martes, 8 de noviembre de 2016

Memorias de un sumiso criada. 8. Vacaciones

Relato enviado por colaboración.
Desde el susto de la visita de mi compañera a casa de mi Señora, donde tuve que descubrirlo todo ante ella, los días y las semanas fueron pasando con relativa normalidad, en los que mi vida transcurría con la rutina habitual de un sumiso sometido como esclava y sirvienta las 24 horas de todos los días.
Salía cada día a trabajar con braguitas, sujetador y medias bajo mi ropa de profesor del instituto, y un pañuelo colgando del cuello, lo que no era fácil conforme llegaba el calor. Cada vez que me cruzaba con Alicia me moría de vergüenza, pero ella me evitaba, sobre todo a solas.
No así Alberto, y sus caprichos. Estos, que al principio se reducían a que le enseñara mis bragas o el sujetador y que me pusiera de rodillas delante de él para darme unas bofetadas, pasaron a otro nivel el día que abrió la puerta de mi despacho y me ordenó:
-Ven conmigo, putita.
Fui detrás de él hasta el servicio de alumnos. Por fortuna era en horas de clase, así que no nos vio nadie. Entramos en una de las cabinas. él se puso frente al servicio.
-De rodillas. Tengo ganas de mear. Sácame la picha y apunta bien.
Le abrí la bragueta y saqué, como quería, su picha. Se la sujeté mientras él meaba.
-Límpiamela bien.
Fui a coger un trozo de papel.
-Con la lengua, estúpida.
Acerqué mi boca y se la limpié, saboreando las últimas gotas.
-No me la guardes. Baja la tapa y límpiala con la lengua, que me tengo que sentar.
Bajé la tapa y con mucho asco la limpié como pude con la lengua.
-No te preocupes de tu saliva, que luego me limpiarás el culo.
Me apartó un poco y se sentó.
-Aquí, de rodillas entre mis piernas, bonita. Las manos atrás.
Me puse como él decía.
-Así, sin manos. Cométela hasta que me corra. Vamos.
¿Podía negarme? Las instrucciones de mi señora eran muy claras: solo podía negarme a lo que pusiera en peligro su dominio, es decir, el secreto con que me chantajeaba para que siguiera siendo suyo. Así que no podía negarme si no quería sufrir un castigo que seguro que sería mucho peor. Me metí su polla en mi boca y se la chupé hasta que sentí su semen. Debía llevar muchos días sin correrse, porque mi boca se llenó por completo.
-Trágatelo, putita. Que no sobre ni una gota.
Me lo tragué todo, y más que seguía saliendo.
-Lo haces muy bien. Estoy viendo un negocio contigo. Límpiamela otra vez, que tengo que ir a clase.
Le limpié la polla con mi lengua y volví a colocársela en su sitio.
-El culo.
Se dio la vuelta y le chupé el culo hasta que se cansó.
A partir de aquel día, dos o tres veces por semana tenía que chupársela, hasta que se le ocurría alguna putada mayor.
Un día entró en mi despacho y se quedó contra la puerta:
-Quédate en ropa interior.
-Podría entrar alguien.
-No, porque estoy yo en la puerta. Obedece.
Me quité la ropa, quedándome en bragas, sujetador y medias.
-Métete debajo de la mesa, con toda la ropa que te has quitado, menos el pañuelo. Dámelo.
Mi mesa tenía dos cajoneras a los lados y en medio el hueco para las piernas. El tablero de delante llegaba hasta el suelo, por lo que desde el frente no se veía nada.
Él se sentó en mi sillón, abrió las piernas y se pegó a la mesa.
-Ya sabes lo que tienes que hacer.
Le saqué la picha y me la metí en la boca. Empecé a chupársela con prisas, cuando le oí decir:
-Vaya, creo que le he dado al botón que pone "llamada" sin querer. ¿Tú crees que vendrá alguien? No quiero que pares, en ningún caso.
Se me paró el corazón. Claro que vendría alguien.
Un momento después llamaron a la puerta y entró la administrativa.
-oh, perdona, creí que había llamado Andrés.
-Lo siento, debo haber presionado el botón sin querer.
-¿Y Andrés?
Andrés estaba allí debajo, en ropa interior de mujer, chupándole la polla a aquel alumno, ahora muy muy despacio, porque no quería hacer ruido ni que se corriera con la otra delante. Y lo peor, viendo cómo él jugaba con el pañuelo sobre la mesa, pero dejando colgar una parte, para que yo la viera.
-Ha tenido que salir y me ha dejado aquí para hacer unos deberes. Y fíjate, se ha dejado aquí su pañuelo.
-Bueno, pues procura no tocar nada otra vez.
-Tranquila. Toma, toma su pañuelo y así se lo das cuando vuelva. No sé cómo puede usar estas cosas tan... de mujer.
¡Mi pañuelo! Y yo debajo de la mesa, chupándole la polla. La oí acercarse, y el pañuelo desapareció.
Un rato después, cuando pasé por secretaría, vi que la administrativa lo llevaba al cuello. En cuanto me vio, se lo quitó y me lo tendió.
-Toma, Andrés, que te lo vas dejando por ahí.
-Gracias.
Lo había doblado a lo largo, como yo solía llevarlo. Un pañuelo de seda, estampado en fucsia y blanco, que me puse al cuello sin más. Ya por entonces debía parecer el más mariquita del instituto.
Cuando se lo conté a mi Ama, estalló en carcajadas.
-No dejes de llevar nunca pañuelos, Andrea.
A mediodía salía volando del insti para ir a casa de mi señora. Allí, de rodillas, y ya en combinación, me quitaba el aparato de castidad y me ordeñaba, mientras le contaba si había habido alguna novedad por la mañana con respecto a mi esclavitud. Luego comía los restos de la comida de ella mezclada con comida de perros y mi semen, siempre en el cuenco de la perrita (yo), siempre en el suelo.
Luego, con mi uniforme de sirvienta, me dedicaba a dejar su casa como los chorros de oro, a hacer la colada, a tender la ropa a la vista de cualquier vecino que se asomara al patio, a planchar. También me ocupaba de la compra, a donde tenía que ir con pantalones vaqueros de chica, ligeramente maquillado y con alguna blusa y el pañuelo al cuello. De momento, al menos, no me había hecho llevar por la calle la blusa y la falda-pantalón que me había dado Carmen.
Y cuando le parecía bien, me ponía el aparato de castidad y me mandaba a mi casa, hasta el día siguiente.
Tal como ella quería, este plan diario se fue haciendo rutina, y ya no tenía que ir diciéndome qué tenía que hacer.
Incluso a mí empezaba a gustarme. Al fin y al cabo, la cosa había empezado porque yo quise ser la sumisa sirvienta de mi Señora. Nunca imaginé hasta qué punto podía llegar a estar dominado por ella, el verdadero significado de la palabra esclava, y cuando pensaba que eso iba a ser así para siempre me daba casi un mareo. Pero cuando no pensaba en eso, o cuando no se la estaba chupando a un alumno en el instituto, sino simplemente haciendo las tareas de la casa con un uniforme de criada, o haciendo la compra medio vestido de chica, mi situación se parecía bastante a mis fantasías.
Y así fueron pasando las semanas, y se acercaron las vacaciones de verano, como mi señora me recordó a mediados de junio.
-Hay que planificar las vacaciones, vicky. Perdona, mis vacaciones, porque tú, obviamente, no tienes. Una esclava lo es todos los días, y para siempre. Te parece bien, verdad?
-Sí, Señora.
-en julio yo seguiré por aquí, así que seguiremos igual. Además, me gusta la autonomía que vas cogiendo. Esto ya se parece bastante a lo que yo quería: tener una criada en casa que se ocupe de todo sin darme a mí trabajo. Como te portas muy bien, no necesito ni castigarte. Así que en julio, seguiremos igual, pero por las mañanas, desde que cojas las vacaciones en el instituto, te he apuntado en una academia, para que aprendas alguna cosa útil. ¿No quieres saber de qué?
-Sí, Señora.
-Pues vas a hacer dos cursos: de ocho (entrarás algo antes que al instituto, pero eso no importa) a diez, clases de cocina. Tienes que aprender a hacer más cosas, para prepararme comidas y cenas interesantes. Te gusta, ¿verdad?
-Sí, Señora.
-Y de diez a doce, clases de costura. Nada especial, al menos de momento, pero sí aprender a arreglar descosidos, subir bajos, en fin, cosas básicas. Lo importante es que vayas aprendiendo todo lo que una sirvienta tiene que conocer. Genial, ¿verdad?
-Sí, Señora.
-He tenido que buscar un sitio especial, porque no es fácil encontrar academias con ese plan, y lo encontré. En el colegio Escribá. Como puedes suponer, es un colegio del opus, y aprovechan el verano para enseñar a chicas. Les he contado tu caso, un hombre que desea ser mujer y tratado como tal, y aunque te va a costar un poco más cara, bueno, en realidad, un ojo de la cara, te han admitido. Eso sí, tendrás que ir vestido de mujer.
¡Vestido de mujer por la calle!
-Hay pantalones de chica, igual que blusas que no son llamativas, como sabes. Y al llegar al colegio, a las ocho menos cuarto todos los días, te pondrás el uniforme que allí te van a dar, mejor dicho, a vender. Todas tus compañeras son criadas, creo que todas sudamericanas, que tienen que aprender para servir a sus señoras. Criadas de verdad, no esclavas sumisas, ni hombres feminizados, pero creo que las tratan como si fueran esclavas. A las doce, al terminar, te cambias de nuevo y te vienes para acá a preparar la comida, a ver si aprovechas el curso.
-Sí, Señora.
-Y para agosto, si apruebas el cursillo de julio, te admitirán interna en una residencia del opus, para perfeccionarte. ¿Te imaginas? Todo el día, todos los días, vestidita como a ti te gusta, sirviendo a mujeres y a monjas. Estoy segura de que en cuanto lo pienses, te va a encantar. Claro que si no te admiten en agosto, tengo una oferta de alberto, que se queda solo en casa ese mes y le gustaría tenerte a su servicio. Todavía no le he contestado. ¿Tú que prefieres?
No tenía que pensarlo en absoluto:
-La residencia del opus, Señora.
-Claro, ya lo sabía. Pero tendrás que esforzarte. en fin. Por cierto, Alberto, que está resultando muy emprendedor, me ha preguntado que si puede obligarte a chupar pollas de otros amigos, cobrándoles dinero. No me ha parecido mal, así ganaremos algo, Alberto y yo.
Me quedé helado. Me iban a conocer todos, y la señora vio mi miedo en la cara.
-No te preocupes, que ahora que empiezas a funcionar bien, no voy a perder a mi esclava. Pero que además seas una puta que puede ganar un dinerito está bien. Mañana te enseñará Alberto cómo tienes que hacer las cosas. Llévate el pañuelo rosa en el bolsillo. También podrás imaginarte para lo que te quiere en agosto, además de para atenderlo y tener su casa en orden. Y ahora a trabajar, que con tanta charla perdemos tiempo.
Al día siguiente supe lo que querían de mí. Al entrar a clase, Alberto pasó por mi despacho.
-A las diez y media te quiero en el servicio, en la última cabina, como siempre, de rodillas, en ropa interior y con el pañuelo puesto como una capucha y bien ajustado al cuello. Como no lo tengas bien puesto, alguien más podrá reconocerte, pero no será culpa mía. Te enseñaré cómo se pone, por si eres una putita tonta. Dame el pañuelo.
Se puso detrás de mi, y me ató el pañuelo al cuello como si fuera un babero. Después cogió los dos extremos que quedaban sueltos por delante y me envolvió la cabeza con el pañuelo, atándome esos dos extremos al cuello por delante. Cogió unas tijeras e hizo un agujero a la altura de la boca.
-Perfecto. Ya sabes donde tiene que quedar el agujero, y no lo hagas más grande, que podrían reconocerte, jejeje.
Al llegar la hora me fui al servicio, me quedé en bragas y sujetador y me puse el pañuelo como me había ordenado. Procuré que los nudos estuvieran bien hechos, por nada del mundo se podía caer el pañuelo.
Unos minutos después oí hablar fuera. Llamaron a la puerta al tiempo que alberto decía: soy yo.
Descorrí el pestillo a tientas y sentí como empujaban la puerta. Alguien entró y cerró tras de sí. Cogió mis manos y las llevó a la bragueta. Se la abrí, saqué su picha y me la llevé a la boca a través del agujero. No sabía a quién se la estaba mamando, podía ser incluso un chaval de trece o catorce años y me dije que debía comentárselo a mi señora, pues podía acabar en la cárcel por corrupción de menores, pero de momento todo lo que podía hacer era chuparla, lo que hice hasta que se corrió, me bebí el semen y le dejé la polla bien limpia antes de devolvérsela a su sitio.
Cuando pensé que iba a entrar Alberto, fue otro alumno, que no necesitó ni mis manos, sino que directamente metió su polla por el agujero y se repitió lo de antes.
Salió y entró Alberto.
-Quítate el pañuelo, que me gusta verte la cara mientras me la chupas. Y guárdalo, que lo necesitarás.
Cuando terminó, me vestí deprisa y salí con cuidado de que nadie me viera.
Al día siguiente se repitió la historia: tres alumnos más, o los mismos del día antes, y Alberto para terminar. Siempre en ropa interior femenina, con mi pañuelo rosa, de rodillas ante la taza, esperando al que quisiera pagarle a Alberto por meter su picha en mi boca.
Y otra vez el día siguiente, pero esta vez me hizo ir antes, porque tenía más clientes, y ya era mucho tiempo el que desaparecía de mi despacho, y demasiados alumnos los que pasaban por aquel servicio. Seguro que ellos pensaban que era otro alumno, o algún puto de fuera, pero en cualquier caso...
En casa, le dije a mi señora mi miedo de que podía estar haciéndoselo a alguien demasiado joven, y de que me podían ver al salir.
-Muy bien, Vicky, me alegra ver que lo has hecho porque yo te lo ordené, a pesar del peligro. Hablaré con alberto para que no te visite más en lo que queda de curso.
La cosa quedó así, pero por la noche, cuando me estaba despidiendo, me dijo:
-Pobre alberto, yo creo que está un poco enamorado de ti. Como lo vi tan triste al no poder disfrutar de tus servicios, le he dicho que este sábado te irás por la tarde a su casa, para acompañarlo el fin de semana, que va a estar solo. Seguro que lo pasáis muy bien.
Fui a abrir la boca, pero su mirada me dijo que no debía. Agaché la cabeza: yo era su esclava, no sólo su sirvienta, y debía saber que me lo haría recordar siempre que quisiera. Mis fantasías habían hecho que estuviera allí, y hacían que mi situación fuera más llevadera, pero era una esclava y mi Señora se ocupaba de recordármelo de vez en cuando.
-No es un castigo, Vicky. Es solo lo que a mí me apetece. Y a veces me parece que te trato demasiado bien. Los sumisos tenéis demasiada tendencia a mandar: Áteme, pégueme, vístame de mujer, hágame su criada... Decís que queréis servir a vuestra Ama, y lo que estáis diciendo en realidad es que necesitáis un Ama que cumpla vuestros deseos. Y no es así, no debe ser así. Deben ser los deseos del Ama los que se cumplan. Por eso me encanta tenerte esclavizada. Puedo hacer contigo lo que quiera y los límites no los fijas tú, sino yo. A ti te gustaría venir aquí a vestirte de chacha y servirme dos o tres días por semana, y luego, bien pajeado, seguir con tu vida. Y como eso no es lo que yo quiero, me he adueñado de ti. Y si tengo un amigo que quiere hacer algo contigo, no eres tú el que decide, sino yo. Esto es dominación, y no esas chorraditas a tiempo parcial que nos dan más guerra que satisfacciones. Si te hubieras encontrado con un Ama que te quisiera como hombre y como sumisa, y estuviera enamorada de ti, habrías tenido más suerte. Pero te has encontrado conmigo y recuerda que empezaste voluntariamente. Así que disfruta de la vida que tienes, porque no vas a tener otra.
El sábado por la tarde me presenté en casa de Alberto, con mi corto baby doll rosa y el pañuelo en el bolso. Me abrió Alberto.
-Hola, estúpida. De rodillas desde este momento y hasta que te vayas.
Me arrodillé.
-Desnúdate por completo.
Me quedé completamente desnudo. No llevaba aparato de castidad, porque acababa de ordeñarme delante de mi señora.
-Ponte lo que traes en el bolso.
Me puse el babydoll, que dejaba al aire mi picha y mi culo, y el pañuelo, con lo que dejé de ver por completo. Alberto me puso un collar de perra y tiró de mi.
-A gatas y de rodillas.
Me llevó a otra habitación, donde oí un coro de sonoras carcajadas.
-Muy bien, Vicky. Aquí tenemos una fiesta un grupito de amigos. No lo puedes ver, pero estamos bebiendo unas copas mientras charlamos y jugamos con la ps. tú solo tienes que ir a donde tiren de tu correa y chupar lo que te encuentres. Hoy no tendrás que abrir braguetas, porque una perra no puede hacer eso.
Inmediatamente sentí un tirón, fui hacia allá y me encontré con una picha que entraba por el agujero de la capucha hacia mi boca. Abrí la boca y empecé. Una, dos, tres, cuatro, habría chupado ya cuando un nuevo tirón me llevó a lo que parecía el centro de la habitación. A mi alrededor se hizo el silencio y yo caminaba con miedo, hasta que tropecé con un cuerpo peludo, a cuatro patas, como yo.
-boy, échate.
Unas manos me agarraron la cabeza y empujaron hacia abajo, hasta que otra mano me metió en la boca la picha del perro. Carcajadas y aplausos. Empecé a chuparla y el perro se asustó y quiso levantarse, pero alguien se lo impidió y yo recibí un correazo en el culo.
-tienes que ser más suave, Vicky, no vayas a asustarlo. Chúpala suave, que tenemos toda la tarde.
Chupé más despacio, para que el perro se relajara, que fue lo que pasó. Su picha fue creciendo y de vez en cuando se estremecía, y al cabo de un larguísimo rato, se corrió en mi boca.
Al servicio a lavarme la boca y a seguir "trabajando" con los amigos de alberto.
Por la noche, cuando todos se habían ido, Alberto me llevó a un cuarto donde me hizo subir a una cama en la que me ató boca abajo, brazos y piernas, a las cuatro patas, sin quitarme la capucha ni el camisón, con unas almohadas o cojines bajo la tripa, con lo que mi culo quedaba en situación de ser penetrado.
-Es sorprendente lo bien que funciona internet. Hace dos días puse un anuncio de sumiso puta en prácticas, barata, para darle por el culo, y no veas cuantas llamadas. Al final tuve que retirarlo, porque ya no quedaba más tiempo. ¿Sabes lo que es una esclava sexual, Vicky?
-Sí, Señor.
-Tú. Te he puesto sólo un cliente cada media hora, porque tu Ama me dijo que no te rompieran mucho. Así que ya sabes lo que dicen: Relájate y disfruta. Sobre todo relájate, que no queremos disgustos. Te voy a poner mucha crema para que todo sea más fácil.
Por suerte, había exagerado, y al final yo sólo conté cinco o seis. Hubo uno más que ni siquiera me penetró. Se recostó a mi lado y me besaba en la boca a través del agujero de la capucha mientras me susurraba cuánto me envidiaba y cómo le gustaría estar en mi situación. Luego se masturbó y cuando se iba a correr me metió la picha en la boca para que me tragara su leche y se la dejara limpia. Seguro que después de eso ya no me envidiaba. Lo entendí perfectamente, porque a mí me gustaría estar en su situación, salir de aquella casa y seguir con su vida "normal".
Cuando cesó la actividad, antes de dormirme, me juré que de ninguna manera "suspendería" el cursillo de julio, porque no podía cambiar mi mes de agosto de criada en una residencia de mujeres del opus (cuya idea, por otra parte, me excitaba, como bien sabía mi ama) por un mes en ese puticlub que acabaría conmigo.
El domingo fue más normal: vestido únicamente con el babydoll, me ocupé de dejar la casa en más que perfectas condiciones, y después de servir la comida a Alberto, de comer yo mismo sus sobras en un plato en el suelo, y de volver a chupar su polla, me dejó irme.
En la duda, pasé por casa de mi Señora, que no estaba. Me fui a mi casa, me puse un camisón largo para hacerme una foto con la televisión encendida al lado (para que no hubiera dudas de donde estaba ni de qué hora era) y se la mandé a mi Señora. Cada media hora debía repetir la foto, y así ella me tenía controlado. Hasta que más allá de las diez ella me envió un sms: "a la cama, Vicky. Mañana voy a estar fuera"
oh dios, podría volver del instituto a casa y descansar un día, me parecía, o una tarde, maravilloso. Demasiado maravilloso.Inmediatamente llegó otro sms:
"A las tres te quiero ver comiendo unas croquetas de perrita delante de la webcam. Y a las cuatro te espera Marisa en su casa para hacer una buena limpieza. Y en cuanto ella me avise de que has terminado, te quiero en tu casa de rodillas delante de la webcam."
No habría descanso.
Tal como me había ordenado, después de trabajar me fui deprisa a casa, me quedé en camisón (cuando ella no me decía qué ponerme, podía elegir yo, siempre ropa de mujer, por supuesto), me preparé el bol con croquetas de perro con agua para ablandarlas y hacerlas más digeribles, las comí en el suelo, delante de la webcam, sin saber si ella me veía o no, volví a vestirme, guardé el uniforme en una bolsa y me fui a casa de Marisa, se la dejé de punta en blanco y otra vez a casa a arrodillarme ante mi señora en la webcam.
El resto del tiempo, hasta las vacaciones, fue igual de rutinario, excepto el día que me llevó a una tienda del barrio de ropa de señora para comprarme el conjunto que debía llevar a la academia de cocina y costura a la que me había apuntado. Primero escogió para mí una blusa blanca de manga corta, fina y con encaje en el cuello. Tras probarme varias tallas, sin abrir yo la boca para nada, entre ella y la dependienta decidieron cual era la mía. Lo de menos ya era que me quitara y pusiera blusas sobre el sujetador. Lo que me daba pánico es que entrara alguien conocido.
-Vicky necesitará un traje para ir elegante. De mujer, por supuesto, aunque de momento será mejor que sea con pantalón.
Más pruebas, con ellas delante, que no se molestaban ni en cerrar la cortina del probador, sobre mis bragas y medias. "Me quedé" con un traje gris de chaqueta corta y entallada y un pantalón ancho y más bien corto, como pude comprobar cuando, así vestida, visitamos una zapatería vecina donde "me compré" unos zapatos negros de medio tacón.
-Son un poco monjiles, pero creo que en esa academia es lo que esperan.
Y a las ocho de la mañana del primer día de julio, así vestida sobre mi ropa interior, me presenté en el colegio donde iban a ser las clases. Me permitieron un vestuario aparte, donde me cambié por el uniforme que llevaría allí todos los días. Una bata de cuadraditos azules y blancos, cerrada hasta el cuello, y por abajo hasta media pantorrilla, con un delantal blanco y con pechera. De acuerdo con sus instrucciones, debía ir cada día con la cara bien depilada, y allí me pintaba ligeramente los labios y me ponía un pañuelo en la cabeza. Tenía que parecer una mujer, una sirvienta más, como todas las que me acompañaban.

Siempre muerto de vergüenza, entre las miradas severas de las profesoras y las risas de las demás sirvientas, pasé las mañanas de julio, me enseñaron algo de cocina y algo de costura (estos eran los momentos peores, sentado en una silla baja, con las piernas juntas, el uniforme y el delantal perfectamente rectos, con un trozo de tela en las manos y dando puntadas), y fui todo lo sumisa que se esperaba de mí.
Y el resto de la mañana y todas las tardes, en casa de Teresa, o en casa de Marisa, o en el chalet, trabajando sin parar para ¡ganarme! una plaza como sirvienta en una residencia del opus.
Plaza que, por supuesto, conseguí.

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