miércoles, 9 de noviembre de 2016

Memorias de un sumiso criada. 9 El internado

Relato de enviado por colaboración
Volví a Salamanca el último día de agosto, a mediodía. Siguiendo las instrucciones de mi Señora, pasé por mi casa a dejar la maleta, de la que cogí únicamente el uniforme que había utilizado en la residencia y me fui a casa de mi Señora Teresa.
-Por fin estás de vuelta, Vicky. ¿O tengo que llamarte Andrea? Ya sabemos todos que a las señoras de la residencia el nombre de vicky no les gustaba. en fin, vicky Andrea, te había echado de menos. Cámbiate deprisa, que tengo ganas de verte vestida de criada recatada y hay mucho que hacer.
Hice una reverencia como me habían enseñado, y ella sonrió.
-Vaya, parece que el dinero que te has gastado para ser una buena criada ha estado bien empleado.
Me extrañó que no dijera nada de ordeñarme, ni que quisiera ponerme el aparato. Por otra parte, yo seguía sin ganas, y suponía que tenía que ver con el tratamiento que había recibido en la residencia.
Me cambié: un vestido azulón, con cuello blanco cerrado, de manga larga y hasta media pantorrilla, sin vuelo pero tampoco ajustada, medias blancas, un largo delantal blanco también grande lateralmente, y con peto y abundantes volantes, y cofia blanca.
Me presenté ante mi Señora con una reverencia subiéndome levemente la falda y el delantal con las dos manos mientras cruzaba los pies y doblaba las rodillas y agachaba la cabeza:
-Jajajajaja. ¡Muy guapa, Andrea! A nuestros invitados les gustará. ah, que no te lo había dicho: hoy, para celebrar tu vuelta a casa, he invitado a unos amigos. Cuando vayan llegando, al abrir la puerta les haces esa bonita reverencia y les preguntas qué quieren hacer contigo, o qué quieren que tú hagas, porque espero que no se te haya olvidado que no eres sólo la criada. Vas tomando nota mental de todos los deseos para cumplirlos después. Si es que quieren algo, claro, porque al verte así, a lo mejor no se atreven. jajaja.
Inmediatamente me fui a la cocina para empezar a trabajar. Empezaba un nuevo curso, y estaba claro que no iba a ser distinto del anterior. Para empezar, con invitados, y eso siempre significaba sorpresas poco agradables.
Llamaron a la puerta y fui a abrir. Tenía tan interiorizada mi situación que ni siquiera pensaba que podía ser cualquier otra persona. Era Carlos, el amigo gay de mi Señora, al que ya conocía íntimamente. Abrí la puerta hasta atrás y me incliné para recibirlo, cruzando las piernas y elevando levemente la falda.
-Qué elegante, Andrea -efectivamente, comprobé al ser llamada así que mi estancia en la residencia era del dominio casi público-. ¿Qué tal tus vacaciones?
-Muy bien, Señor -reverencia al contestar, y sin levantarme, le pregunté:- ¿Qué desea el señor que haga por él esta tarde?
-Creo que voy a usar tu culito, Andrea, y que me lo pidas con una de esas reverencias que tan bien haces. Ah, y a mí también me gusta más Andrea que Vicky.
Seguí con la cabeza baja mientras él entraba y luego volví a la cocina. Iba a ser un día largo.
Los siguientes en llegar fueron Carmen y su hijo Alberto, que estallaron en una carcajada cuando les abrí la puerta y me incliné ante ellos. Estos no se molestaron en saludar, y yo les pregunté:
-¿Qué desean la señora y el señor que haga esta tarde?
-A mí -dijo Alberto- me la vas a chupar como hacías en el instituto, Vicky, a ver si todavía te acuerdas.
-Yo quiero ver a la perrita, a ver cómo ladras, y me vas a traer una zapatilla con la boca para que te dé una paliza con ella.
-Genial, yo también te pegaré unos tortazos, así.
Alberto me levantó la cabeza y me dio un par de tortazos.
Me incliné un poco más para que pasaran, e iba a cerrar la puerta cuando el ascensor se paró en el piso. De él salió Carlota con León, que inmediatamente vino a restregarse contra mis piernas, ese día, mi falda.
-Mira, mira como ha echado de menos León a su novia.
No hacía falta que preguntara, pero tenía que hacerlo.
-Qué desea la Señora que haga esta tarde?
-Y a León no le preguntas?
-¿Qué desea el Señor?
-Pues el Señor quiere disfrutar de su novia, quiere que lo abraces y lo beses, que hace mucho que no te ve, y quiere que se la comas y puede que hasta quiera montar a su novia. O sea, te quiere entera para él. Y la señora no quiere nada de ti, porque tiene mejores gustos, pero seguro que se enfurece y desea castigarte si no eres buena con León. Por cierto, Andrea, estás muy guapa con ese uniforme, aunque quizá un poco recatada.
Por supuesto, no dije nada.
-Me voy al salón. Te dejo a León, que no quiere separarse de su novia.
Me volví a la cocina, con León a mi lado, al que yo acariciaba el lomo casi sin agacharme siquiera. Suponía que ya estaban todos los invitados, pero me equivocaba. Cuando volví a abrir la puerta, me encontré a Alicia, mi compañera del instituto. Mi señora se asomó a la puerta del salón, vigilante.
-Buenas tardes, Señora -le dije a Alicia, haciendo la reverencia sin dejar de acariciar a León.
-¡Andrés! -me miraba de arriba a abajo, observando mi nuevo uniforme- jajajaja.
-¿Qué desea la señora que haga esta tarde para ella?
-¿Yo? Nada. Venía a tomar un café.
-Pasa, Alicia, que te presentaré a unos amigos. Tú vuelve a tus quehaceres hasta que te llamemos. ah, veo que tú también echabas de menos a León. Es tan enternecedor veros juntos!
Diez minutos después me presenté en el salón con la bandeja del café para todos. La puse encima de la mesa y fui sirviéndoles el café con una reverencia a cada uno. cuando terminé fui a retirarme, pero Teresa me dijo:
-Quédate con nosotros, Andrea, que eres la protagonista. ¿Ya sabes lo que quiere cada invitado?
-Sí, Señora.
-Y dinos, qué quieres hacer con nosotros esta tarde.
-Sí, Señora. Me gustaría...
-No, no, no, Andrea. Dinos qué estas deseando.
-Estoy deseando que el Señor Carlos me haga suya por el culo, que la señora Carmen me azote con una zapatilla que yo le traeré en mi boca... Estoy deseando chuparle su miembro al señor Alberto y poner mi cara para que pueda abofetearme; y estoy deseando besar y abrazar a León, y... chuparle... la polla... y... poner mi culo para ser suya... -dios, solo decirlo ya me mataba.
-Muy bien, ¿y no deseas que Alicia te azote?
-Sí, Señora.
-A lo mejor se anima, verdad, Alicia?
-Oh, no. No creo. Yo simplemente estoy alucinada. ¿Quién es León?
-El novio de andrea, ese perrito que ves ahí, y con el que a Vicky le encantaba follar, seguro que a Andrea también ¿verdad?
-Sí, Señora.
-Y ese uniforme, por dios! -dijo Carlota- está muy bien para una criada de residencia religiosa, pero no para una esclava sexual. Desnúdate, Andrea.
Me fui quitando la ropa, delantal, cofia, vestido, combinación, medias, braguitas, sujetador... hasta quedar completamente desnuda.
-Ve a ponerte tu picardías y tu pañuelo rosa.
Fui a mi armario y volví con el picardías de gasa rosa que ya había usado tantas veces y el pañuelo rosa en la cabeza. Ceñido en el pecho, abierto por delante desde ahí hasta abajo, y muy corto: apenas llegaba a tapar mi pene o mi culo.
-Arrodíllate en el suelo al lado de León y no dejes de acariciarlo mientras nos vas contando cosas del internado.
Me arrodillé y pasaba mis manos por el lomo y por la tripa, y le acariciaba también su picha, porque sabía lo que ellos querían y no deseaba ningún castigo, porque si esto ya era una reunión normal, no podía imaginar a donde llegarían ahora sus castigos.
-Dime, Andrea, ¿no has notado que tienes menos deseo sexual?
-Sí, Señora.
-De hecho, no llevas el aparato y tu picha, mírala, ahí colgando. ¿A qué crees que es debido?
-Cuando llegué a la residencia me pusieron unas inyecciones para rebajar mi libido mientras estaba allí.
Un coro de carcajadas me rodearon.
-Lo que te pusieron era Depo provera, y eso no rebaja la libido, eso te deja castrado durante unos seis meses. Eres un eunuco, Andrea.
-¿Castrado? -me asusté.
-Sí, capadita del todo, querida. Y no veas qué descanso es para mí no tener que andar con aparatos y ordeños. Ahora no se te sube ni cuando te vistes como a ti te gusta, ¿verdad?
-Cada cinco meses te pondremos una nueva dosis. Me encanta que no tengas ningún deseo sexual. Ya no te vistes de mujer porque a ti te guste, sino porque eres una esclava criada. Acércate.
Me acerqué a mi señora, que cogió mi dormida picha y ató una larga cinta de satén rojo alrededor de su base, para luego ir dando vueltas a su alrededor, apretando más cada vez, hasta llegar al capullo, donde hizo un lazo. Ahora tenía mi pito envuelto en satén rojo, aprisionado por él, como el de una momia.
-Un adorno, eso es lo que tienes ahí. Y no te preocupes porque el lazo esté bien fuerte, porque eso no se te va a empinar -jajajaja, rieron todos, menos Alicia, que miraba asombrada-. Y ahora vuelve con tu novio y cuéntanos como fue tu llegada a la residencia.
Volví a arrodillarme junto a León, y a acariciarlo mientras seguía hablando. No quería mirar a Alicia, ni imaginar sus pensamientos
-Al llegar, me llevaron a la enfermería. Allí me quité la ropa...
-Irías guapa!
-Sí, Señora, con el traje que me había comprado para la academia, aunque allí, en la enfermería, me desnudaron y me quitaron la ropa y la maleta, que no volví a ver hasta el día de terminar. Allí también me pusieron esa inyección porque tenía que ser una mujer, y no podía tener deseos sexuales de hombre. Me dijeron que rebajaría la líbido durante unas semanas -jajaja, risas de los reunidos-. Me pusieron un hábito blanco, de novicia, y me llevaron a la capilla, donde me hicieron arrodillar delante del altar. Me taparon por completo con un velo enorme, también blanco, me ataron las manos juntas, delante, como se ponen para rezar, y me dijeron que debía rezar para que dejara pronto de tener pensamientos impuros, puesto que iba a estar allí arrodillada hasta entonces.
-Y rezaste?
-No, señora, no me acuerdo de ninguna oración, y enseguida empezaron a dolerme las rodillas, así que más bien pensaba en mi situación, y en el cansancio. No sé el tiempo que estuve, a mí me parecieron horas. De vez en cuando iba la enfermera por allí, y rozaba con el hábito y el velo mi picha, y me acariciaba los pezones. Mientras mi picha siguió reaccionando, me mantuvieron de rodillas. Cuando le pareció que iba haciendo efecto lo que fuera, la gobernanta me llevó al dormitorio del servicio.
-¿Era un dormitorio común?
-Sí, Señora.
-¡Qué suerte, con tantas chicas para ti! -jajajaja.
-No me excitaban, Señora. Ni yo a ellas.
-¡Claro, un eunuco a quién va a excitar!
-¡a mí! -dijo Carlos-. ¿no os importa que se calle un momento, verdad? Ven aquí, perrita.
Fui a gatas hasta donde estaba sentado Carlos, que se sacó la picha sin importarle quién estuviera mirando y empujó mi cabeza hasta que la tuve en la boca.
-Nunca me lo había hecho alguien castrado, a ver si se le nota.
-Se le notará en la frialdad, como a ella no le excita.
-Mejor, más profesionalidad. Así se está concentrando en su trabajo, en vez de en su excitación.
Mientras hablaban, yo seguía a cuatro patas, con la picha de Carlos metida hasta la garganta y León, que no me dejaba ni a sol ni a sombra, frotándose contra mi y olisqueando mi culo. Mi pene colgaba flácido, y Carlota se agachó para tirar a un lado y otro del lazo.
-¿Tú crees que a León le gustará, así, tan fría?
-Eso se puede arreglar, y estoy segura de que Sophie sabrá simular, como tantas mujeres. ¿Verdad, sophie? ¿No es curioso la cantidad de nombres de chica que vas teniendo?
Asentí con la cabeza como pude, dado el tronco que tenía metido hasta la garganta, lo que provocó una serie de risas, no sé si incluida ya la de Alicia.
-Y cada uno con su significado: Sophie era el hombrecito que se ponía camisón para dormir, y que se vestía con bata de mujer para recibir visitas. Vicky la criada putilla a la que hemos educado. Y Andrea la recatada sirvienta en que te has convertido. Y tan solícita. No hay más que darle unas indicaciones, y ella, que se muere por complacernos, pondrá todo de su parte. Verás: andrea, queremos que en todo momento León sienta cómo lo estás deseando, aunque nosotros no te dejemos todavía ser suya.
Volví a asentir, y hubo más risas. En ese momento, sentí cómo Carlos se ponía tenso, se movía con más ganas y sacaba un poco su picha para descargar en mi boca, para que la saboreara bien. Me tragué su leche sin sacar la picha y después, con Carlos ya relajado, se la fui limpiando con la lengua hasta que no quedó ni rastro.
Cuando la sacó, yo me volví hacia León, que seguía a mi lado, y me fui frotando contra él como él lo estaba haciendo. No podía utilizar mis manos, puesto que seguía a cuatro patas, como una perrita, pero frotaba mi cuerpo contra el suyo, y sentía su pelaje y su calor a través de la transparente gasa del picardías que llevaba puesto.
-Puedes continuar, Andrea. Quedamos en que te habían llevado al dormitorio del servicio. ¿Un dormitorio común?
-Sí, Señora. Con pequeñas camas separadas por las taquillas que teníamos cada una. Abrió mi taquilla para que viera como tenía que tener colocados los uniformes, la ropa interior, el hábito y las zapatillas. No se nos permitía tener nada más. Era por la tarde y en el dormitorio no había nadie más. Siguiendo sus órdenes me desnudé y me puse un sujetador, unas bragas, medias, una combinación y el uniforme de diario. Luego me acompañó a la cocina, donde me puso a fregar junto a otras criadas. Terminamos enseguida, porque faltaba poco cuando yo llegué. Nos pusieron en fila y nos llevaron a la sala común, donde nos sentábamos todas para ocuparnos de la ropa. A mí me pusieron a planchar, mientras otras lavaban, siempre a mano, tendían o recogían, y otras cosían o bordaban.
-Menudo guirigay con tanta criadita allí, no?
-No, Señora -y para contestar separaba un poco mi cara del cuerpo de León, que continuamente se volvía intentado buscar mi culo-. Todas estábamos completamente en silencio. cuando se acercaba la hora de la cena, unas nos íbamos a la cocina a prepararla, mientras otras, las que mejores notas tenían, se ocupaban del comedor.
-¿Teníais notas ? -preguntó Alicia, y comprobé con tristeza que se interesaba por el tema.
-Sí, Señora. Después de la cena, y antes incluso de recoger la cocina, nos poníamos todas alineadas contra una pared del salón principal, en silencio absoluto y con la mirada en el suelo, unos centímetros por delante de nuestros pies. Allí la gobernanta leía nuestros nombres y nos daba una nota. Cada día nos daban entre 0 y 3 puntos. Cualquiera que hubiera provocado alguna queja de alguna señora tenía un 0. A las demás le daban 1, 2 o 3, según el criterio de la gobernanta. Las que tuvieran más nota se ocupaban el día siguiente del comedor, hacer las habitaciones y de atender directamente a las señoras. Las otras de la limpieza de la casa y de la cocina y los baños. También allí se decían los castigos que cada una merecía.
-¿qué nota te dieron el primer día?
-Un 0, Señora, porque había estado demasiado rato en la capilla, sin trabajar.
-¿Y te castigaron?
-Sí, Señora. Treinta azotes y al día siguiente debía llevar todo el día un cilicio, vestida únicamente con el delantal, y ocuparme solo de los servicios, limpiándolos una y otra vez durante todo el día, siempre de rodillas o a cuatro patas.
-Mira, se ve que descubrieron pronto cuánto te gusta ser perrita.
-Sí, Señora.
-Los azotes te los dieron allí mismo?
-Sí, Señora. Una de las criadas de tres puntos fue la encargada.
-Vaya, pues te los daría flojitos... entre criadas...
-No, Señora. Si no se empleaba a fondo, le quitaban los puntos y sufría ella el mismo castigo. Me dijeron que me subiera la falda y me bajara las bragas, y me apoyé en un reclinatorio como me enseñaron: doblada sobre el apoyabrazos y con las manos apoyadas en donde se ponen las rodillas. Tenía que estar de puntillas y con el culo a la altura justa. Me pegaron treinta azotes con una fusta que me hicieron llorar mientras les daba las gracias por educarme.
-Vamos a probarlo -dijo Carmen-, vete a por una zapatilla, perrita.
Siempre acompañada de León, fui deprisa a por la zapatilla, que le traje con los dientes.
-Ponte como en el internado, ahí, doblada sobre esa silla.
Me incorporé y me doblé sobre el respaldo de una silla. No tenía que subirme el babydoll porque no llegaba al culo, ni bajarme las braguitas, porque no tenía. e inmediatamente empezaron a lloverme los azotes, propinados con toda la fuerza que tenía. Sentía cada estría de la goma del piso de las zapatillas y le agradecía cada azote, como me habían enseñado.
cuando se cansó, volví al suelo y me dieron realmente ganas de abrazar a León, porque allí debía ser el único ser vivo que no quería humillarme ni hacerme daño.
-Así que estuviste todo el día limpiando wáteres de rodillas.
-Sí, Señora. Había un pequeño cuarto al lado, donde yo esperaba de rodillas rezando en un reclinatorio de madera, atenta siempre para salir y limpiar cada vez que una Señora lo utilizaba y se iba.
-¿Y para comer?
-Me llevaron un plato con toda la comida mezclada y lo dejaron en el suelo, para que fuera comiendo sin utilizar las manos.
-Claro.
-Pero si alguien aparecía por el servicio, debía dejar la comida y prepararme en la puerta para limpiarlo en cuanto saliera. Y de vez en cuando, una criada me avisaba para bajar a limpiar los del servicio.
-¡Te darían tres puntos!
-No, Señora, porque por la noche, creí que debía levantarme para alinearme en la pared con todas las criadas. Llegué a gatas, pero me incorporé con todas las criadas y la gobernanta se enfadó, ¿quién te ha dado permiso, perra del servicio?, me dijo, sin gritar, despacio, con un tono que me dejó aterrorizada. Volví a ponerme inmeditamente de todillas, con la cabeza inclinada. Perdone, Señora, yo no sabía... Me di cuenta de que había contravenido también la norma del silencio, porque todas las señoras dejaron sus escasas conversaciones y un silencio tenebroso me rodeó. Y además te atreves a contestar, dijo la gobernanta casi en susurros, volverás a ser perra del servicio durante tres días, y mañana sufrirás el castigo del reloj, además de cincuenta azotes ahora mismo. ¡Al reclinatorio!, me dijo. atadla y amordazarla. dos criadas me dejaron doblada sobre el reclinatorio, con las manos y los pies atados a las patas. Otra criada me amordazó con un pañuelo y cinta de embalar. Y otra criada empezó a golpearme con una fusta. Si no hubiera estado amordazada, habría gritado o me habría caído del reclinatorio, porque el castigo fue terrible. Al terminar, me desataron y caí de gatas. Allí me explicaron el castigo del reloj: me dieron un reloj despertador y un cinturón de cuero. A cada hora en punto, del día y de la noche, debía azotarme yo misma en el culo con el cinturón, tantos golpes como horas. siempre debía buscar la cámara más cercana, de las que había por allí, para dármelos delante de ella, con todas mis fuerzas, o duplicarían el castigo.
-Qué imaginación. ¡Estarías deseando que llegara la una del mediodía!
-Sí, Señora, pero utilizaban el horario de 24 horas, como me avisaron antes de llegar a las trece horas. Y sin comer ni beber durante todo el día, pues no me quitaron la mordaza.
-Jajajaja.
-tendremos que probarlo.
-Como usted deseé, Señora.
-Sigue.
-Al día siguiente, a la hora de presentarnos todas en el salón, tenía el culo hecho polvo.. Me quitaron la venda y al mordaza y estaba tan cansada que agradecí moverme a gatas. Esta vez no cometí errores en el salón. Me dieron 0 puntos, porque a nadie castigada le daban más, y me permitieron quitarme el cilicio, que había dejado una marca que pensé que sería para siempre. Al día siguiente volví a los servicios, lo que resultó muy agradable ya sin el reloj. Tres días después ya sí me dieron un punto, y me permitieron vestirme con el uniforme y me encargaron de la limpieza de los suelos.
-También de rodillas, por supuesto. 
-Sí, Señora, pero sólo para fregar. Podía levantarme para barrer y moverme de un lado a otro, aunque esto era poco frecuente, pues fregar todo de rodillas llevaba mucho tiempo.
-Bueno -dijo Carlos-, por lo menos te librabas de las reverencias.
-Oh, no, Señor. Si estaba de rodillas fregando y aparecía alguna Señora, debía ponerme en pie inmediatamente para hacer una reverencia.
-Bueno, pues no sé a qué estás esperando -añadió Carlos, y me acordé de su deseo al entrar en casa.
Me puse en pie delante de él, e hice una reverencia, cruzando el pie atrás y doblando las rodillas, levantando unos centímetros el escasísimo babydoll que llevaba puesto.
-Por favor, Señor...
-Las manos atrás. ¿Quieres atárselas, Alberto? Creo que podríamos hacer un trío perfecto.
Alberto se levantó, "genial, ya tenía ganas", y me ató con fuerza las manos a la espalda. Casi me caí, porque seguía con los pies cruzados e inclinado.
-Por favor, Señor, me gustaria mucho que me penetrara.
-Que te penetrara por donde, Andreíta.
-Que me haga suya por el culo, Señor.
-No sé...
-Por favor, Señor, fólleme por el culo.
Mientras tanto, Alberto se había vuelto a sentar y se había desabrochado la bragueta.
-De rodillas, Andrea, y ven a buscar mi picha.
Me arrodillé delante de él y me incliné hacia su bragueta. con las manos atadas, prácticamente me caí sobre ella y empecé a retirar pantalones y calzoncillos con la boca, hasta que apareció su pene, que fui lamiendo mientras sentía cómo crecía. Alberto empujó y me lo metió en la boca sin que yo pudiera hacer nada por retirarme. en ese momento sentí a Carlos hurgándome en el culo, dándole vaselina y de inmediato, su enorme pito abriéndose camino en él.
Dí un respingo, porque me dolió, pero no podía moverme, taladrado por dos vergas, una en la boca y la otra en el culo, empujando ambas y yo inmovilizada y casi asfixiada. Y casi al unísono, ambos descargaron dentro de mí.
Se apartaron y me desataron las manos, con lo que pude volver al centro, siempre acompañada de León, que no se había apartado de mi ni un momento.
-sigue, Andrea. Cuéntanos algo más.
-Sí, Señora. Los domingos, después de hacer todo el trabajo de las mañanas, nos poníamos el hábito de novicia y nos llevaban a misa, que debíamos seguir siempre de rodillas. Después, las criadas que no habían recibido ningún cero ni uno durante la semana se iban a preparar el comedor de las señoras, mientras que las que habíamos recibido alguna mala nota, íbamos a la cocina a ultimar la comida y, después, a recogerla y fregarla. Al terminar, que solía ser a las 3 o las 4, íbamos al dormitorio para esperar desnudas a que nos colocaran un cilicio que nos dejaba sin respiración, después el hábito de monja del primer día, y así volvíamos a la capilla donde nos arrodillábamos. Las otras nos ataban las manos a la espalda, nos cubrían con el velo blanco, y así nos dejaban hasta la hora de la cena, para que rezáramos y reflexionáramos.
-sería curioso cada vez que te vieran desnuda, con tu picha colgando.
-Cuando estaba desnuda, tenía que llevarla siempre escondida, entre las piernas, como una chica más.
-¿fuiste alguna vez de las que sacaron buena nota?
-La última semana, Señora, logré no sacar ninguna mala nota. Ese domingo, después de vestir y atar a las otras, nos dejaban volver al dormitorio, donde podíamos hablar entre nosotras o descansar.
-Anda que no tendrías cosas que contarles a tus compañeras.
-No Señora. Yo allí era una chica más, en ningún momento debía hacer ver que no fuera mujer, aunque obviamente se notara mucho, por ejemplo, al depilarme la cara cuidadosamente cada mañana en camisón.
-Bueno, pues nos faltas tú, Alicia, que no nos has dicho cual es tu deseo.
-dios, yo no tengo deseo alguno. En realidad sigo aquí porque la curiosidad ha podido más que los deseos de marcharme. Bueno, en realidad sí tengo un deseo: que esto termine de una vez y poder hablar a solas con Andrés.
-¿Andrés? Aquí no hay ningún andrés. Dile cómo te llamas, perrita.
-Andrea, Señora.
-Ves, es Andrea. Y mañana podrás hablar con ella lo que quieras, porque creo que empezáis en el insti. Pero ahora voy a decir yo mi deseo, que tiene que ver con el de Carlota y, desde luego, con el de León y el de Andrea. Andrea, tienes que hacer que sea Alicia la que te desnude, que te coloque en el potro, te ate de pies y manos, te prepare el culo y se quede a tu lado mientras León te folla. O... te puede follar ella en vez de León.
¡Follarme Alicia! Imposible. Recibiría a León, seguro.
-¿Qué? -dijo Alicia- Ni hablar.
-Y si no lo consigues, volverás a satisfacer los deseos de los demás, hasta que lo logres. Mira, veo que Carmen ya tiene preparada la zapatilla.
Carlota entró en el salón con el pequeño potro en el que debía colocarme para satisfacer a León, y con varios pañuelos en la mano.
-Te gustaría estar ahí boca abajo, eh, bien atadita, y con León haciéndote suya. Ah, no, que ya no te gustaría en realidad, pero no importa, Andrea, porque tiene que parecer que sí. Hala, coge los pañuelos con la boca y ofréceselos a tu amiga, a ver si quiere colaborar contigo para que termine esta tarde para ti. A lo mejor quiere evitarte tu sesión de zoofilia.
Y lo que decía era cierto, yo no tenía ningún interés por ser violada por un perro, no había ninguna excitación en todo lo que estaba pasando, pero no me había dado tiempo a pensar en ello en el largo rato que llevábamos allí, pero ahora quería terminar. Ya tendría tiempo de llorar en casa, vestida con cualquier camisón que ya ni me excitaban ni me interesaban. Teresa había conseguido lo que quería: una esclava a su servicio, asexuada, eunuco.
Me moví a gatas, con los pañuelos en la boca, hacia donde estaba Alicia, el último (¿el último?) peldaño de mi degradación perpetua, y también noté entonces que me daba igual llevar un picardías que un chaleco. ¡Me daba igual! Poco tiempo antes, apenas un mes, vestirme de mujer le daba un sentido a todo aquello. Ya no quedaba ni eso.
Me paré delante de Alicia con los pañuelos en la boca y la mirada suplicante. Incluso ladré lastimosamente.
-Pero qué haces, Andrés, ¿qué más da lo que tengan contra ti? Nada puede ser peor que esto. Ya no eres un hombre, ni una mujer, no te queda nada, ni siquiera te excita.
Yo decía que sí, con la cabeza, y ladraba suavemente, le mostraba los pañuelos, frotaba sus piernas con ellos, mientras León olía mi culo.
Entonces Carmen empezó a pegarme con saña con la zapatilla, igual que Carlota, ésta con una fusta.
-¡cómo te atreves a dejar a tu novio con las ganas!
zas, zas, zas... los golpes llovían sobre mis ya doloridas nalgas y muslos, zas, y yo le ladraba despacio a Alicia, por favor, átame, átame al potro y si no quieres tú, deja que León me folle, quería decirle, y ella tenía que entenderme, pero los golpes seguían, zas, zas, zas...
-Me voy a ir, yo no quiero participar en esto.
-Entonces tu amiga Andrea recibirá el mayor castigo de su vida, luego la follará León, por supuesto, y seguirá recibiendo castigos siempre que no esté trabajando, y pasará aquí los días y las noches, permanentemente azotada y violada por cualquiera que tenga ganas, así todos los días hasta que vengas a hacer lo que ella te está suplicando. O sea, que no la salvarás de nada, pero todo será muchísimo peor si no colaboras.
-Pero por qué no se va de una vez.
-Jajajaja, porque no quiere, claro. Por supuesto, si lo hiciera, yo publicaría todos los vídeos, pero eso, como tú bien has dicho, no sería tan malo como esto. Ahora no siente ningún deseo, pero sueña con volver a disfrutar siendo mi criada, excitarse con la ropa, volver a esa residencia, ¿qué te crees? Esto, en última instancia, es voluntario, y el chantaje de los vídeos no es más que su excusa para seguir, porque ella quiere, realmente, ser una perra esclava y servir a su ama, que soy yo. Y aunque yo le diga que nunca más va a sentir deseo sexual, hasta que yo me canse, y cuando me canse, se la regalaré a alguien. Y debe tener incluso la esperanza de tener sexo conmigo algún día, algo que no va a suceder jamás, pero da igual lo que yo diga. Si yo quisiera, ella pediría una excedencia en el trabajo y estaría aquí las 24 horas de todos los días, o la mandaría a esa residencia para todo el año.
¿Sería verdad lo que estaba diciendo? Ni yo me lo había planteado. ¿Me gustaría estar de criada en la residencia todo el tiempo? en ese momento, lo único que quería era dejar de recibir azotes, que no paraban, y yo ya lloraba mirando a Alicia.
-Vale, ¡parad de una vez! Levántate, Andrés, que te ayudaré.
-Andrea es una perra y no puede levantarse.
-Pero podrá ponerse de rodillas sobre sus patas traseras!
-Muy bien, Alicia, ya la tratas como lo que es.
-Ponte de rodillas, Andrea.
Me incorporé, dejando involuntariamente las patas delanteras dobladas, como una perrita esperando un premio. Alicia se agachó frente a mí, me levantó la cara y estampó una sonora bofetada en ella
-¿Esto te gusta, gilipollas? Pues toma!
Yo casi me caí, pero los demás se quedaron petrificados por la sorpresa.
-Así que prefieres ser una puta follada por cualquiera, incluso por un perro! Toma!
Zas, zas!!
-Y pensar que a mí me gustabas! Dios, qué rabia!!
ZAS, ZAS, ZAS!
-Vaya hombre que me iba a buscar!!! Míralo, con su picardías, qué guapa!!
De un empujón me tiró al suelo, pero inmediatamente me levantó tirando de mi pelo, y me dejó de nuevo de rodillas.
-Eres un cabronazo, o una puta, no sé, pero esto no va a quedar así, que lo sepas.
Se agachó frente a mi y puso su cara frente a la mía.
-Tengo amigas en el instituto que saben que yo iba detrás de ti, y que tú no me hacías caso. Pues se van a enterar de por qué, no creas que no.
Se levantó y se quedó mirándome, y yo miré a mi vez a mi Señora, suplicando en silencio, o a lo mejor ladré.
-Ella puede contar lo que quiera, Sophie Andrea. Tú lo niegas, si puedes- dijo Teresa.
-Si puede -añadió Alicia- ¿Me la prestarás algún día, para que presente a Andrea a algunas colegas?
-Por supuesto, Alicia. Y como además se le va a ir aclarando la voz, quedará la mar de mona.
Alicia se inclinó y me quitó suavemente el picardías. Cogió los pañuelos que se me habían caído y me los metió en la boca, y me empujó para que volviera al suelo. Me agarró de la correa del collar y tiró de mi hacia el potro.
-Ven, cariño. No sé cómo funciona esto, pero seguro que tú sí.
Me ayudó a ponerme encima de él, aunque no era difícil pues era más o menos de mi altura a cuatro patas. Le indiqué con gestos los pañuelos que seguían en mi boca, y señalé a las patas.
-Ah, que hay que atarte.
 Me ató un pie a la pata, utilizando uno de los pañuelos y anudándolo con tanta fuerza que me hizo daño en el tobillo. La rodilla quedaba flexionada por la poca altura del potro. Ladré un poquito a modo de queja mientras la miraba.
-No seas quejica. Si quieres estar atada, habrá que hacerlo bien. Nunca había atado a nadie, pero te aseguro que no te vas a poder mover.
Me colocó el otro pie junto a la pata del potro y me restregó el pañuelo por el muslo y la pantorrilla, antes de atarlo con más fuerza aún. Estiró uno de mis brazos, para que llegada a la base de la pata, donde había un estrechamiento para facilitar la atadura, y después hizo lo mismo con el otro, dejándome tensa e inmovilizada.
-Aquí tienes la crema para el culo. O vaselina y... esto, por si quieres follártelo tú.
"Esto" era un consolador doble, con unas correas para sujetarlo mejor.
Alicia se lo quedó mirando, con una sonrisa extraña en la cara.
-Por supuesto -añadió mi Señora-, te dejaríamos sola con él, porque ya imagino que no tendrás el descaro de estos pervertidos, jajaja.
Alicia cogió el consolador y me miró y lo miró y me miró. Mi Señora no necesitó nada más.
-Chicos, a la cocina media hora a tomar algo -salieron todos los demás-. ¿Sabes cómo se coloca, verdad? Este más pequeño en tu coñito, y lo aseguras con estas correas. El grande, ya sabes, a su culo, hasta que esté completamente dentro. Después, tú misma. Y seguro que también le gusta chuparlo, no lo olvides. Nos avisas cuando termines.
Teresa salió, y yo respiré porque estaba segura de que iba a descansar media hora.
-¿Así estás bien, Andrea, cariño? -me dijo Alicia, con un tono sarcástico que un rato antes no habría esperado de ella, acercándose a mi cara -Tendré que vendarte los ojos, porque no me vas a ver nada.
Me asusté. ¿Alicia también? Me vendó los ojos con un pañuelo. Luego la sentí detrás de mí, sin saber qué hacía. ¿Se estaba colocando aquello?
Sentí sus manos en mi culo. ¡Me estaba dando vaselina! Mi compañera de instituto me iba a follar como a una perra.
-Tendré que probar, a ver cómo entra.
En cuanto sentí la punta del consolador en el culo intenté relajarlo todo lo posible. Poco a poco, moviéndolo, y con mi colaboración, me sentí llena de aquello.
-Muy bien. Vaya juguetito. ¿Y si hacemos así...?
empezó a meterlo y sacarlo, creí que me iba a romper el culo por completo. Hasta que ¡plop! lo sacó del todo. Se acercó a mi cara.
-¿te gusta chuparlo? Pues hala, que hay que limpiarlo.
Abrí la boca y me lo fue metiendo poco a poco, para que fuera limpiándolo con la lengua. Horrible. Era mi mierda la que estaba limpiando.
Al cabo de un rato, se volvió a la parte de atrás. Apenas oía nada, suponía que se lo estaba colocando. Luego más vaselina.
Lo sentí en la puerta de mi culo.
-No estás a la altura -me dio un par de fuertes azotes en el culo-. Veamos.
Me desató los tobillos y me los volvió a atar con las piernas estiradas, en una posición dolorosa, con el pecho en el potro, las manos atadas a las patas, la cabeza delante, colgando, y el culo en pompa.
-ahora sí.
Y volvió a empujar, primero poco a poco, y al final de golpe. Sentí sus piernas junto a mi culo. Estaba dentro. Empezó a moverse, cada vez más deprisa, y luego ya gimiendo de placer, mientras yo solo sentía dolor. Hasta que se corrió empujando con todas sus fuerzas.
Salió, y al momento, volvía yo a tener el consolador en la boca. Así me dejó, mientras ella se colocaba la ropa. Me destapó los ojos y se puso frente a mí. La miré todavía incrédulo.
-Esto tenemos que repetirlo, eh, andrea.
cogió el consolador y, sin cuidado alguno, volvió a clavármelo en el culo. Así me dejó allí atada y fue a llamar a los demás.
Las carcajadas fueron generales, y esa fue toda la atención que me prestaron.
Cuando se fueron todos, Teresa me soltó.
-dúchate, Andreíta. Te pones el uniforme y a recoger todo esto.

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