lunes, 7 de noviembre de 2016

Memorias de un sumiso criada. 7 la amiga

Relato enviado por colaboración. Mañana capítulo siguiente.
Era lunes. Al despertar, como siempre, tuve un ramalazo de querer mandar todo a... un breve ramalazo. Al final, me puse mis medias, un sujetador y un tanga, cualquier cosa que no rozara mucho mi dolorido trasero. Y me fui a trabajar. En una bolsa llevaba mi uniforme y la ropa que me había "vendido" Carmen, para que mi Señora la viera. Era fácil que me la hiciera poner en la calle, pero no podía permitirme ocultarle nada. Apenas me senté esa mañana.
A mediodía volé a casa de Teresa. Me desnudé y esperé de rodillas. Me ordeñé en un cuenco con restos de comida.
-Lo estabas deseando, eh, cariño.
-Sí, Señora.
-Fue un finde divertido. Seguro que tú también disfrutaste.
-sí, Señora.
-Pues come, anda, que seguro que te gusta, es comida de restaurante. Me acordé de ti, y le pedí las sobras para mi perrita.
Su perrita, o sea, yo. Aquello resultó un manjar, comparado con lo que solía darme. Lamí el cuenco hasta dejarlo brillante. Me puse mi uniforme rosa y empecé de nuevo con mi rutina de todos los días; en ese caso, como no había estado el finde allí, había limpieza en profundidad de cocina y servicios, más todos los cristales de la casa.
A media tarde, sorprendentemente, me hizo correrme de nuevo, esta vez como a mí más me gustaba: De rodillas con las piernas abiertas sobre unos pañuelos en mitad del salón, con el camisón corto rozándome los muslos, mirando a mi Señora. Toda la tarde trabajando de criada, vestida como tal, me excitaba y esa masturbación fue como un premio. Me chupé las manos con mi leche y, como no podía hablar, le di las gracias a mi Señora con los ojos.
-Muy bien, Vicky. Esto ha sido un regalo, para que veas que no te odio. Uno de estos días seguramente empezará un ciclo nuevo de tu esclavitud, pues Alberto utilizará contra ti lo que vio ayer. No necesito recordarte que eres mía, y que no me puedes dejar mal. ¿Me entiendes, verdad?
-sí, Señora.
-Obedecerás en todo lo que no ponga en peligro tu situación. Y cuando desobedezcas, yo juzgaré si has hecho bien o si tengo que castigarte. Bien, además, tengo un encargo para ti. ¿te acuerdas de esa compañera con la que querías ligar?
No quería ligar con ella, pero no se me permitía discutir. Además, en ese momento, allí de rodillas, humillada ante mi señora, era extrañamente feliz. ¡Qué iluso!
-Sí, Señora.
-Pues te inventarás lo que quieras para invitarla mañana mismo, porque un día de esta semana tiene que venir a tomar café aquí.
Me quedé de piedra, y aterrorizada. Y ahora entendía también lo de esa masturbación: la noticia era así más terrible.
-No te preocupes, mujercita, no vamos a sacar a la perrita que hay en ti delante de ella.
No sé si era un consuelo.
-Sólo quiero que vea lo encoñada que estás conmigo, para evitarle tentaciones a ella o a otras compañeras.
¿Sólo...?
-Cuando vea que estás conmigo, y lo feliz que eres aquí, te dejará en paz.
Ya me había dejado en paz, porque de hecho nunca había pasado nada, pero tampoco podía decírselo.
-A lo mejor tú piensas que sería suficiente con decirle, tú misma, que tienes pareja, pero eso no sería muy exacto, y además, más vale una imagen que mil palabras. Y quiero que te vea aquí, en mi casa, mientras nos sirves el café, para que se convenza. ¿Te gusta mi idea, verdad?
-sí... Señora
-Muy bien, pues ya puedes vestirte, y no hace falta que hoy salgas vestida de chica, aunque algún detalle seguro que quieres llevar. Ah, por cierto, casi se me olvida. Alberto me dijo que si podías llevar sujetador toda la semana al instituto. Por supuesto, le dije que sí. Ya he visto que te has adelantado, así me gusta. Y ahora, anda, levántate y dame un beso de despedida.
¡Un beso! Sería el primer beso de mi Señora. Se me olvidó todo lo demás y me levanté y adelanté la cara hacia ella. ¡PLAS! ¡PLAS! Y lo que recibí fueron dos bofetones impresionantes.
-Pero qué tonta e inocente eres. Anda, trae el aparato que te lo coloco, que no quiero que te pajees en tu casa.
Me volví para mi casa con las mejillas enrojecidas del bofetón y de la vergüenza que me dio recibir esas bofetadas como una niña. empezaba una semana que yo creía que iba a ser tranquila, después del castigo, pero se ve que siempre tenía que haber alguna novedad que empeorara las cosas.
El martes, no llevaba ni dos horas en el instituto cuando Alberto entró sin llamar ni nada en mi despacho.
-Cierra la puerta y ponte de rodillas, estúpida perra.
Me levanté corriendo a cerrar la puerta, y luego me coloqué de rodillas.
-A ver qué bonito conjunto traes hoy.
Me abrí la camisa para que el chaval viera mi sujetador.
-Las bragas.
Me desabroché el pantalón y lo abrí.
-Jajajajaja. ¿Y ese bulto?
-Es el aparato de castidad, Señor.
-Jajajaja. Por cierto, nos debes doscientos euros. ¿Los tienes aquí?
-Sí, Señor.
Se los di. No quería nada más, a lo mejor era que todavía no se le había ocurrido. Se fue muerto de risa.
Pero lo peor venía después. En el recreo busqué a Alicia, la profesora a la que tenía que invitar.
-¿Te acuerdas de la mujer con la que me fui aquel día que salimos juntos?
-Sí, claro. Se la veía un poco seca, o enfadada.
-Bueno, no tenía un buen día, y por eso nos gustaría que vinieras por casa a tomar un café. Para deshacer aquella imagen. Cualquier día de esta semana, cuando puedas.
No sabía si desear que no pudiera, por temor al castigo, o que pudiera, por temor a la imagen que se llevaría de mí, aunque lo que yo esperaba es que mi Señora me hiciera servir el café sin más, sin ponerme ropa de mujer, porque estaba bastante seguro de que eso no quería que se supiera para poder seguir utilizándolo contra mi.
-Esta tarde me viene bien. ¿A las seis?
Le di la dirección y bueno, lo que tuviera que pasar, que pasara cuanto antes.
A las tres llegué, como siempre, a casa de mi Señora. Cuando estaba desnuda, de rodillas, delante de mi Señora, me preguntó:
-¿Qué te ha dicho tu amiguita?
-Que vendrá hoy a las seis, Señora.
Me quitó el aparato.
-Ordéñate en esta taza.
esas pajas hacía ya tiempo que habían dejado de ser placenteras. Eran una actividad mecánica sin más.
No me ordenó levantarme, así que seguí de rodillas, esperando. Al cabo de un rato, me puso un pañuelo entre las piernas.
-Ordéñate de nuevo.
Me costó, pero volví a hacerlo ayudado por el tacto del pañuelo en mi ingle.
Añadió un poco de agua en la taza y la cogió.
-Vamos a guardarla en el frigorífico, por si luego te apetece una infusión. ve a vestirte y haz los baños y la cocina.
Me puse mi uniforme rosa, sin olvidar el pañuelo, y corrí a trabajar más y mejor que nunca, porque si había alguna posibilidad de que la tarde no fuera la más humillante desde luego mi Señora tenía que estar contenta.
A las cinco me ordenó colocarme ante ella, de rodillas.
-A ver, Vicky, hablemos un momento. No quiero que me digas lo que crees que yo quiero oír, sino que contestes sinceramente, pensándolo un momento si te hace falta. Para empezar, ¿te gustaría dejar ahora mismo de ser mi criada?
Eso no tenía que pensarlo mucho.
-Sí, Señora.
-Pero tú me dijiste que querías serlo.
-Sí, Señora, pero solo criada, y algunos días, no siempre, y no todo lo demás.
-Ya. Y entonces, ¿por qué sigues aquí?
-Porque usted me tiene en sus manos, Señora, con todas esas grabaciones. Yo quería ser su sumiso...
-Sumisa, Vicky, sumisa.
-Sí, Señora, su sumisa, voluntariamente.
-Pero una esclava no es voluntaria, vicky. Nunca. ¿Te sientes mi esclava obligada, forzada?
-Sí, Señora.
-Pues muy bien, porque eso es lo que yo quería. Es normal que si yo soy el Ama, yo gane, ¿no?
-Sí, Señora.
-Yo gano y tú eres mi esclava para siempre, aunque no quieras. ¿estamos de acuerdo?
-Sí, Señora.
-Pero me das mucho trabajo, ¿sabes? que si el aparato, que si castigarte, que si irte diciendo lo que tienes que hacer... yo creo que ya hay que ir acabando con eso. Quiero una criada que venga aquí a trabajar como si te pagara por ello, vale?
-Sí, Señora.
- Lógicamente, tus condiciones no son las de una criada normal, sino las de una esclava. Por eso, a veces te puedo utilizar como yo quiera para divertirme o divertir a mis amigos. Pero esto no tiene por qué ser frecuente, ni mucho menos. Lo importante es que cumplas tus deberes escrupulosamente.
No sabía a qué venía todo aquello, aparte de mortificarme recordándome mi situación, ni qué tenía que ver con la visita de Alicia.
-Dentro de un rato vendrá tu amiguita. ¿Cómo te gustaría recibirla?
-Vestida de hombre, Señora.
-Ya. Y qué más?
-Yo obedecería todas sus indicaciones, Señora.
-¿Indicaciones?
-Me gustaría que parecieran indicaciones, aunque yo las cumpliría como las órdenes que en realidad serán.
-O sea, que ella se llevaría la impresión de que somos, digamos, una pareja en la que tú eres un calzonazos sometido a la mujer. Pero resulta que yo quiero que vea que eres mi criada, para nada mi pareja, aunque la verdad es que no me apetece andar con explicaciones a una extraña. Pero fíjate que creo que podremos arreglarlo. Dependerá de ti. Tú la recibirás con pantalones, como has pedido, y te portarás en todo momento como una esclava en esta casa. Recuerda lo que acabamos de hablar: eres mía y puedo hacer lo que quiera contigo. Esta es como una última prueba: aprenderás a portarte, a obedecer y a hablar como mi esclava delante de cualquiera, aunque lleves pantalones. Si tu amiga queda convencida no tendré que enseñarle ciertos vídeos que la iban a sorprender mucho. ¿Está claro?
-sí, Señora.
-Bien. Pues te pondrás los pantalones... que te dio el domingo Carmen, y la blusa, claro, además de la ropa interior.
¡Eso era lo que ella entendía por vestida de hombre!!
A las seis yo, vestida con mi blusa fucsia y los pantalones rosas hasta las rodillas, sobre la ropa interior femenina y unas medias finas transparentes, y con el aparato de castidad puesto, terminaba de preparar el café cuando sonó el telefonillo.
-¿Quién es?
-Hola, soy Alicia.
Le abrí la puerta y esperé, sin saber qué podría pasar.
Unos minutos después, sonó el timbre de arriba. Abrí.
Los ojos de Alicia se abrieron desmesuradamente al verme.
-Hola??
-Hola. ¿Ha sido fácil encontrar la dirección?
-Sí, claro. Conocía la calle. ¿Pero qué llevas puesto?
-¿Quién es, Vicky? -preguntó mi Señora desde dentro.
-Es Alicia, Señora.
-Hazla pasar, mujer, no la tengas en la puerta.
La mirada de Alicia en aquel momento era un poema. Me miraba de arriba a abajo...
-Pasa -dije en voz baja, pues no sabía como debía tratarla.
-¿Vicky? -dijo ella.
En aquel momento apareció Teresa.
-¿Alicia? Soy Teresa.
Se dieron un par de besos.
-Pasa al salón. ¿Está preparado el café, Vicky?
-Sí, Señora.
-Nos lo sirves en el salón. Y ponte el delantal, mujer, no vayas a mancharte. Y el pañuelo.
-Sí, Señora.
Ellas se fueron al salón, y yo a la cocina, a por la bandeja con el servicio para dos, por supuesto. Y con el delantal blanco, corto, y con puntillas. Y con el pañuelo rosa en la cabeza.
Se habían sentado en el sofá y charlaban sobre alguna banalidad. Yo dejé la bandeja y me puse de rodillas delante, como si así me fuera más fácil servir, y para tener contenta a mi Señora. Cogí una taza.
-¿Como lo quiere usted, Señora?
-Primero a la invitada, Vicky, no seas maleducada.
-sí, Señora.
Miré a alicia, que creo que no había podido cerrar la boca desde el primer "vicky". Más bien la iba abriendo más y más.
-¿Cómo lo desea?
-Pero... ¿qué es esto? ¿Un juego?
Teresa se me quedó mirando sin decir nada.
-No, Señora. Soy la criada de mi Señora Teresa.
-Jajajaja. Muy buena broma. Y muy bonito ese conjunto. Y las medias!! Yo lo quiero solo, "Vicky".
Me alegré de que se lo tomara así y quisiera seguir lo que ella pensaba que era una broma.
-¿Azúcar?
-Dos cucharaditas.
-¿Señora?
-Como siempre, Vicky.
-¿Tú no tomas? -me preguntó Alicia.
-Claro, Vicky, ¿quieres tomar algo? ¿una infusión? -remarcó Teresa, y de sobra sabía yo a qué se refería.
-No, Señora. Muchas gracias.
-¿Terminaste con los baños y la cocina?
-sí, Señora. Pensaba recoger la ropa y planchar.
-Eso puede esperar. Ahora te quedas un rato con nosotras, que Alicia seguro que quiere preguntar algo.
-¿Jugáis a esto a menudo?
-No es un juego, Señora. Es siempre así.
-Bueno, así así, no, Vicky, no vaya a llevarse Alicia una impresión equivocada -y dirigiéndose a Alicia-: Hoy es un día especial, porque como venías tú, me rogó que le permitiera no ponerse el uniforme y llevar ropas de calle.
-¿De calle?, ¿tienes un uniforme?
Estoy seguro de que seguía pensando que todo era coña, pero yo tenía que seguir con toda seriedad, y ella, en algún momento, iba a darse cuenta de que era realidad. Mi Señora, por lo visto, se encargaría de que así fuera.
-sí, Señora. Tengo varios uniformes.
-¿Con chaleco, para ir vestido como un mayordomo inglés?
-No, Señora, de criada. Para ir vestida de criada
-¿De criada? Claro, más ropa de mujer.
-Sí, Señora.
-Jajajaja. Perdona, pero eso ya no me lo puedo creer ni en broma.
En eso tenía razón. Si empezaba a ver uniformes por allí, ya no parecería un juego.
-Pero eso no es culpa mía. Dile, dile a Alicia como ibas vestida el día que te conocí.
-Llevaba un vestido, Señora.
-Pero mujer, sé un poco más comunicativa. Dile dónde estabas y todo lo que llevabas puesto.
-Estaba en mi casa, y llevaba ropa interior femenina...
-Con sujetador, como ahora.
-Sí, Señora, con sujetador. Y una combinación y un vestido azul muy fino con la falda con vuelo, por debajo de las rodillas.
-Y los labios pintados con un rojo tenue que te sentaba muy bien. ¿te acuerdas, Vicky?
-Sí, Señora.
-Pero no te creas que fue una sorpresa, Alicia, porque ya había recibido a una amiga en bata y camisón.
-Espera, espera... ¿camisón? ¿sujetador? ¿De verdad, Andrés?
-Sí, Señora. Utilizo camisón para dormir desde hace mucho tiempo.
-¿Como los que salían en las pelis del oeste?
-No, Señora. Camisones de mujer, de raso, de seda, de tirantes...
-Jajajaja no puedo imaginarte, lo siento.
Para mi desgracia, este paso ya estaba dado, y lo que quería impedir era que llegara a contarle las humillaciones de que había sido objeto. Prefería que Alicia pensara que este era mi juego, y que era voluntario.
-¿Puedo ponerme de uniforme, Señora?
-¿No decías que querías recibir a tu compañera con pantalones?
No, no era eso lo que yo había dicho, pero daba igual.
-sí, Señora. Pero como ya sabe que soy su criada...
-Por supuesto, ya sé que lo estás deseando. Pero no te pongas todavía el uniforme. Únicamente la combinación sobre tu ropa interior, y vienes para que veamos lo guapa que estás. Y te traes tu infusión.
Cinco minutos más tarde, me presenté en la puerta del salón en combinación sobre las braguitas, las medias  y el sujetador, con la cabeza baja, con el pañuelo, sin atreverme a mirar a Alicia, y con la tacita con mi "infusión" en las manos.
-Pero pasa, Vicky, mujer. Ponte de rodillas como estabas. Sentada sobre tus talones. Y ve tomándote tu infusión poco a poco
Hice lo que me ordenó, siempre con la cabeza hacia abajo.
-Le estaba contando a Alicia que no sólo eres mi criada, sino una auténtica esclava, y que te encanta serlo.
-Sí, Señora.
-Pero... ¿nunca sales con amigos? ¿o que pasa si te echas una novia?
-No, Señora. Mi vida pertenece a mi Ama. Cuando no estoy trabajando, estoy aquí sirviendo, o en mi casa.
-Y novia no puede tener, Alicia, porque su sexo es el femenino, y no es lesbiana, como yo. Imagínate que se llevara una chica a su casa y la encontrara llena de ropa interior femenina. ¡Sería chocante! Aparte de que, al ser mujer, ella no puede utilizar su miembro. Enséñale tu aparato, vicky.
Estábamos llegando a donde yo no quería llegar, pero una vez más, mi Ama estaba demostrando su dominio sobre mí. Con mucha vergüenza, levanté mi combinación y me bajé las braguitas, dejando a la vista mi pobre pene aprisionado en su aparato de castidad.
-¿Has visto? Inutilizable del todo. Y la llave, claro, la tengo yo.
-Dios, nunca había visto algo así. ¿No duele?
-Si la cosita está tranquila, no. Y como sus necesidades las hace sentadita, no hay problema.
-Bájate la combinación, Vicky, que hay que ver lo que te gusta exhibirte. Pero liga con algún amigo mío, no te creas.
-¿Con un amigo? Pero no es gay, ¿no?
-¿Gay? No. Es como una mujer hetero. Sólo liga con machos, pero siempre adoptando el papel de hembra, por supuesto. Tenías que ver que ardor ponía nuestra Vicky para hacer felices a dos machos distintos.
Hablaban de mí como si yo no estuviera allí, y se acercaba peligrosamente a la última frontera.
-No le has dicho a Alicia lo que estás tomando.
-Es mi leche, Señora.
-¿Tu leche?
-Sí. Me he masturbado...
-Ordeñado, Vicky, no seas vulgar.
-Me he ordeñado dos veces, y me estoy tomando mi leche.
-¡Qué asco?
-Quizá para ti o para mí sí, pero a ella le encanta. ¿has terminado?
-Sí, Señora.
 Y creo que hasta Alicia se había quedado sin preguntas.
-bueno, bueno, ya puedes ponerte el uniforme.
​​
Un momento más tarde, estaba yo de nuevo en la puerta, con el uniforme rosa, las manos atrás y la cabeza agachada. No miré ni por un instante a Alicia.
-Hala, vete a planchar toda esa ropa que tienes pendiente.
Me fui a la cocina y estuve una hora planchando, sin saber qué le estaría diciendo mi Ama a Alicia sobre mí. 
-Alicia se va. Sal a despedir a tu amiga al ascensor.
-sí, Señora.
Abrí la puerta y salí con ella al descansillo.
-vaya sorpresa, Andrés.
el ascensor, por supuesto, tardaba un mundo en subir.
-Sí, Señora. Ya ve.
-No hace falta que me llames así, hombre.
-si usted lo desea... pero prefiero llamarla así.
-¿También voy a ser "Señora" en el insti?
-cuando pueda, sí. a mi Ama le gusta, y a mí también.
-Como quieras, pero ya sabes que conmigo no hace falta... que seas mujer o criada...
-Soy sumisa y esclava, y como usted lo sabe...
El ascensor por fin llegó, y yo volví a mis quehaceres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario