domingo, 13 de noviembre de 2016

Memorias de un sumiso criada 13. Peluquerías.

Relato enviado por colaboración.
Después de aquella confesión, mi Señora pareció olvidarse de lo que me había dicho sobre ir a trabajar con falda. No sé cómo habría resultado eso entonces, ni que tipo de falda o vestido me habría hecho llevar, pero de lo que estaba seguro es de que habría ido. ¿Tendría que haberme declarado transexual, llamarme Andrea también en el insti? Habría tenido que inventarme algo más allá de ser mariquita afeminado, que era lo que ya parecía, también por deseo de las compañeras que conocían mi situación en el instituto. Porque aunque no llevara faldas, lo que no podía ponerme ya en ningún caso era ropa de hombre. Mi armario se llenó de blusas y camisetas de chica, muchas femeninas hasta lo cursi, otras lo más discretas posible, pero de chica, y pantalones lo mismo, la mayoría vaqueros, porque era lo más unisex que podía encontrar en ropa de mujer, pero también otros de línea femenina, sin bragueta, a veces sin bolsillos, ajustados, a veces parte de un traje chaqueta, que me ponía cuando ella me lo decía, aunque, de momento, nunca para ir al instituto.
Mi Señora había pasado por mi casa para asegurarse de que allí había desaparecido absolutamente toda la ropa de hombre. ¿Qué podría decir el día que apareciera con un vestido en el instituto? ¿Que estaba iniciándome en un cambio de género?
Porque eso era lo que parecía que mi Señora quería de mí. Y había sido tajante:
-Si un día veo en esta casa una prenda de hombre, al día siguiente elegiré por ti la ropa que llevarás al instituto. Y desearás que sea carnaval.
Y yo, para qué negarlo, estaba feliz. Trabajaba en el instituto, travestido de una manera relativamente discreta, y trabajaba en casa de mi Señora, donde era ya como una criada de confianza, con uniformes adecuados. Tenía las llaves de su casa, y sabía lo que tenía que hacer en todo momento, sin que ella tuviera que estar encima de mí. Y me lo agradecía dejándome tiempo libre. Y yo vivía, permanentemente vestido de chica, como en una fantasía, en la que no se volvió a hablar de castigos, ni siquiera de perros, ¿se habría olvidado de mi anunciada relación con León?
No se había olvidado.
El día antes de las vacaciones de navidad me anunció que aquella tarde iríamos a la peluquería. Era la primera vez que iba conmigo a una peluquería. Por descontado, suponía que iríamos a una de señoras, algo que yo ya hacía desde hacía mucho tiempo. ella me llevaría, pensaba yo, con alguna blusa de las muy femeninas sobre algún sujetador, que descubriría en la peluquería, y ella hablaría con la peluquera y le diría cómo quería que me cortara el pelo. Eso pensaba yo, y en realidad casi fue así, con alguna diferencia.
Me puso el aparato de castidad, y me vestí, por indicación suya, con un conjunto de bragas y sujetador nuevos, medias (siempre medias de blonda, ni siquiera minimedias debajo de los vaqueros) la blusa fucsia que me había dado Carmen, el traje de chaqueta y pantalón que compré para la academia en verano, pañuelo y una trenca negra que había milagrosamente encontrado y que podía parecer, de lejos, una trenca de hombre. Y nos fuimos andando, ya tarde, yo diez pasos detrás de ella. Y no caí en lo que me esperaba hasta que la vi esperarme en la puerta de una peluquería canina. Y estaba acompañada de mi compañera Alicia.
-Esto no quería perdérmelo.
Entraron delante de mi y me esperaban en el recibidor.
-Desnúdate, menos las braguitas y el sujetador.
Me desnudé en un momento, terriblemente excitada, aunque el aparato no dejaba que mi pene lo mostrara.
-¿Te gusta, eh? ¿Ves como es mucho mejor que nos llevemos bien? Ponte a cuatro patas, perrita. Y espero que me dejes bien.
Me puse a gatas y ella me puso un collar de perra con una cadenita. También me puso algo en el pelo, que cuando me lo pude ver, resultó ser una horquilla con un lazo rosa en la parte de arriba de mi cabeza. Le pasó la llave a Alicia, que se agachó para quitarme el aparato.
-Vamos.
Tiró de la cadena y entré a cuatro patas detrás de ella, con Alicia detrás. Creo que ya habían cerrado, porque no había nadie más que el chico que nos recibió. Se saludaron y estuvieron hablando un rato mientras yo seguía a cuatro patas detrás de mi Señora.
El chico cogió la cadena y tiró de ella hacia un cuarto interior. Allí había una bañera en alto, con unos escalones en la parte de atrás.
-Arriba, perrita, que vamos a darnos un baño. Dice tu dueña que eres muy sumisa, así que espero que no me des guerra.
El chico me quitó el collar, las bragas y el sujetador, y dándome unos azotitos en el culo, me hizo subir los escalones de una bañera que estaba en alto.
-¿Quieres hacer pis? A ver, levanta una patita...
Levanté una de mis patas traseras, pero no quería hacer pis.
-Mejor.
Cogió la ducha y empezó el baño más humillante que recordaba. Me limpió de arriba a abajo, con agua tibia y una manopla de cuerdas, me limpió el culo y los genitales, me limpió las orejas...
-A ver el hocico.
Me limpió el "hocico", que era mi nariz, me quitó algunos pelos que allí había, y luego me hizo salir y me secó. Salimos también del cuarto, conmigo desnuda y a gatas, y me llevó a una especie de pequeña mesa o gran taburete, en el que me puse a cuatro patas. Entonces lo subió hasta que yo quedé a su altura, y fue cortándome el pelo mientras yo permanecía desnuda en aquella mesita para arreglar perros. Hurgó en cada uno de mis agujeros con bastoncitos y pañuelos.
Volvimos a la bañera, para quitarme todos los pelitos, y otra vez al taburete, donde me secó y me peinó. Me puso las bragas, el sujetador, la horquilla con el lazo y el collar, me hizo bajar y le dio a Teresa la correa que me sujetaba. Esta conversaba con Alicia, y no habían dejado de mirar en todo momento.
Teresa pagó, aunque todos mis gastos luego me los cobraba redondeándolos siempre muy hacia arriba, y salimos al recibidor.
-Muy bien, Andrea. Vístete, y colócate el lazo donde quieras de la cabeza.
Me lo puse en la parte de atrás, como si llevara una coleta. Por suerte, hacía tiempo que había anochecido, había poca gente por la calle y a los que me vieran por atrás yo no los veía.
Al llegar a su portal, me despidió.
-Vete a casa y haz la maleta para quince días, porque te vas todas las vacaciones a otra ciudad. Ah, nada de vaqueros ni blusas de las que llevas al instituto. Vas a ser una mujercita estos días, y tienes que estar muy femenina. A las nueve pasaré por tu portal a recogerte. Espero verte con un vestido bonito, las medias, unos zapatos con algo de tacón, por favor, y la cazadora. Deja esta trenca monjil en casa. Y bien depiladitas la cara y las piernas, que no quiero llevar un adefesio.
Me fui a mi casa pensando en el club en el que había pasado los días del puente anterior, pero para eso no me había ordenado hacer la maleta.
Metí en ella vestidos, blusas, faldas, además de ropa interior y un par de camisones, y dejé un vestido rosa de media manga y algo por encima de las rodillas, que sabía que le gustaba a mi Señora para el viaje.
Vestido manga 3/4 VOTRE MODE mujer
Dormí mal, nerviosa por no saber lo que me esperaba, y a las nueve menos cinco estaba en el portal con mi vestido bajo la cazadora. En mi portal ya me habían visto muchas veces con ropa por lo menos equívoca, pero esperaba que no saliera nadie en esos cinco minutos. La cazadora dejaba ver la falda por completo, y debajo llevaba unas medias de brillo muy llamativas.
Dieron las nueve y el coche de Teresa no aparecía.
-¿Don Andrés?
Juani, la mujer que desde hacía años limpiaba el portal, apareció de pronto, cargada de cubos y bayetas y con una mirada alucinada.
-Hola, Juani.
-Está usted muy... elegante.
-Sí, eh. Vamos a hacer una fiesta de disfraces y estoy esperando a que me recojan.
-Una fiesta, a estas horas. Pues sí que madrugan.
-Bueno, tengo que ir lejos y tenemos que ir ya disfrazados...
-¿Andrea?
Entretenido con Juani, no había visto llegar el coche que mi Señora, y ahora ella nos miraba desde la puerta.
-Buenos días... Señora.
-Veo que has hecho una amiga, ¿no nos presentas?
-Sss..í, claro. Esta es Juani, la encargada de la limpieza del portal. Y... mi señora Teresa.
-No sabía que estuviera usted casado.
-¿Casado? ¿conmigo? jajaja No, en absoluto. Andrea es casi una colega de usted, Juani. ella también se encarga de la limpieza en mi casa, y de todo lo demás. Es mi criada. cuéntaselo tú, Andrea.
-Sí, Señora. en realidad, Juani, soy la criada de la Señora Teresa.
-¿Qué? ¿Me toman ustedes el pelo?
-No, Juani. Es largo de contar, pero el resumen es ese. Además de en el instituto, trabajo a tiempo completo de criada en casa de mi Señora Teresa.
-¿Y que era eso que decías de disfraces? ¿Estás disfrazada, Andrea?
-No, Señora. Verás, Juani, me visto así, de mujer, porque soy una criada. No hay ninguna fiesta.
-Ahora no tenemos tiempo, pero creo que a tu vuelta deberías enseñarle tu casa a Juani, para que vea toda tu ropa.
-No, si ya había oído -le decía Juani a Teresa- algo sobre que Andrés... bueno... que era algo rarito, sobre todo con la ropa. nadie ha visto una mujer en su casa, pero en su tendedero siempre hay solo ropa de mujer. Eso me han dicho, vamos.
-jajaja, Andrea. Todo se sabe en estos vecindarios. Hay que ver qué cotilla es la gente, eh.
-sí, Señora.
-Y es una estupenda criada, Juani. Después de vacaciones, cuando vuelva por aquí, estoy segura de que hablará contigo para echarte una mano. Es tan amable, siempre está deseando ayudar, ¿verdad, Andrea?
-Sí, Señora.
-¿Andrea? -preguntó Juani.
-Es mi nombre de mujer. Puede llamarme así si lo desea, Juani. Y estaré encantada de echarle una mano cuando usted quiera.
El tratamiento de usted me había salido sin querer, igual que el femenino.
-¿Pero eres un hombre o una mujer?
E igual que mis compañeras de instituto, a Juani se le notaba en la mirada que seguía pensando que todo era una broma. Teresa también lo notó.
-Ahora no tenemos tiempo, pero en cuanto vuelvas, le enseñarás tu casa a Juani, y harás su trabajo cuando ella quiera, para que se convenza. Claro que ahora... levántate el vestido, anda, a ver qué tienes ahí
-Sí, Señora.
Así, ante cualquiera, y encima en mi portal... pero tenía que obedecer.
Me levanté el vestido por delante, primero se vio la blonda de las medias, y luego las bragas, y debajo de las bragas, mi polla erecta. Juani tenía la mirada fija en ella.
-Pues sí -dijo- parece un hombre. Me encantará que me eches una mano.
-Cuando tú quieras, Juani, solo tienes que decírselo. Bueno, vámonos. Adiós, Juani.
-Adiós.
-Adiós, Teresa y Andre...a.
En cuanto hubimos arrancado mi Señora soltó una carcajada.
-Jajaja. debería castigarte, por intentar engañar así a... ¿Juani, has dicho?
-Sí, Señora, Juani.
-Pero estoy de buen humor, y hoy es nochebuena, así que no lo tendré en cuenta.
-Gracias, Señora.
-Y ahora también por hablar sin que yo te pregunte ni te dé permiso. Pero son dos horas de viaje, así que conversaremos como si fuéramos dos mujeres cualquiera de viaje.
-Sí, Señora.
-Y ya has visto, en tu portal dicen que eres rarito, jajaja. Vamos a tener que poner algunas normas de comportamiento. Por ejemplo, no quiero verte tutear a nadie más. Fuera del instituto, de momento.
-Sí, Señora.
-Y vas a hablar siempre de ti en femenino. Ya verás como dentro de poco para tus vecinos dejas de ser rarito, para pasar a ser rarita.
-Sí, Señora.
-El día que vea que alguien ajeno a nuestro círculo íntimo te llama Andrea y te habla en femenino recibirás un premio importante.
-oh, gracias, Señora. ¿No me puede decir qué tipo de premio?
-Bueno, piensa en algunos días libres, o semanas...
-Gracias, Señora.
-No te veo muy entusiasmada, Andrea.
-Bueno, Señora. Es que ahora estoy muy a gusto sirviéndola.
-Me alegro, mujer, me alegro. Nos ha costado, no te creas. Eras un vulgar travesti de closet, y te he convertido en una auténtica sumisa esclava. Muy bien.
-Muchas gracias.
-Entonces, qué te parecería de premio pasar un mes de vacaciones en el chalet de Carlota. Ella, tú y yo, como tres amigas de vacaciones, donde tú serías nuestra señorita de compañía más que la criada.
-Eso sí sería maravilloso.
-Se lo diré a Carlota. Le gustará. Dos parejas: ella y yo, y tú y León. Podrías tener sexo siempre que quisieras, y no como una perrita, sino como una señorita enamorada de su perro. ¿No te gustaría jugar con él, acariciarlo, tú en camisón, chuparle la polla y correrte mientras él te posee?
-Sí, Señora, me gustaría mucho -en aquel momento recordaba el último día en el club, cuando me folló un perro mientras Susy me masturbaba y lo increíble que fue sentirse así, humillada porque me estaba poseyendo un animal, feminizada y también (aunque fuera solo una actuación) querida, y excitadísima. Me corrí como nunca, y sólo recordarlo volvía a mojarme. No era esa la idea que tenía de León, pero el resto, mis dos amas y yo feminizada pasando unos días juntas era realmente excitante.
-Pues algo así será el premio cuando compruebe que Juani te trata como su chica ayudante en la limpieza del portal. Tendrás tu habitación y por supuesto, que nosotras somos liberales, dejaremos que tu novio duerma contigo, pero solo cuando tú quieras. Hasta que sea tu marido, claro. Entonces ya, como una buena esposa sumisa, dormirás siempre con él y estarás a su disposición permanente.
Una buena esposa sumisa... eso era en lo que no quería pensar.
Como había dicho, más o menos dos horas después estacionaba el coche frente a una peluquería de la pequeña ciudad de S.
-Bueno, Andrea. Aquí te quedas. Durante estas vacaciones vas a trabajar en esta peluquería, y así aprenderás algo de ese oficio que me parece muy apropiado para ti. Aquí te dirán también donde te vas a alojar. Esto no es un castigo, sino más bien una prueba. Durante los próximos días siempre vestirás con vestidos y faldas, y así te moverás dentro y fuera de la peluquería. Espero que no se te ocurra comprarte ninguna ropa masculina, porque entonces sí que tendría que castigarte, pero vamos, estoy segura de que no lo harás, porque te veo feliz con este trabajo, ¿a que sí?
-Sí, Señora. Tengo un poco de miedo, pero estoy encantada, y nerviosa, con esto.
-Claro, porque es la primera vez que eres Andrea del todo, sin que yo esté a tu lado para decirte lo que tienes que hacer. Hala, baja, coge la maleta y entra en la peluquería.
-¿No me va a acompañar, Señora?
-No. Esto lo vas a hacer tú sola. El día 7, por la tarde, te recogeré en la peluquería. Adiós.
Se fue y me dejó sola en la acera, con mi vestido rosa, la cazadora en la mano y la maleta al lado.
Abrí la puerta y pasé. La pelu estaba llena, y en un momento todas las miradas se centraron en mí.
-Hoo..la -dije
-¿Andrea? Te estábamos esperando -me dijo la peluquera que parecía mayor, y que luego resultó que era la jefa, dejando un momento de peinar una cabeza-. Pasa a ese cuarto y dejas la maleta y te cambias. Hay dos o tres batitas. Ponte la que te quede bien.
El cuarto estaba al fondo, y pasé por delante de todas las clientas y las peluqueras con vestido, medias y zapatos de chica. Después de año y medio de servir a mi Señora como una mujer, y de vestirme así en casa durante muchos más, era la primera vez que me veía así, travestido normalmente delante de gente desconocida. A nadie se le podía escapar que yo era un hombre, y que vestía como una mujer. Fue extraño, y muy placentero.
Entré, dejé la maleta y la cazadora y miré las dos batas que allí había colgadas. Eran muy finas, de nylon rosa, diferentes a las que le había visto puestas a las peluqueras de fuera. Me puse la que parecía más grande, una bata tipo kimono, cerrada hasta el cuello, con la parte derecha superpuesta a la otra y con un lazo en el lateral, con mangas anchas y bolsillos, y que llegaba hasta medio muslo. Salí con ella puesta, pero en cuanto me vio la jefa, que luego me enteré de que se llamaba Julia, me dijo:
-Así no vas a estar cómoda, Andrea. Mejor te quitas el vestido.
-Sí, Señora. ¿Me dejo la combinación?
-Ah, ¿llevas combinación? Como quieras, pero date prisa.
Me dejé la combinación, porque sin ella me parecía que se iba a ver la blonda de las medias. Así se veía la combinación blanca varios dedos por debajo de la bata, pero me daba menos vergüenza que enseñar las braguitas cuando me agachara.
Y así vestida, me dediqué el resto de la tarde a barrer todos los pelos que iban cortando a las clientas, a observar atentamente cómo lavaban las cabezas, y a lavarlas yo misma después de un rato. No pude por menos de recordar lo que había dicho mi Señora de buscar otra profesión. Y no me sentí a disgusto.
Terminamos pronto, porque era nochebuena, y Julia me dio un papel con la dirección donde me iba a alojar. Tenía que haberlo supuesto, porque todo era demasiado bonito: me alojaría en un club de las afueras, a un kilómetro más o menos de las últimas casas en una carretera de salida. Cogí un taxi que me dejó en la puerta. entré con más miedo que otra cosa, pero nadie se avalanzó sobre mi ni nada por el estilo.
Había poco movimiento. Varias putas acodadas en la barra, algún cliente y la encargada, que me acompañó a mi habitación. En ella solo había una cama en un rincón, una mesilla, un armario y una silla.
-Desnúdate y vete al servicio que hay ahí fuera a vaciarte bien. Ahora vendrán a atenderte.
No podía ser todo tan bonito. Siempre había alguna sorpresa.
Estaba muy acostumbrada a cumplir órdenes al pie de la letra, así que me desnudé pensando qué querrían de mí, y desnuda salí al pasillo en busca del servicio. Por suerte la puerta estaba abierta. Estuve allí un rato, hasta que tocaron la puerta.
-Vamos, Andrea, que tengo prisa.
Una de las chicas me esperaba en la puerta de mi habitación.
-¿Te la has pelado?
-No, Señora.
-Yo soy señorita, jajaja. Pues aquí, de rodillas, delante de mi, y deprisa.
Me puse a ello, mientras me enseñaba lo que llevaba en la mano:
-¿Has visto que bonito corsé, todo para ti? Y esta preciosa combinación cortita. Esta va a ser tu ropita de dormir.
No tardé nada, después de todo el día vestida de chica, y al enseñarme aquella ropa.
-Chúpate bien la mano, y límpiate la picha.
Una vez de pie, me puso el corsé, que ató atrás con los cordones hasta dejarme casi sin respiración. Luego me puso la combinación, cuyo roce en el pito y los muslos casi hace que se me empinara otra vez.
-Échate en la cama boca abajo, los brazos y piernas sobre los extremos.
Con varios pañuelos me dejó inmovilizado.
-Creo que aquí vienes a descansar, así que siempre estarás así, descansando, jajaja. Aunque falta algo...
Me dio crema en el culo, y metió un consolador que vibraba muy despacio, y que sujetó también con tres cordones.
-esto es solo por si entra algún desaprensivo y quiere encularte. Por cierto, ¿has cenado ya?
-No, señorita.
-Ahora te traeré tu cena de nochebuena.
La cena llegó inmediatamente. La señorita me desató y me bajé a comer del cuenco con retos de comida flotando en agua que había dejado en el suelo.
-Así, como una perrita. Come y bebe, que hasta el desayuno no habrá nada más. Deprisa, que volveré ahora mismo a por el cuenco.
Bebí agua pero no me atreví a comer nada de aquellos restos que había allí. Ella volvió como había dicho, en un momento, quitó el cuenco, volvió a atarme en la cama y se fue apagando la luz.
Me quedé pensando en que aquello ya era lo normal en mi señora: dejarme probar lo bonito que era vestir de mujer por la calle, trabajar así en una peluquería, para terminar atada en un club, esperando sabía dios qué. Era su esclava, y no debía olvidarlo.
Por suerte, estaba cansado de estar todo el día de pie en la peluquería, y conseguí dormirme incluso a pesar del vibrador en el culo. La situación no era lo que me preocupaba, sino qué pasaría después, qué pasaría al día siguiente, navidad.
Pero no pasó nada. Me dejaron levantarme dos o tres veces al servicio, y el resto del tiempo estuve atada en la cama. Esa fue mi navidad. Restos de comida con agua en el cuenco, ordeñarme una vez y nada más que pensar o dormir.
Y después de otra noche en la que ya pude dormir mucho menos, me levantaron temprano.
-Vamos, a la ducha y a vestirse, que te esperan en la pelu.
Casi se me escapó un grito de alegría al oír aquello. Me vestí primorosamente, nunca me habían gustado tanto aquellas prendas, y hecha una perfecta señorita salí al bar para marcharme a trabajar.
-Te esperamos esta noche, y como ya sabes a qué vienes, puedes tardar lo que quieras, y venir cenada si no te gusta lo que te damos. Pero no se te olvide venir, eh.
-No, señora.
Iba descubriendo lo que iban a ser mis vacaciones.
En la peluquería era una chica más, la última, claro. Me ponía la batita sobre mi ropa interior y me dedicaba a recibir a las clientas, quitarles el abrigo, ponerles una bata, lavar sus cabezas, a llevarles revistas, a servir cafés (en el bar de al lado me conocieron enseguida), a barrer, fregar, lavar espejos..., o a estar de pie, a la vista de todas, observando como cortaban y peinaban las otras. A mediodía y por la noche comía algo en el bar, y procuraba llegar lo más tarde posible al club, donde me ponía el corsé y esperaba de rodillas a que alguien fuera a atar las cintas, luego me ponía el camisón, me ordeñaba y me tumbaba sobre la cama donde me sujetaban con las correas.
Día a día, aquello estaba resultando una de las mejores vacaciones de mi vida. Feminizada todo el tiempo, atada por las noches, masturbándome a menudo...
En nochevieja, mi jefa y mi compañera me invitaron a tomar unas copas con ellas después de cerrar. Fue el mejor momento de las vacaciones, porque fui realmente una chica más, con dos amigas, de bar en bar. Luego paseé por la ciudad hasta la medianoche, que pasé en la plaza entre un gentío con ganas de fiesta. Mucha gente se fijaba en mí, con un corto y entallado vestido negro de fiesta y los labios rojos. Pero todo el mundo debía pensar que era parte de la nochevieja. Fue fantástico, aunque estuviera sola. Cuando ya me cansé de deambular como si fuera a algún sitio, me volví al club. Estaba tan cansada que incluso la idea de reposar atada en la cama no me parecía mal.
Allí también había fiesta, y decidieron, sin mi permiso, claro, incorporarme a ella.
-Estamos muy atareadas, Andrea, así que ve a tu cuarto, te desnudas y vuelves aquí con el corsé puesto y el camisón en la mano.
allí, al bar, delante de todo el mundo, como en el otro club. Pero estaba acostumbrada a obedecer, y sabía que era mejor no pensarlo.
A los pocos minutos hice mi entrada triunfal en el bar vestida únicamente con el corsé, todavía flojo, y el camisón en el brazo.
-Ponte ahí depie y apoya las manos en la pared. ¡A ver, alguien que conserve fuerzas para atar el corsé de esta niña!
Varios voluntarios empezaron a gritar, y la señora eligió al que parecía más fuerte, que apretó las tiras, jaleado por los demás, como ningún otro día. No podía ni respirar profundamente, y hasta temí que me rompiera alguna costilla.
-Muy bien. hala, ponte el camisón y a la camita.
Me puse mi camisón, y ya salía cuando la señora se dirigió a mí nuevamente:
-No seas maleducada y despídete de todos con un besito de buenas noches.
Empecé por los que tenía más cerca. Las chicas ponían el carrillo, y algunos tíos también, pero enseguida empezaron a animarse, cuando uno pegó su boca a la mía y me dio un larguísimo beso en el que me metió la lengua hasta el estómago mientras me sujetaba la cabeza contra la suya con las dos manos. A partir de ahí se fueron animando, y cada uno quería batir el record del anterior. Supongo que en circunstancias más normales no habrían besado así a un hombre, pero ellos borrachos y yo en corsé y camisón...
-A mí me besas aquí -y se abría la bragueta y aplastaba mi cabeza contra sus malolientes calzoncillos-, que yo te ayudé a vestirte, jajaja. Pero no en los gayumbos, no, apártalos.
Quise besarle la picha, pero él me la metió en la boca para que se la mamara, cosa que empecé a hacer. Con toda la experiencia que por entonces tenía, se ve que le gustaba, y me tuvo varios minutos, pero el alcohol no le dejaba correrse.
-Las mamadas tienen un precio, chicos, y no está bien que le quitemos el trabajo a nuestras niñas. Ya vale.
Me apartó de un empujón, y lo bueno de aquello fue que el siguiente no se quiso ni acercar.
-A mí no me toques con esa boca después de saborear la picha de ese.
Así terminé besando solo a las chicas.
-ahora ponte de rodillas ahí en el medio y ordéñate para que todos vean lo obediente que eres.
Me masturbé, me tomé mi leche, ya allí mismo, una de las putas me puso el consolador en el culo.
-Es nochevieja, ¿no irás a mandarla a la cama tan pronto?
-jajaja, vale, vale. Andrea, no hace falta que te vayas ya a descansar, tiempo tendrás mañana. Quédate ahí, donde estás, por si alguien te saca a bailar.
De rodillas, expuesta en el centro del bar, con el corsé, el camisón y el consolador puestos. Esa iba a ser mi nochevieja, hasta que alguien pasó al lado y me dio un fuerte azote en el culo que casi me hizo caerme hacia adelante. Luego otro, y otro.
-Andrea, por favor, inclínate para que te puedan pegar nuestros clientes.
Puse los codos y la cabeza sobre ellos, y todo el que quiso pasó por allí a dejarme el culo bien rojo. Luego pararon.
-De rodillas, Andrea, hasta que alguien quiera darte un cariñoso azote.
De rodillas, inclinada, azotes, de rodillas, inclinada, azotes... Ya había amanecido hacía un rato cuando me mandaron al servicio y a mi "cama", donde pasé el día de año nuevo atada, pero tranquila.
Y volvimos a la rutina de los otros días.
La noche de reyes fue un día de mucho trabajo en la peluquería. Salimos tarde, cené en el bar y ya cerca de las doce me fui al club dando un paseo, como otras noches, porque  prefería llegar tarde, porque cuanto menos tiempo pasara atada y más cansada llegara, mejor podía dormir.
Un coche me adelantó en el descampado antes del club. Paró algo más adelante, y retrocedió hasta ponerse a mi altura. desde dentro abrieron la puerta trasera y alguien dijo:
-Pasa, Andrea, que te llevamos hasta el club.
Mi primera intención había sido la de correr, aunque los zapatos de tacón que llevaba no lo hubieran hecho fácil, pero al oír mi nombre me confié y entré en el coche, que estaba a oscuras.
Antes de darme cuenta de nada, unas manos me agarraron y tiraron de mí hacia dentro, hasta dejarme tirada en el suelo boca abajo, con unos pies encima de mi espalda que me imposibilitaban moverme. Me quitaron el pañuelo que llevaba al cuello y con él me vendaron los ojos.
No tardó mucho el coche en parar.
-Vas a salir de aquí como una chica cariñosa a la que le van a dar una sorpresa. Agarradita a mí. ¿Sientes esto?
Un frío metálico y afilado recorrió mi cuello.
-Pues con una mano llevaré a mi chica, tú, y en la otra tendré la navaja preparada para clavártela al menor gesto o sonido. ¿Has entendido?
-Ssssí...
-Pues vamos.
Salimos del coche, yo sin ver nada, pero con el tío pegado a mi costado. Me agarré, despacio, a su cuerpo, y él pasó su brazo izquierdo por mi cintura. No muy lejos se oía el ruído de una noche festiva, algunas voces, algunos coches... tremendamente ajenos a lo que me estaba sucediendo, algo que definitivamente escapaba por completo a nada que mi señora pudiera haber preparado. Yo estaba sola, en manos de desconocidos, y no sabía qué planes tenían para mí, pero no creía que fuera un juego de dominación.
Entramos en algún portal, y luego en un ascensor. Por fin en un piso, una puerta se cerró detrás de mí y mi acompañante me soltó en mitad de alguna habitación.
-Si eres una buena chica, y haces lo que tienes que hacer, dentro de unas horas saldrás de aquí como has entrado, te dejaremos donde te cogimos y tú recordarás esta noche con bastante placer. Pero si no te portas bien, o te quitas la venda en algún momento y nos ves la cara... tendremos que ir pensando en qué parte de la provincia enterramos tu cuerpo. Desnúdate para que no tengamos que destrozarte la ropa.
En cuanto estuve desnuda empezaron. Me empujaron hasta encontrarme con la picha de uno de ellos en la boca, y la picha de otro en el culo. al cabo de un rato se cambiaron y saboreé mi propia mierda en su picha. el resto de la noche fue así, violándome continuamente, y yo colaborando lo mejor que sabía, tragándome su leche, abriendo el culo para facilitarlo todo. ellos se sirvieron copas y empezaron a beber. Debían de ser tres o cuatro y todos me metieron sus pollas por los dos agujeros, y a todos les chupé desde los pies hasta el cuello, mientras ellos bebían y se animaban yo les metía la lengua en el culo, les masturbaba mientras lamía sus pezones, o sus sobacos, o lo que me pusieran delante. Me llevaron a una cama donde me ataron en aspa, boca abajo, con unos cojines bajo mi vientre que dejaban mi culo levantado para seguir violándome allí, y para, por fin, olvidarme allí atada cuando el alcohol y el sexo les venció.
Y tal como me habían dicho, en algún momento me hicieron vestirme de nuevo, buscando la ropa a tientas por el suelo, me bajaron al coche y me dejaron tirada más o menos donde me habían cogido.
Llegué al club hecha una mierda, lo que notaron enseguida las chicas que quedaban por allí, ya sin clientes. 
-Me han... violado.
Fue todo lo que pude decir, y luego sentir una corriente de simpatía y ternura entre aquellas mujeres. Y después de la ducha, me pusieron solo el camisón, me dieron alguna crema en el culo que debía estar hecho polvo y me acostaron en la cama sin atarme.
Había pasado malos tragos en el último año y medio, pero nunca me había sentido como entonces, y entendí la diferencia infinita entre participar en unos actos, por muy humillantes o dolorosos que pudieran resultar, y el infinito terror de aquella noche. No me habían pegado, ni torturado, ni me habían puesto un perro encima para que me follara, sólo me habían penetrado una y otra vez, algo que yo ya había hecho muchas veces, pero la violencia y el desprecio latentes en todo momento me había aterrorizado hasta dejarme temblando. Y el miedo a que en cualquier momento me clavaran aquella navaja.
Por la mañana, o a mediodía, no sé, la señora decidió que ya había pasado el mal trago, y volví al corsé y al ordeño y a las ataduras, aunque pasaron de colocarme nada en el culo.
Y al día siguiente, ya con la maleta hecha, me despedí de todo el mundo y me fui a pasar mi último día en la peluquería, donde me recogió por la tarde mi Señora. El viaje de vuelta fue feliz, porque no le conté lo de la violación, que quería olvidar cuanto antes, y sí las maravillosas sensaciones de haber sido una mujer todo el tiempo durante aquellas semanas. ella se alegró, y yo, sorprendentemente, me disgusté cuando me dijo:
-Pero ahora recuerda que vuelves al instituto, así que habrá que dejar los vestidos y las faldas para las ocasiones, y volver a tus vaqueritos y tus camisitas solo medio de niña. ah, y esta noche tengo un regalo para ti, mi regalo de reyes.

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