jueves, 1 de diciembre de 2016

Clases particulares de la mamá de mi alumna

Sinopsis. La madre de la alumna le da al joven profesor de su hija unas lecciones gratuitas de anatomía bastante sexual. Desconocemos si el joven adquirió las competencias adecuadas y, sobre todo, si fue capaz más adelante de aplicarlas en otros contextos.
Relato de Elsophie2.
-Hola, José, pasa, no te quedes en la puerta. Beatriz no tardará en llegar.
-Puedo volver más tarde.
-No, no. Pasa al salón, que te preparo un café mientras esperas.
Pasé al salón a esperar a Beatriz, a la que daba algunas clases particulares de matemáticas. Leticia, la madre, se apartó ligeramente, dejándome el paso. Debía acabar de llegar de la calle, pues llevaba todavía un elegante traje falda beige sobre una blusa blanca de seda en vez de los vaqueros y camisetas que solía llevar en casa. Tendría cerca de cuarenta años, frente a mis recién cumplidos dieciocho. Era un poco más alta que yo, morena, ojos verdes y una sonrisa que me desarmaba.
-¿Con leche, verdad?
-Sí, gracias -contesté desde el salón a su pregunta.
Me senté a la mesa. Al cabo de unos minutos, entró con una bandeja en la mano. Se había quitado la chaqueta, la blusa transparentaba el sujetador negro y no pude evitar clavar mis ojos allí.
Se acercó a mi lado.
-Espero que sea como te gusta.
Dejó la bandeja en la mesa, justo a mi derecha.
-Qué jaleo de mesa. Deja que recoja un poco.
Se inclinó justo delante de mis narices, para coger unos periódicos que quedaban a mi izquierda. Me rozó la cara con su blusa, me llenó de perfume, y me enseñó la marca, talla y normas de lavado, secado y planchado del sujetador, más todo lo que este dejaba ver.
-Perdona -dije nervioso, y fui a apartarme tirando de la silla hacia atrás, pero no me dejó, poniéndome su mano izquierda en la espalda.
-No te muevas, que ya termino.
Se inclinó un poco más, para llegar a unas revistas que quedaban más lejos, y ahora era su sujetador el que rozaba mi cara, que casi sin querer volví hacia mi derecha, quedando prácticamente mi nariz entre sus tetas.
Se olvidó de los periódicos y revistas y se incorporó poco a poco. Su mano izquierda dejó mi espalda para subir hasta mi cabeza, alborotándome el pelo.
-Lo siento. A lo mejor te he molestado sin querer.
-No, no, para nada. Al contrario -dije, casi sin querer, por costumbre, sin pensarlo, y porque además era cierto.
Ella se rió con ganas.
-¿Al contrario? jajaja. Si prácticamente me he echado sobre ti.
-No ha sido nada, de verdad.
-Bueno, tampoco tienes que ser tan duro. Quedaba mejor cuando decías que te había gustado.
¿Había dicho yo eso? Podía ser, porque era cierto. No supe que contestar, y ella siguió.
-Jajaja. El perfume. ¿te ha gustado mi perfume?
No sabía, porque lo había olido, sí, pero no el perfume, sino a ella.
-Bueno, sí. Está bien ese perfume.
-Jajajaja. Ni te has enterado. A ver si ahora te enteras.
Seguía a mi lado, me puso las manos en los hombros y me hizo girarme hacia ella, que se inclinó hacia mí, para dejar su cuello a la altura de mi nariz.
Respiré profundamente. ella se retiró.
-¿Y bien?
Mi turbación debía ser tan patente que ella no pudo evitar seguir riéndose.
-¡Pero bueno! ¿Nunca habías olido un perfume de mujer?
-Desde tan cerca, más bien no.
Leticia mantuvo la sonrisa, una sonrisa pícara que casi me daba miedo.
-¿Y así tampoco?
Y tal como me tenía, sentado de lado en la silla, con las piernas al lado de la mesa en vez de debajo, se sentó de lado en mis rodillas y pasó sus brazos por mi cuello.
-¿Y así?
Acercó su cara a la mía, hasta apenas unos centímetros, estrechando el abrazo. Yo no sabía qué hacer con mis manos, caídas a los lados, ni qué decir, ni si tenía que decir algo.
-A mí me encanta este perfume, pero si no me sujetas un poco con tus manos, me voy a caer.
Llevé mis manos con extremada timidez a su cintura y rocé la tela suave, la seda, de su blusa.
-Eso no es sujetar. Así no vas a poder disfrutar del perfume.
Seguí con mis manos hasta su espalda, con las palmas bien abiertas, recorriendo despacio y torpemente la seda la blusa hasta encontrarme con las tiras del sujetador, y con la mirada fija en sus ojos, porque a aquella distancia mirar a otro sitio habría sido muy incómodo, y raro.
-Bésame -me dijo, y debí abrir tanto los ojos que le salió otra carcajada.
Se apartó, se puso de pie, se alisó la falda, me miró fijamente y me dijo:
-Perdona. ¡he vuelto a molestarte!.
-No, no, ¡qué dices! Al contrario.
-¿Al contrario? Estupendo. -me miraba fijamente, sin perder nunca la sonrisa-. No te voy a preguntar si eres virgen, porque podrías no serlo por alguna casualidad o borrachera. No. Lo que te voy a preguntar es más fácil: ¿Has estado alguna vez con una mujer?... Mejor no me contestes. En realidad, Beatriz hoy no va a venir. Está en casa de una amiga. Pero podemos seguir con las clases particulares. Ponte de pie.
Lo hice, mientras decía una tontería:
-A lo mejor debería irme, si no va a venir...
Me puso un dedo en la boca.
-A lo mejor deberías callarte... Y abrázame, pero con pasión, como habrás visto en el cine.
En aquel momento yo seguía totalmente avergonzado, pero también sentía un deseo inmenso de seguir haciendo lo que ella me decía. Clases particulares. Di un paso y la rodeé con mis brazos. Ella hizo lo mismo, pero me apretó contra su cuerpo, con lo que fui muy consciente del bulto que tenía entre mis piernas y las suyas.
-Fuerte, quiero sentir todo tu cuerpo contra el mío, con eso que tienes ahí abajo, y tus manos en toda mi espalda. Vamos.
Aparté un poco mi timidez y la abracé como decía, con mi cara al lado de la suya, y mis labios cerca de su cuello, que no sé cómo, me atreví a besar.
-Muy bien, José. Eso es todo un progreso. Pero ahora quiero que me beses en la boca.
Según lo decía ya iba mezclando su boca con la mía, así que la besé... o me besó, pero al momento sentí su lengua dentro de mi boca, a lo que intenté corresponder de la misma manera. Ella se apretó más contra mí, llevó sus manos a mi culo y empujó con fuerza. Hice lo mismo. Ella, no sé cómo, se levantó la falda, y me encontré con sus bragas.
Y de repente se apartó, se alisó la falda como antes, se colocó el pelo y se abrochó un botón de la blusa.
-Y ahora, ¿has olido bien el perfume?
-Sí, muy bien.
-¿Y te gusta?
-Mucho.
Me tendió la mano.
-Ven conmigo, que te voy a dar más.
Me llevó hasta el que debía ser su cuarto. Me puso de espaldas a la cama, todavía deshecha, y se apartó un par de pasos.
-Te acabo de dar de mi perfume (por cierto, dúchate antes de que te huela tu madre, que lo conoce). ¿Qué me puedes dar tú a mi?
Yo acababa de volver a ver El Graduado, pero no era Dustin Hoffman. ¿qué le podía dar? Intuía lo que quería, pero, ¿qué pasaba si me bajaba los pantalones y no era eso? o peor, y si me bajaba los pantalones y se echaba a reír?
-No sé... Señora.
-¿Señora? ¿Ahora soy Señora? ¿Se te olvidó mi nombre?
-No, Leticia.
Se me acercó y de un empujón me tiró en la cama boca arriba.
Ella se quedó parada, de pie, al lado de la cama, moviendo la cabeza de lado a lado.
-¡Hay que ver! El trabajo que me estás dando.
Se desabrochó un botón y la falda cayó a sus pies. Me quitó las deportivas, y volvió a quedarse quieta.
-¿en casa te desnuda mamá o ya sabes hacerlo solo?
Me incorporé sobre los codos para ponerme de pie y demostrarle que, al menos, desnudarme sí sabía, pero Leticia volvió a empujarme, a la vez que ella se subía, de rodillas a mi lado y dejaba una mano sobre mi sexo.
-Aquí, tumbado, enséñame esto que me vas a regalar.
Ahora sí estaba seguro. Llevé mis manos a la cintura de los vaqueros sin dejar de mirar la cara sonriente, siempre sonriente, de Leticia, que me acariciaba lo que ya no podía crecer más. Los desabroché y bajé la cremallera de un tirón, encontrándose mi mano con la suya. Me la sujetó.
-Tranquilo, despacio, a ver si te pillas los pelitos... ¿tienes ya pelitos ahí?
Algo me dijo que esa no era una pregunta para ser contestada, pero abrí la boca para decir:
-Sí, claro.
Y a Leticia se le escapó una leve carcajada.
-Claro que sí -remarcó-. Quítate los pantalones, anda.
Tiré de la cintura de vaqueros y calzoncillos para abajo, pero ella me detuvo con un cachete en mi mano.
-¡Los pantalones! La salida a escena del actor tiene que ser elegante.
Ahora sí, acerté. Me los bajé, poco a poco, retorciéndome sobre la cama y con la mano de Leticia siempre ahí.
Lo peor llegó al terminar. ¿Qué tenía que hacer? ¿Me tumbaba en la cama boca arriba con las manos en la nuca? ¿Seguía desnudándome? ¿La desnudaba a ella? Me dejé caer medio de lado, apoyado en mi brazo derecho, y llevé la otra mano a su blusa, que fui recorriendo despacio hasta rozar el sujetador, llegar al botón, desabrocharlo, bajar al siguiente, desabrocharlo, y lo mismo con los otros dos. Empujé hacia atrás la blusa, de un hombro, del otro, y quedó en su espalda. entonces pude rozar su cuello, y bajar hacia sus pechos, rodear el sujetador y acariciar la piel que no tapaba.
-Quítamelo, José.
Apartó su mano de mis calzoncillos y con un gesto dejó caer su blusa, esperando de rodillas, en bragas y sujetador. Yo me incorporé y quise buscar su espalda.
-No, no. Aquí, frente a mí. Así -de rodillas los dos, frente a frente, me quitó la camiseta, y quedamos con las copas del sujetador rozando mi pecho-, ahora quítamelo.
La rodeé en un abrazo que erizó mi piel, y desabroché su penúltima prenda a la primera. No era tan difícil. Hizo un gesto con los hombros y el suje cayó entre los dos. Y yo, que debería haber mantenido mis ojos en los suyos, bajé como sin querer la vista a aquellas tetas que me parecieron maravillosas. Hoy podría decir cómo eran, pero en aquel momento no me entretuve a pensar. Las rocé con mis manos, y acaricié sus pezones con mis pulgares, despacio, como ella quería. Me devolvió la caricia en los míos, pellizcándolos con extrema delicadeza. Me estremecí.
-Ahora sí, quítate esos calzoncillos tan feos que llevas puestos.
Estaba de rodillas, no era fácil, pero lo iba a intentar, cuando volvió a empujarme. Quedé tumbado y ya fue sencillo. Mientras pataleaba un poco para quitármelos de los tobillos, ella se inclinó sobre mi sexo y un segundo después un latigazo me sacudió de arriba a abajo. El latizago se hizo más profundo, inabarcable cuando mi pene desapareció en su boca. Se me escapó algún gemido, y me puse tan tenso que ella se retiró, seguramente pensando que con tanto juego preliminar yo debía estar a punto de explotar.
-¿Te gusta, verdad? Pero no puedo seguir, te veo muy... a punto... Vamos a hacer una cosa.
Se tumbó a mi lado y de repente, ya no tenía bragas.
-Te hubiera gustado quitármelas, pero a lo mejor te corrías
¡Qué vergüenza! Y nada que decir. Quise acariciar su cuerpo desnudo, pero no me dejó.
-No, no, no. El niño al suelo.
Y me empujó con sus piernas hasta tirarme de la cama.
Ella se sentó en el borde, con las piernas cerradas.
-Ven aquí, de rodillas, frente a mí, que te voy a enseñar otra cosa.
Me puse donde decía, y entonces empezó a abrir las piernas, y yo a entrever, a ver su sexo, limpio, rasurado, abriéndose para mi. Abrió las piernas del todo, se tiró un poco hacia atrás, apoyándose en sus manos, cerró los ojos.
-Vamos, ¿a qué esperas? ¿Nunca has sido boy-scout? Explora, busca con tus deditos, mira bien y aprende de esta lección de anatomía. Quiero sentir tus deditos por ahí.
Y allí fueron, con la misma timidez de siempre, recorriendo los bordes, acariciando los labios, apartándolos despacio, empapándose de flujo, todo era suavidad, Leticia estaba encharcada, acaricié los labios pequeños y llevé mis dedos hacia arriba, hasta rozar el clítoris. Un espasmo de ella me paralizó.
-Ahí con la lengua, José, no seas bruto.
Dejé los labios apartados con los dedos y acerqué mi boca hasta que sentí su punto en mi lengua, que fui moviendo muy despacio.
Leticia se dejó caer de espaldas gimiendo, y seguí, agarró las sábanas con sus manos, y seguí, ella se agitaba y yo tenía que perseguirla para no perder mi objetivo, el único que tenía claro, el que me había indicado.
-¡Sigueee!
claro que seguía, aunque la agitación iba creciendo y los gemidos ya eran casi gritos.
Hasta que estalló. Me quedé paralizado otra vez y me aparté, o al revés. Tenían que haberla oído en toda la casa, en todo el bloque.
Con una mano me agarró la cabeza y la empujó contra su sexo.
-No pares, José, sigue...!
¿Parar? Imposible, con la boca pegada a su sexo como una ventosa, con lo que ella se movía sería suficiente, pero yo, que ya sabía al menos hacer una cosa, coloqué como pude mi lengua en su clítoris y la movía, y no era fácil, arriba y abajo. Y era como si estuviera cargando de electricidad aquel cuerpo, más fuerte, más lejos, más alta, la sentí pararse como si quisiera respirar, y los gemidos se hicieron gritos otra vez, alargados, inacabables.
Y entonces sí, apartó mi cabeza con suavidad, y se quedó quieta. Me asomé a su cara. Tenía los ojos cerrados y una expresión de tranquilidad que me asombró, después de lo que acababa de pasar. Movió los labios lo imprescindible para decir:
-En el cajón de arriba de la mesilla hay condones. Coge uno y sube a la cama, José. José.
Lo cogí, subí a la cama y ella seguía inmóvil. Le besé los pezones y mordisqueé a su alrededor. De repente, como si hubiera accionado un interruptor, subió sus piernas, se giró sobre sí misma y antes de que me diera cuenta, yo estaba tumbado boca arriba y ella me estaba poniendo el condón sobre la erección más grande que yo recordara. Y otro momento después tenía mi picha dentro de ella y empezaba en pequeños círculos y arriba y abajo muy muy despacio. La electricidad cambiaba de bando. Quise colaborar acariciándole las tetas, pero apartó mis manos, que quedaron en sus muslos. Allí sí me dejó. Y yo no quería perderme nada de aquello, y no dejar de mirar a la mujer increíble que tenía encima de mí, pero terminé cerrando los ojos y dejándome llevar a donde ella quisiera.
Oí más gemidos, cuando me di cuenta de que eran míos intenté abortarlos. Imposible. su movimiento se aceleró, sentí crecer la corriente desde muy dentro hasta la punta del pene, donde se quiso parar, seguramente para que estuviera preparado, pero fue inútil. No estaba preparado en absoluto para el espasmo final que me arqueó el cuerpo y me hizo empujar mi pene con todas mis fuerzas contra su sexo, una y otra vez, con la sana intención de invadirla por completo y quedarme allí para siempre, mientras sentía ascender y salir chorros de placer, y su vagina se contraía en otro orgasmo infinito y ella se caía con sus manos arañando mi pecho.
Nos quedamos así un momento, recuperando la respiración, hasta que Leticia se salió y se dejó caer a mi lado.
Un rato después, la sentí moverse, la miré y me miraba. Había recuperado la sonrisa de toda la tarde. A lo mejor la había iluminado, o a lo mejor es que a mí me parecía más clara y grande.
-Pues sí tenías algo que darme.
Como no tenía un cigarrillo para encenderlo allí en la cama, me quedé sin saber qué hacer, ni qué decir.
Ella se levantó, sin envolverse en la sábana, buscó las bragas y se las estaba poniendo cuando cambió de idea. Sacó el pie que ya había metido y se acercó a la cama. Me las metió por los pies y fue subiéndolas.
-Esos calzoncillos son muy feos, José -iba diciendo mientras me las subía, pantorrillas, rodillas, muslos-. Te presto mis braguitas, pero me las tienes que devolver.
Me las colocó en su sitio y dejó caer su mano sobre mi pene, que de inmediato pareció despertar.
-Calma, hombre, calma. Deberías irte vistiendo. Y no se te olvide ducharte, que hueles a mujer.

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