rodillas, el bajo me rozaba las pantorrillas, con lo que mi pene, después de tantos días sin tocarme, hizo un amago de interesarse, cortado de raíz por el aparato que lo tenía aprisionado.
-Las manos atrás, Vicky, que voy a esposarte.
No solo me esposó, sino que después me juntó los brazos atrás todo lo que pudo y los ató con un pañuelo que los dejó inmovilizados, casi juntos y en una postura dolorosa.
Entonces me puso el collar de perra que había llevado en el anterior castigo, dejándolo bien apretado.
-Y ahora voy a prepararte la cama.
Se acercó a la ventana, y retiró la cortina del gancho que la dejaba recogida a un lado.
-A veces hay que echarle un poco de imaginación, Vicky. No queremos que la casa parezca una mazmorra, pero estos ganchos, que parecen puestos solo para sujetar la cortina, son tan fuertes y están tan bien sujetos como los de cualquier mazmorra, ya verás.
Cogió una de las sillas, y sin abrirla, la apoyó contra el gancho, que estaría como a un metro del suelo, y la ató a él. La silla quedaba como un plano inclinado contra la pared, más de pie que tumbada, siempre plegada.
-Ven acá.
Caminé de rodillas hasta que ella me colocó frente a la silla, empujándome después contra ella, con lo que sentí en mi cuerpo todas y cada una de sus tablas y palos al no poder utilizar las manos, atadas a la espalda, y pasó por la argolla de mi collar la misma cuerda que sujetaba la silla al gancho, anudándola después de forma que no tiraba de mi cuello, pero tampoco me dejaba moverlo.
-¿Verdad que estás cómoda, Vicky?
-Sí, Señora.
-Abre un poco las piernas, bonita, para que pueda atártelas a la silla antes de abrirte el culo. Así no correrás el riesgo de deslizarte hacia abajo.
Atármelas... abrirme... ella disfrutando al decírmelo, y yo sin poder decir nada, jodido ya de antemano.
Me ató las piernas a las patas con dos pañuelos, cuyos cabos dejó colgando para que me rozaran la pantorrilla, como el camisón.
-¿A que te gusta, vicky?
-sí, Señora, mucho.
-Claro que sí.
Se apartó de mi y cuando volvió sentí sus dedos enguantados en el culo, llenándolo de crema.
Y me puso delante de los ojos un plug anal gigantesco, con cuatro correas que salían de la parte estrecha y larga del final.
-Gracias, Señora.
-ummm, has hablado sin permiso, pero no te lo voy a tener en cuenta porque sé que tu deseo era agradar. Relaja el culo, bonita.
En un momento tuve aquello dentro de mí, mientras ella, con mano experta, lo aseguró con las finas correas de cuero que lo sujetaban, una hacia arriba, otra bajaba hasta la ingle y subía por delante, y dos horizontales, que se entrelazaban con las anteriores, clavándome el plug, y que acababan dando una vuelta en mi cintura, como un cilicio.
-Y lo mejor es que vibra, despacito, para que dure toda la noche.
Lo puso en funcionamiento y mi cuerpo de llenó de sensaciones contradictorias. Estaba atado e inmovilizado dolorosamente, a la vez que sentía el roce de las telas y el vibrador en el culo.
-Dulces sueños, Vicky. Mañana seguro que es un gran día.
Apagó la luz, cerró la puerta y todavía pude oír como la candaba con llave, como si yo pudiera moverme, y me dejó allí, para esperar, porque no pensaba yo que pudiera dormir, a lo que fuera a pasar el día siguiente.
No sé cómo, posiblemente era el cansancio, pero acabé dumiéndome a ratos, para despertarme casi inmediatamente, me pareció, aunque ya entraba claridad por la ventana, cuando mi Señora vino a saludarme.
-Buenos días, cariño. Me alegro de que estés despierta, porque quiero que pienses en el castigo, o en el perdón.
Me dejó allí, inmovilizado y con dolores por todo el cuerpo, hasta varias horas después, en que empecé a sentir jaleo y voces en la casa.
Por fin, entró mi Señora y me colocó un antifaz rosa con puntillas.
-Hueles como una perrita, Vicky, porque eso es lo que vas a ser hoy. O quizá no. Y ahora vamos al salón, que ya llegó el momento.
Me desató por completo, dejándome únicamente el collar, el plug y el camisón, y el antifaz, enganchando también una correa a mi collar. Al desatarme creí que me caería allí mismo, pero no tuve tiempo, porque un fuerte tirón me obligó a seguirla a cuatro patas, sin ver nada.
Me llevó al salón y me puso en medio, sobre una alfombra de tiras que yo no conocía, a cuatro patas.
-Bueno, Vicky, ya estamos todos. Como sé que eres una perrita lista, me entenderás cuando te vaya presentando a nuestros amigos. Y no seas maleducada, a ver si ahora vas a estropear toda esta semana de entrega a tu Ama.
Ladré, ladré y un coro de risas y carcajadas me acompañó.
-Así, así, ladra como una perrita contenta, ladra, bonita, ladra.
Y ladré, como había tenido que aprender, nada de guau guau, sino verdaderos ladridos que hicieron a todos partirse de risa.
-Basta, basta, Vicky, que nos va a dar algo. Cállate.
Me callé inmediatamente.
-Te voy a presentar a nuestros acompañantes, Vicky. Empezaremos por Carlos, a quién ya conoces bien, de hace unos meses, bien que te magreaste con él, que te querías comer su pija entera, te acuerdas, ¿verdad?, y tu insistencia hasta que te la clavó bien clavada en el culo.
-Hola, Vicky. Cuánto tiempo.
guau, guau, ladré hacia donde sonaba su voz.
-¿No es adorable? Mira como saluda. Otra vez, Vicky.
guau guau
-A su lado está nuestra amiga Carlota, también la conoces bien, porque en su casa aprendiste a ser una perrita dulce y cariñosa.
-Hola vicky, estás muy guapa con ese camisón.
guau guau, ladraba yo, pero tenía ganas de ponerme a llorar, ¿me iba a perdonar, o ya era ese el castigo?
-Y con ella, claro, León. Suéltalo, Carlota, que se reconozcan.
Inmediatamente sentí a León a mi lado, frotándose contra mi cuerpo, chupándome el cuello y ladrando, a lo que le correspondí con otros ladridos y frotándome contra él.
-Vuelve aquí, León.
-También ha venido Carmen, que sé que no quería perderse tu función.
-Hola, Vicky. ¿Ves lo que te pasa por contestar?
También ladré para saludar a Carmen, que soltó una sonora carcajada.
-Y con Carmen ha venido su hijo Alberto, a quién creo que conoces del instituto. No veas las ganas que tenía de verte aquí.
¡Alberto! Un alumno, diosss, y qué alumno, esto era como mi muerte en el instituto. Me imaginé cómo me estaba viendo, a gatas, en camisón
-Hola, profe.
Y ladré a Alberto. Era ya mayor, tendría 17 o 18 años, porque había repetido varias veces, pero era un alumno, y me estaba viendo hacer de, no, ser una perrita y ladrar como ella, vestido con camisón y collar de perra, y con un aparato de castidad y con un plug en el culo, y con mi antifaz rosa y con puntillas. Esto era como si los vídeos ya se hubieran hecho públicos.
-No tienes que preocuparte, Vicky -dijo Carmen-, porque Alberto sabe guardar un secreto, por lo menos hasta que Teresa te entregue a nosotros.
-Bueno, vamos a empezar. Te contaré el programa, Vicky: en primer lugar te quitaré los dos aparatos que llevas puestos y te ordeñaré yo misma. Después comerás algo, porque debes de tener hambre. Va siendo la hora de comer. Un poquito de leche de perra, que no ha sido fácil de conseguir, mezclada con una latita de puré para perritas, con los kleenex que hayas ensuciado al quitarte tu plug, y con tu leche, claro, no la vamos a desperdiciar, y agua, que estarás sedienta. Mientras tú comes, nosotros decidiremos si llevamos a cabo el castigo o no.
Me dieron ganas de gritar que si no era ya suficiente, pero seguía esperando que pararan de una vez, y ladré de nuevo.
Al momento sentí las manos enguantadas de Teresa desatando las correas que sujetaban el plug, para tirar después de él y limpiarme el culo con varios kleenex.
-Veo que te vaciaste a conciencia anoche, mucho mejor para ti.
Luego me hizo incorporarme para quitarme el aparato, e inmediatamente volver a ponerme a cuatro patas para ordeñarme deprisa. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo, y aquel camisón, la humillación, el trato de perrita... me corrí en un momento, y de forma lamentablemente espectacular, pues todo debió ir al cuenco que en unos instantes tendría bajo mi boca. Entre el coro, percibí nítidas las risas de Alberto.
Efectivamente, apenas había acabado de gotear, cuando sentí la mano de mi Señora empujándome en la nuca, hasta que mi boca se encontró con aquella mezcla vomitiva en la que no quise pensar y que inmediatamente empecé a engullir.
-Muy bien, Vicky, así me gusta que coma mi perrita. Y bueno, amigos, qué os parece si esperamos a que termine y le dejamos que se vaya libre el resto del fin de semana. Seguro que tendrá muchas cosas en qué pensar. ¿Os parece que votemos si la castigamos o no?
-Bien, votemos
-De acuerdo.
tenía que ser verdad, tenían que dejarme libre, porque ya me habían hecho más esclava, más humillada, y seguía comiendo aguantando las arcadas para que no cambiaran de opinión. Aquello tenía que ser lo último.
-Si os parece, empiezo yo -dijo Carmen-. Y no me parece bien que se perdone un castigo. vicky se portó mal conmigo y, lo que es peor, dejó en mal lugar a Teresa, que me había asegurado que no abriría la boca sin mi permiso. Pero como si tú dices, el resto de la semana la lleva irreprochable... Yo votaría por castigarlo. Hasta ahora, desde luego, lo único que ha hecho ha sido correrse y comer, pero lo ha hecho como una perrita, y aunque sus ladridos quieren sonar a contenta... en fin, mira como está dejando el cuenco de limpio, con lo que había dentro... no estoy segura, pero podíamos dejarla que nos sirva un café y que se vaya.
-Yo voto lo mismo que mi madre, porque con lo que le he visto ya tengo material para reírme de ella en el instituto, y para hacerla allí mi esclava. ¿Puedo hacerla allí mi esclava?
-Por supuesto, Alberto, pero ya te habrá contado tu madre las condiciones.
-Sí, no pasarme mucho para que los vídeos sigan siendo eficaces. Bueno, pues yo quiero que me sirva el café vestidita así, con ese camisón, y que se vaya.
Quedaban tres votos, y yo comía y lamía el plato con más ganas.
-Pero mírala -dijo Carlota- va a dejar el cuenco que no hará falta ni que lo friegue después. Mira como lame, hasta dejarlo brillante. a mí me daría un poco de pena por León, pero podemos dejarlos que jueguen un poco. A lo mejor, metida en materia, es ella la que quiere que León... en fin. Pero nada más, tampoco hay que abusar, que le queda una larga vida de esclavitud por delante.
Yo había conseguido tragar todo aquello que sabía a rayos y a mierda, y lamía el plato con la lengua tan fuera como podía. Quedaban dos votos, pero ya lo había conseguido. Les serviría el café, acariciaría a León, y podría irme. Después de esa semana, de esa noche, de ese rato, eso sonaba como un sueño.
-Bueno, qué se le va a hacer. Yo había pensado -este era Carlos- que algo me tocaría, pero si todo el mundo se ha vuelto tan blando, yo también esperaré otra oportunidad.
-bueno, pues vamos a terminar... -dios, sería cierto lo que le estaba oyendo a Teresa?- con la votación. Ya hemos oído, y vicky también, vuestras opiniones. De hecho, le veo lamer el plato casi con entusiasmo, y eso debe ser porque ya se ve camino de su casa. Lo haremos a mano alzada. Y yo acataré vuestra decisión, pero antes quiero deciros que yo creo que todos los castigos deben cumplirse. Y que este no debe ser una excepción. Es verdad que los últimos días ha sido la sirvienta más sumisa, pero ese es su deber. No ha hecho nada más que lo que tenía que hacer -dios, Teresa, mi Señora, la que me había dado esperanzas, me estaba crucificando, pero ya habían dicho los otros su opinión, no iban a cambiar de opinión, ¿o sí?-. Claro, vosotros venís, y os vais. Pero la que la tengo que educar soy yo. Y es muy importante que sepa que cualquier infracción se paga. Y que portarse como estos días es lo que tiene que hacer siempre. Pero bueno, a lo mejor tenéis razón y ya ha sufrido bastante castigo. Votemos. Que levanten conmigo la mano los que crean que debemos castigar a Vicky.
Nadie dijo nada, y yo me quedé parado. ¿Qué habían decidido?
Sentí la mano de Teresa sobre mi cabeza, mientras con la otra ponía la correa en la argolla de mi collar.
-Muy bien, Vicky, lo has hecho todo muy bien. Ya hemos votado, y el resultado ha sido unánime: Todos hemos votado castigarte. Ladra contenta, Vicky. Y no necesito recordarte, porque tú lo sabes bien, que te quiero participando en el castigo con las mismas ganas con las que has comido esa porquería que había en el cuenco.
Y ladré, mientras me sentía totalmente hundido, humillado, engañado, mientras Teresa sujetaba la correa con fuerza para que no pudiera moverme, y con la otra mano me quitaba el antifaz.
Y allí estaba yo, a cuatro patas, con mi camisón y mi collar y correa al cuello, en mitad de la alfombra, mirando a aquel público, sobre todo a Alberto, alumno de mi instituto.
-Paséate un poco, vicky, y vete saludando a todos tus invitados.
Fui a gatas de uno a otro, ladrando suavemente, ante sus sonrisas, sus carcajadas o, en el caso de León, su deseo de frotarse conmigo. Alberto, dios!, me acarició la cabeza. 
-Fantástica perrita. Justo lo que siempre he deseado: tener una perrita que me lama y me consuele en el instituto cuando todo el mundo me tenga harto.
Acabé, y volví a mi sitio.
-Incorpórte, de rodillas, las manos atrás, como la sirvienta que eres. Muy bien. Te veo tensa, bonita. ¿Estás preocupada por el castigo?
¿Tenía que ladrar? Probé a hablar, puesto que me había preguntado.
-Sí, Señora.
-¿Y qué te parece tener a uno de tus alumnos mirándote ahora?
-Muy humillante, Señora.
-Ya, qué se le va a hacer. Tú eres así, y no dudes de que te irán conociendo de verdad en el instituto. Bueno, se hace tarde. Tu castigo será el siguiente: Carlota y yo nos vamos de fiesta, así que había pensado, como sabes, dejarte libre hoy y mañana -¿por qué insistía, por maltratarme más?-, pero no ha podido ser. Así que hoy te vas a ir a casa de Carlos, de criada, o de lo que él quiera, hasta mañana por la mañana. Creo que su casa necesita un buen repaso. ¿Necesita uniforme, Carlos?
-Por supuesto. Ese rosa que tenía me gusta para ella, es muy adecuado para lo que tiene que hacer.
-Perfecto. ¿Lo tienes limpio, Vicky?
-sí, Señora.
-Ve a por él, y tráete el pañuelo rosa, y ropa interior. Y los zapatitos de tacón.


No podía disimular mi alegría, porque el castigo no tendría que ver con el perro. Y por lo que tenía de excitante servir en una casa con ese uniforme. Podía ser que carlos hiciera algo más conmigo, pero nada comparable a servir de puta a León. Y además, el castigo era hasta la mañana siguiente, a lo mejor...
Volví al momento con el uniforme planchado y doblado en mis manos, más braguitas, sujetador, combinación, medias, el pañuelo y los únicos zapatos de mujer que tenía, unos negros de medio tacón.
-Carmen, a ti también te parece bien?
-Perfecto, pero que se lleve también el camisón.
-Claro. Vicky, el castigo continuará mañana: Carlos te acercará aquí, porque él vive lejos, y desde donde te deje, te irás andando, así vestida, hasta la casa de Carmen y Alberto, donde pasarás el domingo y la noche limpiando y fregando, o lo que ellos te digan.
-Eso, lo que yo te diga! -exclamó Alberto.
¡En casa de Alberto! Yo sería su criada. Ante ese castigo, ni pensé en lo que me estaba diciendo de ir andando así vestida.
-Y el lunes por la mañana, saldrás temprano de casa de Carmen para ir a la tuya a cambiarte para ir al instituto. Ya puedes ir vistiéndote. ¿Queréis que lleve el aparato de castidad?
-No hace falta -dijo Carlos. ¿Por qué no me habría mandado todo el fin de semana con Carlos?
Me fui a poner las bragas antes de quitarme el camisón, pero ni eso pudo ser.
-Ehh, quiero ver tu picha, "Vicky" -dijo Alberto.
Dejé las bragas en una silla. Me quité el camisón. Un coro burlón acompañaba cada uno de mis movimientos.
-Se dejará puesto el collar, verdad?
-Por supuesto.
Me puse las bragas, el sujetador, las medias... no lo había pasado tan mal ni con León.
La combinación.
-Qué mona está en combinación. A ver, desfila un poquito -ordenó Carmen. Se lo estaban pasando en grande.
Por fin pude ponerme la bata del uniforme, y el delantal. Increíblemente, eso me hacía estar más tranquilo. ¡Más tranquilo, vestida de criada delante de un alumno!
Faltaba el pañuelo. Hice un triángulo y me lo coloqué en la cabeza. Más risas. Lo sujeté con unas horquillas.
Ya estaba listo.
-El camisón.
Como no había bolsa ni nada, lo cogí, lo doblé y me lo coloqué contra mi pecho, lo que fue más motivo de chanza.
-colgado del brazo, Vicky, que no tienes ningún cuidado.
-Bueno, nos vamos -dijo Carlos-. Yo iré delante y tú, unos pasos más atrás.
-Sí, Señor.
-Quiero verlo en la calle. Es increíble.
Bajaron en el ascensor, Carmen, Carlos y Alberto. Yo, por las escaleras. Me esperaban en la puerta. Al verme, Carlos echó a andar. Los otros dos se quedaron mirándome.
Era sábado. Era mediodía. Había gente, demasiada gente en la calle. Y yo llamaría la atención aunque fuera una mujer, con ese uniforme, con el camisón colgando del brazo.
No podía pensarlo.
Caminé lo más deprisa posible, que no era mucho, porque no podía alcanzar a Carlos. Agaché la cabeza, me la medio tapé con mi mano libre, y no quise mirar a ninguna parte, por lo que pudiera encontrarme.
Dos calles. Y, por fin, al coche.
Un breve viaje hasta otro barrio, la cochera de Carlos, me dejó subir en el ascensor con él, y en cuanto entramos en casa, me llevó a la cocina, me enseñó donde estaban algunas cosas y me puse a hacer la comida, para dos, lo que era todo un privilegio para mí.
Le serví en el salón, y yo comí en la cocina, como una sirvienta, pero no como una perra.
Acababa de terminar cuando me llamó a su habitación.
-Me voy a echar una gran siesta, Vicky. Mientras tanto, tú a lo que has venido. Déjame la casa de punta en blanco y te echaré una mano para que Teresa sea menos dura contigo.
-Gracias, Señor.
-ahora desnúdame.
Lo desnudé como una asistenta personal, casi con cariño porque era el único que me trataba como yo esperaba: como a una chica sometida. Pero tampoco él olvidaba lo que era:
-Chúpamela despacio, mientras me duermo. No quiero correrme, eso será luego. cuando notes que me he dormido, la dejas con suavidad y te vas a lo que tienes que hacer.
-sí, Señor.
Me arrodillé al lado de la cama, y me llevé, como él quería, con delicadeza, su polla a mi boca. También era una puta, pero por ahora bien tratada. él mismo me retiró la boca y se dio la vuelta para dormir.
Y yo, en agradecimiento, quise ser la mejor de las sirvientas. Durante las dos horas largas que durmió trabajé sin parar, y sin hacer ruido. Aquella casa necesitaba una criada, y esa era yo. Recogí, fregué, barrí, ordené, me metí a fondo en el servicio, en la cocina, puse la lavadora, tendí la ropa sin pensar si me miraban o no desde otros balcones del patio.
-Vicky -me llamó al despertarse-. Termina lo que empezaste.
Me subí a gatas a la cama, entre sus piernas, y volví a chupársela, esta vez hasta que se corrió. Me bebí su leche y le limpié la polla con mi lengua con todo el cariño, porque en aquel momento aquel hombre era lo mejor de mi esclavitud.
Seguí después con mi trabajo hasta la hora de la cena, que le preparé y serví, antes de cenar yo en la cocina.
-Voy a salir. Ponte el camisón, que te vas a acostar, porque debes de estar agotada.
-Sí, Señor.
Me desnudé allí mismo, en el salón, delante de Carlos. Me puse el camisón. Me llevó a un dormitorio donde me hizo tumbar en la cama, y me esposó las manos pasando la cadena por una barra del cabecero.
-Seguramente vuelva acompañado, así que no te molestaré hasta mañana. Me ha gustado mucho todo tu trabajo, así que ahora descansa, que mañana te esperan Carmen y Alberto.
¡Carmen y Alberto! No quería pensar en ellos. Y así, sin querer pensarlos, y sin dejar de hacerlo, me dormí.
Me despertó, ya por la mañana, al quitarme las esposas.
-Vístete, que se ha hecho tarde.
Pasé como una exhalación por el servicio y corrí al salón. Un hombre, con una bata gris, leía el periódico.
-Buenos días, Señor.
-Tú eres vicky, claro.
-Sí, Señor.
-encantado. A ver si un día convenzo a tu ama para que pases por mi casa.
-Gracias.
Me quité el camisón y me fui poniendo toda mi ropa de sirvienta, hasta el pañuelo en la cabeza.
Diez minutos después, Carlos paraba el coche justo en la esquina anteriior al portal de Carmen.
-Tenía que dejarte más lejos, pero no se lo digas a nadie.
-Gracias, Señor.
Bajé y me fui deprisa hacia el portal. No hacía falta correr, porque no había nadie en esa mañana dominguera.
Llamé al timbre, y escuché la voz de Alberto:
-Espera que ahora bajo.
No iba a ser igual que con Carlos. Esperé mirando hacia el portal, disimulado como podía porque aunque no hubiera gente, eso era de momento, y yo estaba vestido de sirvienta, de rosa de arriba a abajo. Esperé mucho rato. Pasó alguna persona, que se quedó mirando no sé si solo por el uniforme, o porque veían al hombre que estaba así vestido.
Alberto bajó, por fin, con un cepillo y un cogedor en las manos.
-Toma. Barre la acera por delante de la fachada, que siempre está muy sucia.
¿Podía negarme? No, en la duda, no.
Me puse a barrer la acera todo lo deprisa que podía. Él se apoyó en un coche a fumarse un cigarrillo y mirar. Quise morirme de vergüenza cada vez que pasaba alguien, que no fueron muchos. Terminé, recogí.
-allí tienes el contenedor.
"Allí" era en la otra acera, nada cerca. Crucé la calle, sin querer mirar arriba. ¿Quién me estaría viendo desde su ventana? Volví casi corriendo, corriendo como una mujer, con las faldas levantándose, y siempre a punto de caerme con los zapatos con algo de tacón. Alberto me hizo pasar y subimos a su piso.
-Ven al servicio. Vas a empezar a limpiar por aquí, pero antes...
Se volvió hacia la taza y meó.
-¿A ti no te molestan esas últimas gotas? A lo mejor no, porque con ese pito de mierda que tendrás. Límpiame la polla.
Me puse de rodillas frente a mi alumno y con mi lengua fui limpiando las últimas gotas.
-Vale ya, mariquita, que sé cuánto te gusta. Ya lo harás, ya, hasta hartarte. Pero ahora -me quitó el pañuelo de la cabeza- lo que quiero es ver cómo te arrodillas ante la taza, como la rodeas con tus piernas, la abrazas con tus brazos y metes dentro la cabeza, para que aprendas bien como huele mi meada. ¡Vamos! Ya sabes, es una broma típica de los institutos. A los "pringaos" les metemos la cabeza en el water.
Me abracé, como decía, a la taza, y metí la cabeza. Un olor nauseabundo se apoderó de mí, mientras fuera oía las carcajadas de Alberto.
-Y así, sin moverte, hasta que yo te diga. Respira hondo, mariquita, respira.
Entonces me levantó la falda del uniforme y la combinación, y me bajó las bragas. Cogió el cepillo del water y empezó a golpearme con todas sus fuerzas.
-de verdad que no me puedo creer que pueda tenerte así, vestido de tía, con la cabeza en el water y el culo al aire, para poder pegarte a mi antojo. Toma!, y toma!!
Mi suerte entonces fue que apareciera su madre.
-Ya está bien, Alberto, que ha venido a trabajar.
-Ya has oído, mariquita. Sal de ahí, colócate la ropa y a limpiar. Y toma tu pañuelito de la cabeza -dijo, tirándomelo.
A limpiar. Las más o menos tres siguientes horas fueron agotadoras, y a la vez relajadas, porque se limitaron a irme dándome nuevas órdenes, conforme cumplía las anteriores. El peor momento fue cuando su madre le dijo a Alberto que bajara a por el pan.
-Yo creo que debía bajar la puta.
-No puede bajar así, ya sabes lo que dijo Teresa.
-Con alguna cosa tuya, algo tendrás.
-Voy a ver.
Yo asistía aterrorizado a esta conversación mientras fregaba, de rodillas, el salón. a los pocos minutos apareció Carmen.
-Vicky, cámbiate que tienes que bajar a por el pan -me tiró una blusa y un pantalón..
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Miré esa ropa con pavor. La sonrisa de los otros dos me decía que no había remedio. La blusa no podía ser más femenina y el pantalón... parecía una falda hasta las rodillas.
Me cambié. La blusa ajustadísima, y encima del sujetador, que no me dejaron quitarme.
-Te pones el pañuelo por el cuello, así se te ve menos el suje, y el collar.
Bajé las escaleras, y corrí por la calle, ¡que no haya nadie , que no haya nadie!
No había nadie. El kioskero me miró con ojos como platos.
-Estamos preparando una función... -le dije para disimular.
Y volví corriendo.
Devolví la ropa a Carmen, dándole las gracias, y de nuevo con mi uniforme seguí arreglándoles la casa.
A la hora de comer, puse tres servicios en el salón. Me extrañaba que fuera a comer yo allí, y efectivamente...
-Hemos invitado a mi hermano a comer. Es un putero, creo que le vas a encantar. Ah, y vas a servir la comida en camisón, sin nada debajo.
Cuando me presenté ante él, en el salón, estalló en carcajadas incrédulas. Luego vino el periodo en que estaba convencido de que era una broma.
-Vicky es un mariquita travesti conocido de una amiga. Puedes hacer con él lo que quieras. Seguro que no es la primera vez que estás con un travesti, hermanito, que nos conocemos...
-jajaja, ya, claro, pero eran bastante más guapas. A ver si es broma o no. Acércate, Vicky.
Me puse al lado de donde él estaba sentado, e inmediatamente tenía su mano en mi culo, por debajo del camisón. Y en mis huevos.
-¿Qué sabes hacer?
-Lo que usted desee, señor.
-Entonces tendremos una siesta muy rica.
Al terminar de comer estuve recogiendo y fregando mientras ellos tomaban café y, creo, se calentaban.
Pasó el hermano por la cocina y me llevó a un dormitorio.
-Me encanta hacerlo por el culo, tan estrechito. Pero no te preocupes, que te he traído un poco de nivea, jajajaja.
el tío me tiró contra una cómoda, me levantó el camisón, y me metió sus dedos con crema en el culo, lo que le agradecí. Al momento tenía su picha dentro, y sí, se veía que le gustaba.No tardó nada en descargarse dentro de mí.
De un empujón me tiró hacia la puerta.
-Te espero dentro de un rato, cuando despierte.
Volví a la cocina, donde me esperaba Alberto en un silla.
-De rodillas entre mis piernas, profe. Así, ábreme la bragueta, saca lo que hay ahí, y a chupar como tú sabes.
Tardó mucho más que su tío, pero se corrió también, este en mi boca.
-Ahora sigue trabajando, que luego jugaré contigo.
Seguí trabajando toda la tarde, con algún paréntesis, como cuando el hermano se despertó y me llamó para chupársela hasta que se corrió, o como cuando Carmen, tapándome los ojos con mi pañuelo para que no le viera nada, me hizo limpiarle el culo con mi lengua después de cagar.
Al final, después de servirles la cena de rodillas y desnudo, solo con el pañuelo en la cabeza, me apoyaron sobre una mesa, atándome las manos a las patas opuestas, y los pies en las patas de mi lado.
-Ahora vamos a sacar faltas en tu trabajo, a ver cuántos azotes tienes que llevarte.
Me dejaron atada y recorrieron la casa. Oía sus risas. Luego se pusieron detrás de mí, uno con un cinturón, la otra con una zapatilla. Y empezó el castigo más duro que recordaba. Intenté aguantar, pero en un momento ya no pude más, y empecé a gemir y a gritar.
Me gané las bragas de Carmen en la boca y un pañuelo por mordaza. Y siguieron, zapatillazo, correazo, zapatillazo, correazo.
Creo que al final les dio miedo de que empezara a sangrar, y pararon. Todo mi culo era dolor, solo dolor.
Me desataron y caí al suelo, rendida, casi desmayada. Me levantaron de malas maneras, y me señalaron mis ropas de criada.
-No te queremos más aquí. Vístete y lárgate.
No podían haber dicho nada que me hiciera más feliz. Me vestí corriendo y evité ponerme las bragas, porque el dolor era inaguantable. Me dieron el camisón, la blusa y los pantalones que había utilizado para ir a por el pan, y las bragas de Carmen.
-Nos debes cien euros por la ropa que te llevas. Ya pasaremos por el insti a cobrar. Largo.
Debía de ser cerca de la medianoche del sábado. Busqué las calles menos transitadas, anduve de prisa, casi corriendo, y llegué, por fin, a mi casa.
Me di crema en el culo, me puse el camisón más suave que tenía, lavé toda la ropa utilizada, la tendí, consciente de que no había acabado nada, solo era el final de una jornada, y en pocas horas empezaría otra.
Y me fui a la cama a descansar unas horas.

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