jueves, 3 de noviembre de 2016

Memorias de un sumiso criada.3. La rutina

Relato enviado por colaboración. Mañana capítulo siguiente.
La rutina fue evidente desde el primer día: yo dedicaba todo el tiempo en que no trabajaba en el instituto a ser criada para mi Señora Teresa. Y, como quedó bien claro desde el principio, Sophie no era nadie a quién mi Señora Teresa  apreciara.
Yo sólo era su criada, una criada que además le daba algún trabajo, pues me tenía que ir enseñando a hacer las cosas a su gusto y me castigaba con azotes cada vez que no lo hacía a la perfección. Los días que ella no iba a estar en casa me ordenaba quedarme en la mía, sin salir, adecuadarmente vestido de Sophie y habitualmente con "deberes": me llevaba una maleta a casa para hacer allí la colada y devolver toda la ropa cuidadosamente planchada. O largos trabajos de costura, porque a ella le divertía imaginarme cosiendo, o algo parecido (aunque rara vez tendría que coser su ropa, para mi Señora era evidente que una buena sirvienta debía dominar ese tema): fui a comprar un retal enorme para hacerle un dobladillo todo alrededor. El dobladillo quedaba penoso, pero daba igual, porque sus únicos objetivos eran tenerme atareada de rodillas con labores de mi condición, para azotarme después según hubiera quedado, y deshacerlo para volver a empezar. Estos días que se me permitía quedarme en casa era los que yo más apreciaba, puesto que además de los deberes podía ver alguna peli o escuchar música mientras trabajaba. Y, sobre todo, cuando mi ama estaba contenta, porque podía practicar lo que me gustaba (y que me había llevado a esta situación): pasaba el día excitado con mi ropa de mujer, con un pañuelo en la cabeza, y podía masturbarme al final (porque habitualmente en estos casos, cuando ella estaba contenta, no me dejaba con el aparato puesto). Siempre bajo su supervisión, porque debía hacerlo de rodillas, como he dicho, delante de la webcam enchufada, de forma que ella podía verme siempre que quería. Si se ausentaba cuando yo estaba en su casa, me dejaba de rodillas, con las manos atrás, atado al radiador del cuarto de la cocina con unas esposas de cuatro extremos que aprisionaban muñecas y tobillos. Estos eran los peores días, porque normalmente me habría ordeñado como siempre al llegar, y tenía horas para meditar en silencio sobre mi situación.

Así estuvimos durante tres o cuatro meses. Yo era su criada a todos los efectos, y hacía por lo tanto todos los trabajos de la casa. Fui acostumbrándome e intentaba por todos los medios que Teresa estuviera contenta conmigo, así me dejaba ir antes y algún fin de semana me dejaba libre. Los castigos eran relativamente frecuentes, pero solían ser siempre azotes en el culo, -levántate el uniforme, bájate las bragas hasta las rodillas, apoya el pecho en la mesa- con la zapatilla o la fusta, que si bien me dejaban muy dolorido, no tenían mayores repercusiones en el trocito libre que me quedaba de mi vida. Mi esperanza entonces, una vez bien comprobado que ella no tendría nunca ningún interés por mí más que como criada, era llegar a tenerla tan contenta que me permitiera más ratos "libres" en mi casa. No hubo más grabaciones y los peores días de entonces eran los que tenía que dedicar a limpiar todos los cristales de la casa, pues en aquellos momentos cambiaba mi uniforme por el babydoll rosa y un pañuelo en triángulo en la cabeza, porque le divertía verme así expuesto a que me viera cualquier vecino. Ese temor de entonces ahora casi me parece divertido, igual que recuerdo aquellos meses como agradables, vista la situación a la que he llegado. Porque al fin y al cabo hacía lo que yo tanto había querido: ser una esclava travestida y feminizada, llevar uniforme de criada, estar de rodillas, recibir castigos. Incluso llegué a pensar que había acertado a quedarme, que mi Señora no era tan terrible como había querido hacerme ver.
Pero aunque yo hacía todo lo imposible por agradar y tenerla contenta, la rutina fue evolucionando a peor, con cualquier excusa.
Por ejemplo, un día yo salía del instituto como de costumbre, sin correr, pero sin entretenerme, porque tenía que comer y luego ir a casa de Teresa para ese segundo trabajo por el que no ganaba nada. Ese día me acompañaba, como otras veces, una compañera, porque nuestros caminos coincidían un trecho. Un par de manzanas más adelante nos separaríamos, sin más. Pero ese día de repente apareció Teresa caminando hacia nosotros. Yo no tenía sensación de hacer nada que no debiera. mi mayor preocupación era si debía saludarla, o no. Y, por supuesto, ni se me ocurrió (entonces; ahora sería otra historia) tener que llamarla Señora delante de otras personas. Conforme se acercaba, vi cómo me miraba y yo seguía sin saber qué hacer, hasta que llegó a nuestra altura y me soltó un:
-¡Ven conmigo, que tienes cosas que hacer!
Que me dejó abochornado delante de mi compañera.
Teresa siguió andando y yo me despedí deprisa y de cualquier manera, sin ocurrírseme ninguna explicación para aquella evidente orden que acababa de recibir (al menos no me había llamado Sophie), me di la vuelta y seguí a Teresa, unos metros por detrás de ella, como siempre que la acompañaba, las pocas veces que ya bajaba ella a la compra, para llevar yo las bolsas unos pasos por detrás. Subimos a su casa, sin pasar por la mía, ella en el ascensor y yo andando, y en cuanto entré me recibió con un espectacular bofetón que casi me tiró.
-¡Con que la imbécil estaba ligando!
Un cosa que tenía bien interiozada, a base de castigos y tortazos, era la de callarme. Me repuse como pude y recibí el segundo tortazo.
-¡No te basta con tu Señora!?
Aunque lo pareciera, aquello no era una pregunta. Intenté levantar una mano, la señal de que quería decir algo, pero ella se dio la vuelta.
-Desnúdate y vete al salón.
Me desnudé allí mismo, completamente, eso también lo había aprendido desde el principio. Aquellos minutos parecían haberla calmado un poco. Me arrodillé delante de ella en el salón, y volví a levantar la mano.
-Está claro, Sophie, que estoy siendo demasiado permisiva contigo. Vienes aquí, te vistes de chica, algo que te gusta mucho, haces trabajos de chica, recibes órdenes y azotes... y está claro que todo eso te resulta agradable, y luego además aprovechas tus ratos libres para ligar. Eso no puede ser. Vamos a cambiar algunas normas, y además recibirás un castigo por caminar con una mujer como si fueras libre. Para empezar, durante los próximos dos meses vas a venir aquí desde el instituto, y te quiero aquí a los cinco minutos de tu hora de salida. Y vas a llevar todos los días al instituto bragas, medias y sujetador, a ver si te atreves a dejar que se te acerque alguien, y como ya te vistes de chica en el instituto, aquí te cambiaremos el uniforme por uno más moderno. Seguirá siendo de mujer, de momento, pero en vez de vestiditos, llevarás camisa y pantalón de limpiadora. Esta tarde iremos a comprarlo. De momento, ponte a trabajar desnuda.
Si ser su sirvienta vestida de mujer tenía un aliciente, aunque fuera muy lejano, hacerlo desnudo era una señal inequívoca de lo poco que le importaba cualquier consuelo que pudiera quedarme en aquella situación. Y llevar pantalones, aunque fueran de mujer... esa fue la peor noticia de aquel día.
A media tarde, me ordenó ponerme unas bragas, sujetador, la combinación corta, y mi ropa encima y seguirla. Fuimos a una tienda de uniformes. Antes de entrar me aleccionó sobre cómo debía comportarme. Ella miraría, yo debía hablar.
-Necesito un uniforme de limpiadora.
-¿Una bata?
-No. Camisa y pantalón.
-¿Talla?
-Una talla que me valga a mí.
-De acuerdo.
Sacó una bolsa y desplegó ante mí una camisa gris y un pantalón del mismo color, de hombre, obviamente.
-No, no. Quiero uno que sea de mujer.
-¿De su talla?
-Sí, para mí.
El dependiente me miró muy profesional, y sacó tres modelos. Quise elegir uno rosa, pero mi señora se adelantó y señaló uno azul.
-Me probaré este -dije.
La camisa era cerrada, con cuello a pico, y obviamente tenía la forma preparada para los pechos, con lo que me hacía un bulto extraño que no llenaba mi sujetador sin relleno. El pantalón no tenía bolsillos ni bragueta. Salí del probador con él puesto.
-Es su talla -dijo el dependiente- aunque lógicamente la forma... al ser femenino...
-No importa -intervino  Teresa-, porque lo rellenarás, verdad Sophie?
-Sí, Señora. Me llevaré este.
Después entramos en una peluquería de señoras, donde también depilaban. Por los saludos deduje que se conocían bastante.
-Mirad a ver qué podéis hacer con el pelo de esta idiota, un corte que se vea femenino, y la depiláis por completo. Tú, pasa detrás de esa cortina y te desnudas hasta quedarte en combinación.
No anduve pensándolo, porque además sentía las miradas alucinadas de otras clientas, a las que yo desde luego no había mirado. Rezaba para que nadie me conociera.
Detrás de la cortina sólo había una camilla, un par de sillas y una mesita auxiliar llena de tarros. Me desnudé como me había ordenado, y de nuevo dudé si debía ponerme de rodillas a esperar. Eran situaciones nuevas en las que no sabía cómo conducirme. Pero por si acaso, lo hice. Me puse de rodillas al lado de la camilla, en combinación, y esperé.
Al cabo de unos minutos, entró una peluquera, que no prestó atención a mi situación.
-Tiéndete encima de la camilla, boca arriba, y te subes la combinación. Vamos a empezar por las piernas y la ingle.
Me subí la combinación, pero antes de incorporarme a la camilla, me dijo:
-Las bragas, quítate las bragas.
Me las quité muerto de vergüenza. Con mi picha al aire y la combinación subida hasta el sujetador me tendí en la camilla boca arriba.
Estuve allí casi dos horas, mientras me quitaron todos los pelos de mi cuerpo menos los de la cabeza. Creo que a ratos me dolió bastante, pero no era comparable a algunas palizas que había sufrido. Lo peor era, sin embargo, la vergüenza de verme allí, en aquella situación, agravada cuando hube de quitarme también la combinación, y el sujetador, no por lo que pudiera enseñar, sino simplemente por el uso de esas prendas. Y empeoró al terminar, cuando me devolvieron la ropa interior, de raso y encaje, porque mi Señora me quería muy femenina, al menos hasta entonces.
-Sal para que te cortemos el pelo.
-¿Así? -me atreví a decir, sin pensar si debía o no hacerlo.
-Te pondremos una bata. -me dijo, y de un tirón, corrió la cortina dejándome expuesto como en un escaparate.
Noté, porque con la cabeza agachada no vi nada, miradas alucinadas, y escuché la sucinta explicación de la peluquera.
-Es un travesti.
Di unos pasos hacia delante, y ella me puso una bata rosa de las de peluquería.
Me lavaron la cabeza, me hicieron un corte de pelo que debía resultar muy femenino, por los comentarios que me hicieron al día siguiente en el instituto, aunque tuviera el pelo corto, me llenaron de laca y de un perfume que apestaba, me pintaron los labios de rosa, y me mandaron vestirme y volver a casa de Teresa .
Lo hice casi corriendo, rogando que nadie conocido se acercara a mí.
Cuando llegué, Teresa me esperaba en el salón con un hombre, el mismo al que le había chupado la polla el primer día.
-Tienes la ropa en el cuarto de la cocina. Cámbiate volando y ven con tu guante.
La ropa era el babydoll de siempre, con unas braguitas tipo calzón, amplio y sedoso, a juego. Me cambié y cogí el guante de goma, de los de fregar de toda la vida, con el que me masturbaba siempre que mi Señora me lo decía. Volvi al salón y me puse de rodillas.
-Ordéñate.
Me puse de rodillas en el suelo, con las piernas abiertas, me coloqué el guante y me puse a ello, como tantas otras veces. La teoría de Teresa era que ordeñándome antes evitaba que pudiera sentir después excitación. Y tenía razón, hasta el punto de que las masturbaciones dejaban de ser agradables, porque solo eran el prólogo de largas horas de trabajo, azotes y humillación, que empezaba justamente al correrme, puesto que inmediatamente debía limpiar el guante con la lengua hasta que no quedara ni rastro. Exactamente lo que hice aquel día, con un espectador extra.
-Muy bien, Sophie. Te acordarás de Carlos, seguramente, o al menos de una parte de su cuerpo que saboreaste al principio. He pensado que, puesto que te gusta ligar, lo mejor será que ligues aquí, y así veo qué tal lo haces.
Tendría que volver a chupársela?
-Carlos dice que está desganado, pero tú tienes que conseguir que le entren ganas de follar contigo. Pero de follar de verdad, nada de una mamada de putita barata. Quiero ver, y grabar, tus técnicas de seducción, esas que utilizas con tus compañeras, para que Carlos te desvirgue el culo.
Todo iba demasiado deprisa como para pararme a pensar en nada, pero aquellas últimas palabras se me quedaron clavadas. No me atrevía a levantar la vista para mirar a Carlos, pero veía sus deportivas, el bajo de sus vaqueros y me parecía notar en ellos su sonrisa, su burla. El era gay e iba a disfrutar conmigo, con mis... ¿mis qué? ¿qué se suponía que tenía que hacer yo para que él me tomara, me penetrara, me hiciera suyo, o suya, o no sabía qué?
-Al vídeo le podemos poner el título de un concurso -seguía diciendo  Teresa-. No sé, por ejemplo... La Seducción endiablada! Eso, porque cada cinco minutos que pasen sin que la concursante, Sophie, haya conseguido su objetivo de ser desvirgada, pararemos la función para ser debidamente estimulada con veinte azotes con la fusta.
-¿Podré dárselos yo, Teresa ?
-Por supuesto. A mi señal, Sophie se podrá a cuatro patas delante de ti y te ofrecerá su culo para que lo azotes. Azotes que ella te pedirá para que le enseñes a ser una buena puta, y recibirá con cara de placer, para la audiencia, ya sabes, y te agradecerá uno a uno.
¿De dónde sacaba esa imaginación perversa? No le bastaba con azotarme. Tenía que verme totalmente humillado y creo que me ordenaba todas esas cosas no solo por el placer de verme obedecerla sin rechistar, aún sabiendo que eso serviría para tenerme más dominado, más a sus pies, sino, sobre todo, para que yo fuera más consciente de mi situación, para que tuviera más en qué pensar en las largas horas que en los siguientes meses, los del castigo, iba a pasar atado sin nada más que hacer que pensar.
-Hay un pequeño problema, sophie, bueno, dos. El primero es que a Carlos le gustan los chicos tipo oso, y tú ahora eres como una niña de piel fina y suave. Y por si eso fuera poco, creo que también los prefiere desnudos, o con calzoncillos, ya sabes, lo que es un hombre, y tú no te puedes quitar tu precioso picardías, y las braguitas solo te las puede quitar él. ¿has entendido?
-Sí, Señora -acerté a decir. 
-Y ya sabes, todo en silencio, por supuesto. ¿Empezamos? tres, dos, uno, acción!
Teresa empezó a grabar y yo seguía de rodillas frente a Carlos, que no solo no se movía, sino que cogió una revista y empezó a mirarla. Me acerqué a cuatro patas y quise tocarle en la bragueta, pero él, de un manotazo, apartó mi mano y cruzó las piernas. Volví a intentarlo, con idéntico resultado. Insistí, acariciándole el muslo y de nuevo me apartó. Bajé hasta la pantorrilla y metí lo que podía de mi mano para acariciarle su pierna; se dejó hacer un rato, pero en cuanto yo intentaba subir, él me apartaba. Me dejaba tocarle los tobillos, pero nada más.
-¡Tiempo! -oí a Teresa .
Era la señal. Como Carlos no hacía nada, me vi rogándole, mientras me daba la vuelta y le enseñaba mi culo.
-¡Pégueme, Señor! Azóteme, porque soy una puta muy mala y no sé darle placer. Pégueme, por favor.
zzaasss! No se molestó en bajarme el calzón, que no mitigaba nada el golpe.
-Gracias, Señor, gracias. Pégueme más, para que apren...
zzaass
Y de nuevo Gracias, Señor, y otro golpe, y otro, y yo Gracias, y más, y por favor, azóteme... hasta que Teresa dijo:
-Ya.
Entonces volví a su lado, me dejó quitarle los zapatos y acariciarle y chuparle los pies, pero nada más, y el tiempo pasaba.
Antes de que me diera cuenta, estaba de nuevo rogando que me pegara, recibiendo azotes, cada uno más doloroso y yo poniendo cara de placer a la cámara y pidiendo más.
En el tercer round, si así podía llamarse, probé a sentarme en el sofá, al lado de Carlos, y acariciarle el cuello y la cabeza. Él se dejaba hacer, pero sin prisas, y de nuevo se acabó el tiempo, con lo que tuve que volver al suelo y recibir una nueva tanda de azotes.
Volví a su lado, metí la mano por su camisa, le acaricié los pezones, y veía el bulto en su bragueta, pero no me atrevía a volver allí. Después de otra tanda de azotes, me dejó quitarle la camisa, y después de otra, desabrocharle los pantalones y ver, por fin, su miembro completamente erecto. Hubo más azotes, pero él ya había dejado la revista, y cuando me senté sobre su polla y me moví para frotarla, me seguía el movimiento, y cuando empecé a chuparla, ya no me rechazó, sino que fue bajando mis bragas y acariciando mi culo. entonces empezó a tratarme con mucha suavidad, me dio vaselina en el culo y me colocó boca abajo en el sofá, con un cojín bajo el vientre. El babydoll no le iba a estorbar, pero por si acaso, me lo tiró hacia arriba, tapándome la cabeza, y de inmediato sentí a Carlos colocarse encima de mí y buscar mi culo, y encontrarlo. entró poco a poco, lo que le agradecí, y yo intenté por todos los medios relajar el esfínter como cuando me penetraba con algún dildo. Terminó, se quedó un ratito encima de mí, con su polla dentro, y cuando salió me invitó, con un gesto, a que se la limpiara con la boca. Así probé también el sabor de mi mierda.

Cuando Carlos se fue, un rato después, yo ya sabía lo que era un hombre cabalgando sobre mí hasta vaciarse por completo. Hasta entonces, y quitando los primeros días, en mis castigos había habido poco componente sexual, a excepción de mis masturbaciones. Lo que entonces me corría por la cabeza era que eso estuviera cambiando. Mi culo, dolorido por todo, parecía indicarlo así.
-Y ya que estás así vestida, vamos a aprovechar para limpiar los cristales de las habitaciones que dan al patio.
Sin esperar más, me levanté para acabar el día trabajando, de la peor de las maneras posibles. Se había hecho de noche, tuve que encender la luz y las ventanas que tenía que limpiar daban a un pequeño patio con otras muchas ventanas desde donde los vecinos podrían verme. En realidad, no sé si alguien me vio aquella noche, porque estaba tan desesperado que me daba igual. Mientras pasaba la bayeta una y otra vez por los cristales vestido únicamente con el babydoll, el calzón a juego y el pañuelo en la cabeza, ya pensaba que incluso me daba igual lo que pudiera hacer con los vídeos, pero después, ya vestido y camino de mi casa, supe que no me daba igual. Debía seguir y resistir hasta que ella se hartara, o hasta que encontrara una salida.
Al final fueron dos meses tremendos. Siempre en tensión y con miedo en el instituto de que alguien notara que llevaba sujetador, huyendo de todos, y corriendo nada más salir a casa de mi Señora hasta la hora de irme a casa para dormir. Comía sus sobras, en la cocina (podía ser peor, como comprobé más adelante, pero entonces no lo sabía), y trabajaba sin parar, excepto cuando ella salía y me dejaba atado, a veces hasta la madrugada, cuando ella volvía de alguna fiesta. Me seguía ordeñando cada día, pero nunca con ropas de chica, ya ni siquiera de rodillas, sino a cuatro patas, apoyado de pies y manos mientras ella me ordeñaba por detrás en el plato en el que después comería, o a tres patas cuando me lo hacía yo mismo mientras me azotaba. Y lo peor, claro, era que no podía llevar ropas de chica que le dieran algún aliciente a aquél tiempo. Incluso en mi casa tenía prohibido llevar ropas de mujer (me tuve que comprar un pijama feísimo, que parecía de hospital), porque me llamaba a cualquier hora y yo tenía que enviarle inmediatamente una foto mía. Sólo bragas, medias y sujetador, y sólo en el instituto.

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