sábado, 1 de octubre de 2016

Mi Ama Vanessa. Castigo de una sumisa.

Relato.
Mi ama Vanessa me escribe al móvil:
"Esta tarde a las siete, con la blusa blanca, los zapatos de medio tacón, y la falda negra larga, quitada, de momento."
"Sí, mi Señora", le contesto. Y no significa eso que sí acepte su cita, sino que he recibido el mensaje. Si, al recibir uno de sus mensajes no contestara inmediatamente, sería castigado. Cuando en alguna ocasión no he podido acudir a la cita, también he sido castigado. Mi Ama dispone de mí las veinticuatro horas, los siete días de la semana. Ella sabe mi horario en la oficina, y pocas veces me ha llamado a esas horas, pero cuando lo hace, también he de acudir.
A las siete, me presento en su chalet, en una urbanización en las afueras de la ciudad. En su presencia, incluso al ir a verla, solo puedo llevar ropa de mujer, y aunque para ir por la calle me permita llevar pantalones, han de ser de chica, igual que la blusa blanca que me ha ordenado, y la ropa interior, la rebeca, y los zapatos, negros, con una tira sobre el empeine, con un tacón ancho de unos siete centímetros, que son los más humillantes, porque debo ir con ellos por la calle y es muy difícil disimularlos antes o después de coger el coche.
Me abre la puerta y ni me mira.
-Ponte la falda.
En el recibidor dejo los doscientos euros del tributo a mi ama, me quito los vaqueros de mujer que tengo puestos y los cambio por la falda, negra, larga, y bastante estrecha, aunque me permite moverme si no doy grandes pasos. Me arrodillo y espero sus instrucciones.
-Pasa al salón, Andrea.
Paso a gatas al salón y espero de rodillas al lado de la puerta.
Vanessa está sentada en el sofá. En medio del salón, una joven a la que no conozco espera sentada en una silla.
-Andrea, esta es Silvia. Es esclava mía y me ha desobedecido. Ayer tenía que haber venido a limpiar mi casa, y llegó tarde. Parece ser que algo surgió en el trabajo que la obligó a retrasarse. Cuando llegó había pasado más de media hora de la cita. Desde luego, lo compensó quedándose tres horas más trabajando aquí y esmerándose como nunca. Pero se retrasó y ahora he de castigarla. Te he contado el motivo porque vas a ser tú el encargado de castigarla.
No digo nada, pero miro a la tal Silvia. Una chiquilla de apenas veinte años. Melena corta, morena, ojos claros, aunque no distingo el color, no parece muy alta, tiene las formas leves, como si apenas acabe de salir de la adolescencia. Me pregunto cómo habrá llegado a las manos de Vanessa, una mujer que le dobla la edad de lejos.
-Así que espero que me diviertas -sigue hablando esta-. Controla bien el castigo, porque si te quedas flojita, yo os castigaré a las dos de forma mucho más severa de lo que le correspondería a ella. Y si eres demasiado severa, te pondré en manos de Silvia para que ella haga contigo lo que quiera. Levántate y ya puedes empezar.
Vanessa, mi Ama, es así de perversa. Y entiendo ahora que me haya hecho vestir de algo parecido a una institutriz. Antes de incorporarme, levanto la mano.
-Dime.
-¿Puedo utilizar la mazmorra?
-No. Puedes utilizar lo que hay por aquí.
Me levanto y me acerco a la silla. La miro a los ojos. Son verdes y reflejan miedo, mucho miedo. ¿Por qué está aquí? Yo conocí a Vanessa por un anuncio en una página web. Tengo su edad, casi cincuenta años, y desde que acudí a la primera sesión supe que quería servirla, se apoderó de mí por completo. Nadie me ha hecho sentir dolor y placer como ella. Iría todos los días a postrarme a sus pies, a sufrir sus humillaciones, si me lo permitiera. Ella me controla absolutamente, también cuando no estoy en su presencia, pero solo puedo visitarla cuando ella me llama. ¿Y Silvia? Doy vueltas a su alrededor, cada vez me parece más joven, más indefensa, más sumisa, más bella. Estoy seguro de que muchos chicos y chicas adorarían a ese cuerpo, y le harían todo lo que ella quisiera, y lo harían enamorados, pero también debe estar encoñada con Vanessa. ¿Estará mi Señora enamorada? Siento una punzada de celos.
La agarro del pelo y tiro hacia arriba.
-Levántate, puta.
Se pone de pies. Lleva unos zapatos de tacón infinito, como los que yo tengo que utilizar con mi uniforme de doncella cuando mi ama me llama para limpiarle la casa. Unas medias negras muy finas y una minifalda roja suave y con vuelo. Una blusa de seda blanca en la que se transparenta el sujetador del mismo color. Estoy seguro de que viste así porque Vanessa se lo ha ordenado, porque a mí también me viste así a menudo. Por mucho que me gustara, sé que no seré el esclavo único de mi Señora. Sé que ella tiene otros esclavos, y que vive tranquilamente de nuestros tributos. Pero pensaba que sus únicas esclavas eran los feminizados, como yo.
Me pongo frente a ella y le levanto la cara por la barbilla.
-¡Mírame!
Levanta los ojos y me mira. Brillan como si quisiera llorar.
Debe ser lesbiana. Tiene que ser lesbiana, pues está encoñada de otra mujer, Vanessa. Es lesbiana y ve a un tío, aunque lleve una blusa parecida a la suya y una falda hasta los pies, un tío del que solo sabe que va a hacer con ella lo que quiera. Conozco esa sensación. Ella quiere estar con Vanessa, quiere que Vanessa la castigue, y que a lo mejor, al final, le haga una caricia, le dedique una sonrisa, o incluso que le haga el amor. Y Vanessa la pone en manos de un tío que, se imaginará, la va a dejar marcada y puede que hasta se la folle. Como yo mismo, cuando acudo feliz a una cita con Vanessa y ella se dedica simplemente a mirar cómo me folla cualquier tío que le ha pagado por utilizarme.
Recojo todo su pelo con mis manos y se lo coloco haciendo una especie de coleta en la nuca.
-Sujétate el pelo ahí arriba, con una mano.
Silvia agarra la coleta con la mano izquierda. Le recorro el cuello, perfecto, adorable, con mis dedos, siento algún estremecimiento.
-Levántate la falda por delante, con la otra mano.
Lleva braguitas blancas, tenían que ser blancas, como el sujetador, como ella misma, que parece destilar pureza y juventud. Me gusta tenerla así, una mano en la cabeza, la otra en el pecho, sujetando la falda, enseñando las bragas y la blonda de las medias.
Recorro la cinturilla de las braguitas con mis dedos y siento su piel, que se eriza casi imperceptiblemente. Me entretengo en estos prolegómenos, porque son parte del castigo. Una parte que Vanessa aprecia especialmente. Cuando la sumisa se muestra delante de quién su dueña quiera. Sabe que va a pasar algo, sabe que va a ser doloroso, humillante, y aunque no sabe qué va a ser, se muestra solícita, entrega su cuerpo y su alma, porque su dueña así lo quiere.
Le bajo las braguitas hasta las rodillas. Está completamente depilada.
-Abre un poco las piernas, lo justo para que no se caigan tus bragas, guarra.
Me pongo justo frente a su cara. Baja la mirada.
-¡Mírame a los ojos!
Con una mano hurgo entreabro los labios, con la otra hago lo mismo con sus otros labios, con mucho cuidado de no tocar el clítoris, con no rozarlo siquiera. Está húmeda, muy húmeda. ¿por eso buscas a Vanessa? Meto despacio dos dedos en su boca, e introduzco de golpe dos dedos en su coño. Da un respingo. aprieto todo lo que puedo en su coño, hasta casi levantarla. No aparto mis ojos de los suyos, que no han vuelto a bajar, pero no por soberbia, ni altanería, sino por obediencia. Preferiría cerrar los ojos y volverlos a abrir al final, cuando este hombre feminizado que tiene delante hubiera terminado con ella, cuando pudiera dirigirlos otra vez a su Señora para agradecer el castigo y suplicar perdón. Pero no puede, no se lo permito.
-Has ofendido a nuestra Señora, y por ello voy a follarte, por la boca, por el culo y por el coño. Y eso puede que sea lo mejor de lo que te va a pasar.
Ella no me conoce, no sabe si soy muy sádico o no, no sabe qué le voy a hacer, y por eso hay más miedo en su mirada. Me aparto.
-Quítate esos zapatos, no mereces esos tacones. Quítate la falda, que no la necesitas. Y las bragas, quítatelas y tápate con ellas el sexo, como si no fueras una puta, como si tuvieras vegüenza, como si fueras una niña todavía inocente.
Espero frente a ella mientras cumple mis órdenes. La falda queda a un lado, en el suelo, y ella queda frente a mí, el culo al aire, el sexo recatadamente cubierto por una de sus manos sujetando allí las bragas. La otra mano sigue en el pelo, como le he dicho. Me agacho y le voy bajando las medias, mientras toco sus piernas por todas partes, desde la ingle hasta los tobillos. Me resisto a tocarle los pies, no vaya a parecer que tengo cualquier interés por ellos. Las piernas no tienen ni una imperfección. Cuidadosamente depiladas, suaves como la seda.
-¡Qué lástima de piernas, que tengan que terminar llenas de líneas rojas y moratones!
Noto que vuelve a estremecerse. Empiezo a pensar que a lo mejor esta niña es nueva, esta joven no ha probado todavía la fusta ni el látigo.
-tendré que azotarlas a conciencia, para que aprendas a obedecer.
-Señor...
Oigo por vez primera su voz y casi me asusto, pero la interrumpo de inmediato:
-¡Silencio! Métete las bragas en la boca.
Se las mete corriendo, ella también sabe que no habría debido decir nada. Vuelve a llevar la mano a su sexo. Se la aparto de un manotazo. Alargo mi mano por encima de su cabeza y le sujeto el pelo.
-Quítate la blusa y el sujetador. Despacio, que quiero ver bien como te descubres.
La veo bien, la veo demasiado bien. Es perfecta, sus tetas no son grandes, pero tampoco pequeñas, y se mantienen perfectamente erguidas. Podría no usar sujetador y todo sería igual. La aureola es rosácea, y sus tersos pequeños pezones demuestran que está allí por algo.
-Sujétate el pelo con las dos manos y abre más las piernas. La boca entreabierta, que vea las braguitas, los ojos no los apartes de los míos. Puedes mirarme, yo no soy un señor. Soy una esclava como tú.
Ya está desnuda en todo su juvenil esplendor. No puedo retrasar más el momento de humillar esa piel. Acerco la silla y la pongo frente a ella.
-De rodillas en la silla, mirando al respaldo, inclínate sobre él, las tetas por fuera.
Me acerco al cajón donde mi Señora guarda algunos de sus instrumentos. Cojo una fusta, una cuerda, unas pinzas y una mordaza de bola.
Le toco el culo con la fusta, y de inmediato la azoto con ella, una, dos, tres, cuatro veces, fuerte, para que se marque, pero todavía no mucho. Se mueve en la silla y se le escapa un gritito entre las bragas. Sin decir nada, le meto la bola en la boca y le ato la correa atrás todo lo fuerte que se puede.
-Las manos a la espalda.
El pelo le cae como una cascada alrededor de la cara. Le ato con fuerza las muñecas, y con la misma cuerda subo hasta los codos, atándoselos todo lo cerca que sus articulaciones permiten. Tiro del pelo hacia atrás, hasta incorporarla en la silla, donde sigue de rodillas. Le enseño las pinzas, metálicas, fuertes, poderosas, pero sin pinchos, porque no quiero hacerle sangre, ni una gota, hay algo en la joven que me impide romperla, aunque me da miedo que la Señora crea que he sido suave. Le pongo una pinza en un pezón, apretando, y hago lo mismo con la otra.
-No dejes de mirarme.
Con sus ojos clavados en los míos, tiro de las dos pinzas hacia delante, hasta obligarla a volver a apoyarse en el respaldo, mientras ella intenta mantener la cabeza erguida para poder mirarme, como le he ordenado. La ayudo, tirándole del pelo hacia arriba. Le enseño la fusta, y desde delante de ella, golpeo sus tetas, primero despacio, y más fuerte cada vez. Y cuando la veo llorar, le doy con más fuerza sobre las pinzas. Me agacho y recojo uno de sus zapatos. Se lo enseño.
-este tacón es para tu culo. Espero que te guste.
Las lágrimas surcan toda su cara. Veo que está deseando decir algo, pero no le hago caso a esos ojos anegados de lágrimas.
Dejo caer su cabeza y me pongo detrás de ella. Paso mi mano por su sexo, que chorrea. Meto dos dedos y los mojo bien. Los llevo a su culo, separo las nalgas y lo mojo con sus líquidos. Acerco el zapato y voy metiéndolo muy lentamente, solo la punta, un poco más, lo justo para que no se caiga. Lo dejo así, me aparto un paso y recorro con la fusta su culo, sus piernas, sus pies. Y ahora sí, ya con fuerza, golpeo sus muslos, y no solo con la parte plana, sino con todo el final de la fusta, una, dos, tres, cuatro, diez veces, diez líneas rojas, diez golpes que casi de inmediato empiezan a oscurecerse. Paro, le saco el tacón, y vuelvo a metérselo, más dentro, medio tacón.
Y vuelvo a golpear, ahora las pantorrillas, otros diez golpes. Empujo hasta el fondo el zapato. Vuelvo delante de Silvia, necesito ver su cara. Me gustaría que me entendiera, que no quiero hacer esto, que solo cumplo órdenes, y que si no le causara dolor de verdad, sería peor para los dos. Le levanto la cabeza tirándole del pelo, tiene los ojos cerrados, pero los abre, y sé que no me entiende, que no soy nada más que alguien que le causa dolor, alguien por quién ella no tiene interés, alguien que ella quiere que desaparezca cuando antes.
Recuerdo algunos castigos de Vanessa, y cómo, en cualquier momento, sentir sus manos, su mirada, sus palabras, su atención lo justifican todo y convierten el dolor en placer. Pero cuando es otro el que me azota, el que me folla, no hay descanso, no hay placer. Yo soy ahora el otro, el instrumento, nadie que pueda consolar a Silvia. Y cuando veo que sus ojos se mueven buscando a Vanessa alrededor, se lo impido con otro tirón de pelos.
-Tus ojos son solo para mí.
Tan claros, tan limpios, tan asustados, tan húmedos. Aparto las lágrimas de su cara con el final de la fusta, y le doy suaves cachecitos con ella, suficientes para que los ojos se abran desmesuradamente. Pero no puedo ni quiero marcarle la cara, de ninguna manera. Dejo caer su cabeza y vuelvo al cajón, cojo un látigo pequeño y con él, sin pausas, la azoto en el culo, los muslos, las plantas de los pies, la espalda. No empleo mucha fuerza, porque he probado ese látigo y sé cómo corta, cómo deja la piel. Se la dejo toda llena de líneas rosáceas y algunos moratones. Y no quiero azotar sobre azotes, así que me detengo.
Dejo el látigo a un lado, le quito el tacón que tiene incrustado en el culo, y la ayudo a incorporarse. Siempre frente a mí, siempre con sus ojos lejos de la Señora, porque sé que ese es un castigo cruel, pero no deja marcas.
La pongo de rodillas en el suelo, y yo frente a ella me siento en la silla y le pongo un pie delante de su boca. Le quito la mordaza de bola y le saco despacio las bragas.
-chupa, lame mis medias, lame bien según las voy descubriendo, o volveremos al látigo. Quiero ver correr tu saliva por mis medias, y tus ojos clavados en los míos.
Se inclina para buscar mi pie, mientras mira hacia arriba, hacia mí, nunca hacia su sol, su dueña, su, a lo mejor, amor. Ahora ya no veo nada en esos ojos, o sí, puede que desesperación. Está desnuda, con las manos dolorosamente atadas a la espalda, de rodillas, inclinada sobre mi pie, y la cabeza y los ojos, todo lo levantados que puede. Y siento sus ganas, su deseo de agradar, su anhelo de que eso termine, de que termine pronto, porque se imagina lo que vendrá después, y no quiere ser poseída por un extraño. Lo sé, porque yo lo he sentido otras veces. Al final, los golpes, los azotes, las ataduras, el dolor pasa, y hasta se da por bueno porque era para complacer a su dueña, pero cuando un extraño te folla, eso no es dolor, es entrega, y una solo se quiere entregar a su dueña.
Voy levantando la falda, ya ve el tobillo, la pantorrilla, y siento su humedad. Se esfuerza al máximo, saca saliva de su corazón y me empapa la media. La dejo seguir hasta la rodilla. Su postura ya es más cómoda, no tiene que inclinarse tanto, es más fácil mantener el contacto con mis ojos. Entonces cambio el pie, vuelve a inclinarse.
Cojo la fusta y le voy dando golpes que no son fuertes, pero tampoco suaves, en el culo, como si se los diera a una yegüita:
-Vamos, bonita, lame, lame, vamos, que ya falta poco para que llegues a donde estás deseando.
Me pongo en pie y subo mi falda hasta la cintura. Sigo azuzándola con la fusta.
-Vamos, vamos, putita, sigue por los muslos, empápamelos como tienes el coño que está deseando abrirse para mí. Vamos, date prisa, que me muero por follar a una puta como tú.
Llega a mi entrepierna, me lame la ingle, no había pensado en ello, pero estoy terriblemente excitado.
-Baja las bragas con la boca, descubre el miembro que va a entrar dentro de ti.
Me baja las bragas, negras, de encaje, y le ayudo un poco moviéndome, porque ella no puede llegar más abajo de las rodillas sin caerse. Se queda quieta, con su lengua en mis rodillas, y tengo que darle otra vez en el culo, fuerte.
-Vamos, perra, ¿qué haces? Sube y chupa esa polla que has descubierto.
Vuelve corriendo a la polla y se la mete en la boca, se la va a meter entera, hasta su garganta, pero no sabe, se atraganta, siento su arcada y en ese momento quiero más a esa chica a la que estoy martirizando. Es joven, es bonita, inocente, casi virginal, puede que lleve poco tiempo con Vanessa, puede que solo le haya limpiado la casa algunas veces, puede que este sea su primer castigo serio, su primer castigo de otras manos que no fueran las de su dueña. Lo intenta de nuevo, la traga mejor, pero tiene que sacarla casi toda de inmediato. La azoto con más fuerza.
-Vaya puta de mierda, que no sabes ni chuparla. Yo te enseñaré, a fustazos. ¡Vamos!
Quiere complacerme, lo veo en sus ojos suplicantes, sé que hace todo lo que puede, me lo está diciendo. Y no deja de llorar mientras se queda con media polla dentro y la acaricia con la lengua. Más fustazos y la mete un poco más. Dejo caer la falda sobre ella. Me gustaría que la cubriera por completo, que para ella solo existiera su boca y mi polla, pero es estrecha y apenas le tapa la cabeza.
Me aparto, ella me mira suplicando el final, pero sé que no puede terminar ahí. Tiro de su pelo hacia arriba para levantarla, le doy la vuelta a la silla y la empujo contra el respaldo. Se dobla casi por completo, pero no la dejo, tiro de su pelo hasta que queda en ángulo recto, mirando hacia el lado opuesto desde donde nos observa Vanessa. Tengo su culo delante, amoratado y rojo. La dejo así y meto mi mano entre sus piernas, hasta su sexo, los humedezco y los llevo hasta el culo para lubricarlo. Lo hago varias veces. Quiero darle tiempo a pensar lo que va a suceder, que sufra de antemano, como a mi Señora le gusta. Cada vez meto varios dedos en su culo, los giro, quiero que lo dilate. Doy la vuelta y me agacho frente a ella. Le ofrezco mis dedos manchados de marrón y ella los limpia con la lengua, tragándose sus restos de mierda.
-No lo has hecho muy bien con la boca. Ahora veremos con tu culito de perra qué tal lo haces. Aparto la vista inmediatamente, ya no quiero mirarla. Solo quiero terminar también. Ya he decidido que esto será el final, y espero que Vanessa esté satisfecha. No quiero follarla como a una mujer. Por Silvia, pequeñita, sumisa, bella, y entregada, pero no a mí, y en este tiempo que llevo azotándola y humillada he llegado a sentir una extraña piedad por ella. No soy un Ama, no sé separar sentimientos, no sé llegar hasta el final de la posesión, no es mía. Creo que lo que quiero es que esa joven sepa, de alguna manera, que no fui todo lo despiadado que podría haber sido, que paré, que si pude elegir, le dejé un rincón de dignidad. Algo que a mí me hubiera gustado sentir en alguna otra ocasión, y que no había sido así. Pero también por mí, porque no estoy seguro de que a mi Ama le guste verme follar a una mujer como si yo fuera un hombre. Ella me quiere feminizado, quiere que me olvide de que soy un hombre. Y cuando me ha permitido follar, siempre ha sido como  como si fuera una perrita, por detrás, por mi culo, y deseo que sepa que la obedezco siempre, aunque tenga oportunidad de follar como un hombre.
Sigo haciéndolo así, como un perro. La aparto del respaldo, giro de nuevo la silla, y pongo a Silvia de rodillas en el suelo, los hombros, el pecho, hasta las pinzas que deben seguir martirizándola, y la cabeza apoyadas en el asiento de la silla. Me arrodillo detrás, aparto las nalgas con mis manos, dejo el bajo de la falda sobre su espalda, me inclino sobre su espalda como un perro sobre una perra, y empujo. Me he preocupado de lubricarlo bien, la picha entra con facilidad. Noto que su esfínter se cierra, y que ella hace esfuerzos por relajarlo, por dejarse penetrar, por hacerlo más fácil, pero se cierra de nuevo. Empujo más, se le escapa un gritito. Le tiro del pelo.
-Silencio, puta -le digo al oído-. Silencio o volverás a probar la mordaza.
Ya ha entrado por completo. Tengo la sensación de que es la primera vez para ella, empiezo a moverme, un mete y saca suave, tranquilo, no puedo hacerlo más deprisa o me correré de inmediato. Como siempre que puedo correrme, le pido permiso a mi Señora. Levanto una mano.
-¿sí?
-¿Puedo correrme, Señora?
No responde. Sigo follándole el culo a Silvia muy despacio, pero incluso parado siento su esfínter presionar mi polla. No tardaré mucho en correrme, y Vanessa no contesta. Debo sacarlo, porque no tengo permiso para correrme, y seré castigado por ello. Me incorporo y saco mi polla, me relajo, siento que el deseo retrocede, y sé que Silvia le está muy agradecida a Vanessa, es el primer detalle en todo el rato que tiene con ella, ese silencio, y hasta yo me alegro, voy a darle mi polla para que la limpie con la boca y terminaré. Pero entonces oigo la voz de Vanessa, fría, desprecidadora, demoledora para Sillvia:
-Follátela, follate bien el culo de esa perra y córrete en ella.
Eso es una orden, no hay discusión. Silvia también lo sabe, le oigo un casi imperceptible gimoteo, más de decepción que otra cosa. Vuelvo a dejar la falda sobre su espalda,  meto la picha de un golpe y me apoyo entero en su espalda, su cuerpo se tensa, y me muevo, ahora sí, con fuerza y velocidad, clavándosela entera, hasta que los huevos se aplastan contra sus nalgas, mientras le tiro del pelo para subir su cabeza. En unos momentos, me corro dentro de su pequeño y acogedor culo.
Le doy un fuerte azote en cada nalga y la saco de golpe. Me levanto, tiro de los brazos de Silvia y la doy la vuelta de rodillas. Mi picha está frente a su boca. Dejo caer mi falda para taparla porque en esos momentos ya no aguanto su mirada. Ella sabe lo que tiene que hacer. Noto cómo va limpiando mi polla de los restos de su culo que no he querido mirar. Luego se la queda dentro de la boca.
Me aparto, la levanto, le quito las pinzas, quiero ser suave, pero sé lo doloroso que es ese momento. Ella lo aguanta sin apenas más que un gesto. La desato.
-Vístete, perra.
Me doy la vuelta, recojo lo que he utilizado, lo dejo todo en el cajón, me acerco a la puerta y me pongo de rodillas con las manos atrás y la cabeza inclinada.
Silvia termina de vestirse, se arrodilla, pone las manos atrás, inclina la cabeza y espera.
La Señora le pone la puntilla:
-Largo de aquí, putilla. Tal vez vuelva a llamarte algún día. 
Hasta a mí me duele lo que acabo de oír. Silvia se levanta, oigo sus gemidos, no dice ni una palabra, pero sé lo que está sintiendo. Hace un rato, debió dirigirse a casa de su Señora para recibir su castigo y su perdón. Sólo ha habido castigo, y ahora debe irse sin saber si habrá merecido la pena, si volverá a ver a esa Señora con la que está encoñada.
Y mientras Silvia va hacia la puerta, para que ella lo oiga, para su desesperación, me dice:
-Y tú, baja a la mazmorra y desnúdate, que me habéis puesto a cien y me vas a ayudar a desfogarme.

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