viernes, 13 de febrero de 2015

La vida en castidad permanente

A los 8 ó 9 años empecé a ser consciente de mis erecciones. La primera vez que escuché la palabra "masturbación" en clase de educación sexual grado quinto, pero no se definió en absoluto. No fue hasta el sexto grado, cuando escuché por primera vez acerca de pajas y el semen.Ese mismo año empecé a oír mis compañeros refiriéndose a ellas. No recuerdo cuando empecé, creo que tenía 11 años y aunque poco había leído y oído, tuve las suficientes ganas para intentarlo por mi cuenta. En primavera al llegar a casa cuando no habia nadie. Empecé a probar con las "pajas". Utilicé mis manos pero mi prepucio no estaba circuncidado y cuando alcanzaba una erección suficiente mi piel se tensaba y me causaba dolor, pero aunque la sensación era suficientemente agradable tenia que parar por el dolor que me causaba. El dolor me impedía alcanzar el orgasmo. Así fué como no pude conseguir tener ningún orgasmo, ni eyacular. Por la noche a los 14 años empecé a despertarme con poluciones nocturnas manchando mi ropa. Eran sueños eróticos donde, sin yo controlarlo, eyaculaba. A esa edad continuaba intentando el acto de la masturbación, pero el dolor me impedía eyacular. A veces miraba a mi propia polla mientras yo acariciaba, maravillado por cómo podía hacerme sentir tan bien, pero cuando alcanzaba cierto tamaño la experiencia se convertía en dolorosa. Siempre había oído y leído acerca de los peligros de la masturbación, así que traté de olvidarme de esto y la verdad me daba mucha vergüenza hablar de mis problemas con mis masturbaciones con terceras personas, así que me limité a tocarme alguna ver a la semana, pero sin eyacular. A medida que crecía a través de mi adolescencia la falta de confianza en otras personas postergué la idea de hablar con otros acerca de ello. Cuando llegué a la universidad seguía con más ganas, mi semen brotaba de forma incontrolada por la noche, y cada vez con mayor frecuencia y abundancia, a veces varias veces en la semana mientras dormía. Cuando tenia 19 años conocí a una María, una muchacha muy bella pero también muy tradicional en el sentido, de llegar virgen al matrimonio. A los 21 años, empezaron los tocamientos, pero sin tener relaciones completas. Además a mi me resultaba imposible eyacular y para ella era importante el tema de la virginidad. Podía darle besos, acariciar su pecho, realizar algunos tocamientos con la mano pero no mucho más. Nadie en mi familia se preocupó por mi fimosis, y a los 25 aún no me había operado, creí que lo necesitaba pues me impedia eyacular. Tenía vergüenza de contarlo a otros, pero no a ella. Ella me comentó que le asustaban las operaciones y que lo hablaríamos más adelante, después de la boda. En la noche de bodas realizamos el acto sexual pero no pude eyacular por el dolor que me causaba al poco rato. Cómo estábamos de viaje en el extranjero pensé que sería mejor esperar a volver para operarme. Ella pensaba que era mejor esperar, pues todavía no quería tener hijos y mi cuerpo era así porqué Dios lo había querido. Así pasaron los primeros años de matrimonio con sexo sin eyacular. Podía penetrarla unos pocos minutos pero el dolor me impedía continuar. Ella se acostumbró y le gustaba esta forma, creía firmemente en la interpretación judía del pecado de Onán del Antiguo Testamento. El pecado porqué derramó su semilla (semen), y por tal motivo fue condenado a muerte. Ese pasaje es citado por los creyentes para prohibir tanto la masturbación como el coitus interruptus, ya que el principal pecado en ello es el desperdicio o derramamiento de semen. Ella aborrecía el "derramamiento de la semilla". El único semen que no veía pecaminoso era el de las poluciones nocturnas pues provenía de eyaculaciones involuntarias y para mí, inevitables. Decía que la semilla no debe ser eyaculada en vano, ni dañada ni desperdiciada. Tener coito sí pero sin ninguna otra intención que no sea la de procrear, hacerlo por puro placer iba en contra de Dios. Sin preservativo y sin ninguna otra medida anticonceptiva. Tuve sexo sin eyacular durante años.
A los 32 años pensamos en tener nuestro primer hijo, pero cómo no podía llegar a eyacular conscientemente, ella y yo lo tuvimos claro, recordando lo que decía la Biblia de no dejar desperdiciar mi semilla. Así que acordamos que recogería mi semen cuando tuviera una polución nocturna. Con el semen recogido con una jeriguilla de plástico se la coloqué en su vagina y pulsé con fuerza, era el equivalente a mi eyaculación. Así aproveche mi semen y a los pocos meses dió resultado.
Pasaron unos años y queríamos tener más hijos....y yo, le propuse hacerlo de una forma más natural, pero para ello tendría que operarme de fimosis, ni ella ni yo no queríamos utilizar ningún método anticonceptivo y yo ya sabía que desde que se quedara embarazada ya no habría más sexo. Los dos estuvimos de acuerdo, sólo habría sexo para tener hijos. A los 36 años me operé de fimosis y así ya podría eyacular al tener sexo para concebir un hijo. Así se volvió a quedar embarazada. Pero tal y como acordamos desde que se quedó embarazada el sexo tradicional se acabó y para controlar mi deseo de masturbarme y evitar que verter mi semen, acordamos que lo mejor seria que llevara un cinturón de castidad. Me he acostumbrado fácilmente. De este modo, ahora sigo en permanente castidad y sin sexo eyaculando a veces por las noches cada vez con menos frecuencia y siempre de forma involuntaria...y otras con el cinturón de castidad puesto, sin erección ni estimulación, la acumulación de semen me permite eyacular sin orgasmo. Ella a pesar de la ausencia de sexo, casí todos los días juega un rato con mi polla bloqueada, diciendo es tú deseo, ella insiste en que tiene que ser fiel a lo que le pedí.

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